El Sr. Allan Kardec a los abnegados Espiritas del proceso Hillaire

kardec2Queridos hermanos en el Espiritismo:

Vengo aquí, tanto en mi nombre como en nombre de la Sociedad Espírita de París, a pagar un justo tributo de elogio a todos aquellos que, en la triste circunstancia que hemos padecido todos, han mantenido su fe, y defendido la verdad con valor, dignidad y firmeza.

Un sonoro y solemne testimonio les ha sido rendido por los órganos de justicia; el de sus hermanos en creencia no podía faltarles. He solicitado una lista de los implicados tan exacta y completa como fuese posible, con el fin de inscribir sus nombres al lado de aquellos que merecen reconocimiento por los servicios al Espiritismo. No es en absoluto para exponerlos a una publicidad que heriría su modestia, y sería además, en el momento actual, más nocivo que útil, pero nuestro siglo está tan preocupado que es olvidadizo; es necesario que la memoria de las verdaderas devociones, exentas de toda segunda intención interesada, no se pierda para todos aquellos que vendrán tras nosotros. Los archivos del Espiritismo les dirán los nombres de los que son verdaderos merecedores de su reconocimiento.

Aprovecho esta ocasión, queridos hermanos, para entretenerme un instante con ustedes sobre el tema que nos preocupa. En una primera aproximación, se podría temer las consecuencias de este asunto para el Espiritismo. Nunca me ha inquietado, como sabéis, porque sólo podía, en todo caso, producir una emoción local y momentánea; porque nuestra doctrina, no más que la religión, no puede ser responsable de los errores de aquellos que no la comprenden. Es en vano que nuestros adversarios se esfuerzan en presentarla como malsana e inmoral; habría que probar que provoca, excusa o justifica un solo acto cualquiera reprehensible, o que al lado de sus enseñanzas ostensibles, tiene otras secretas bajo las cuales la conciencia puede ponerse al abrigo. Pero como en el Espiritismo todo ocurre a plena luz, que únicamente predica la moral del Evangelio, a la práctica de la cual tiende a traer de nuevo a los hombres que se apartan de ella, una intención malintencionada sólo podía imputarle tendencias perniciosas.

Cada cual pudiendo juzgar por sí mismo sus principios proclamados en alta voz y formulados con claridad en obras literarias al alcance de todos, sólo la ignorancia o la mala fe podía desnaturalizarlos, así como se hizo con los primeros cristianos acusados de todos los males y de todos los accidentes que le ocurrían a Roma, y de corromper las buenas costumbres. El cristianismo, el Evangelio en la mano, sólo podía salir victorioso de todas esas acusaciones y de la terrible lucha emprendida contra él; así ocurre con el Espiritismo que, él también, tiene como bandera el Evangelio. Para justificarse, le basta decir: Ved lo que enseño, lo que recomiendo y lo que condeno; ahora bien, ¿qué es lo que condeno? Todo acto contrario a la caridad, que es la ley enseñada por el Cristo.

El Espiritismo no es únicamente la creencia en las manifestaciones de los Espíritus. El error de los que lo condenan es creer que solamente consiste en la producción de extraños fenómenos, y ello porque, no esforzándose en estudiarlo, sólo ven la superficie. Esos fenómenos únicamente son extraños para aquellos que no conocen la causa; pero, cualquiera que profundiza un poco, ve que son los efectos de una ley, de una fuerza de la naturaleza que se desconocía, y que, por eso mismo, no son ni maravillosos, ni sobrenaturales. Esos fenómenos, que prueban la existencia de los Espíritus, que no son otros que las almas de aquellos que han vivido, prueban, consecuentemente, la existencia del alma, su sobrevivencia al cuerpo, la vida futura con todas sus consecuencias morales. La fe en el porvenir, así apoyada sobre pruebas materiales, se convierte en inquebrantable y triunfa sobre la incredulidad. He ahí por qué, cuando el Espiritismo sea la creencia de todos, ya no habrá incrédulos, ni materialistas, ni ateos.

Su misión es combatir la incredulidad, la duda, la indiferencia; no se dirige pues a los que tienen una fe, y a quien esa fe le basta, sino a aquellos que no creen en nada, o que dudan. No dice a nadie de abandonar su religión; respeta todas las creencias cuando son sinceras. La libertad de conciencia es a sus ojos un derecho sagrado; si no la respetara, faltaría a su primer principio que es la caridad. Neutro entre todos los cultos, será el lazo que los reunirá bajo la misma bandera, la de la fraternidad universal; un día se tenderán la mano, en vez de arrojarse el anatema.

Los fenómenos, lejos de ser la parte esencial del Espiritismo, no son más que el accesorio, un medio suscitado por Dios para vencer la incredulidad que invade la sociedad; está sobre todo en la aplicación de sus principios morales. Es en ello donde se reconoce los espíritas sinceros. Los ejemplos de reforma moral provocados por el Espiritismo son lo suficientemente numerosos para que se pueda juzgar sobre los resultados que se producirán con el tiempo. Es necesario que su potencia moralizadora sea muy grande para triunfar sobre las costumbres inveteradas por la edad y la ligereza de la juventud.

El efecto moralizador del Espiritismo tiene pues por causa primera el fenómeno de las manifestaciones que han dado la fe; si esos fenómenos fuesen una ilusión, así como lo pretenden los incrédulos, habría que bendecir una ilusión que da al hombre la fuerza para vencer sus malas tendencias. Pero si, después de diez y ocho siglos, aún se ve tanta gente que profesa el cristianismo y lo práctica tan poco, ¿acaso sorprende que en menos de diez años todos aquellos que creen en el Espiritismo no le hayan sacado todo el provecho deseable? Entre todos ellos hay quienes únicamente han visto el hecho material de las manifestaciones; a quienes la curiosidad ha sido más excitada que el corazón tocado. He ahí por qué todos los espíritas no son perfectos. Ello no tiene nada de sorprendente en un principio y, si hay una cosa que debe sorprender, es la cantidad de reformas que se han producido en ese corto intervalo.

Si el Espiritismo no triunfa siempre sobre las malas inclinaciones de una manera completa, un resultado parcial es al menos un progreso que hay que tener en cuenta, y como cada uno de nosotros tiene una debilidad, ello debe volvernos indulgentes. El tiempo y nuevas existencias acabarán lo comenzado; ¡felices aquellos que se ahorrarán nuevas pruebas! Hillaire pertenece a esa clase que el Espiritismo no ha hecho más de alguna manera que rozar; es por eso que ha fallado. La Providencia lo había dotado de una admirable facultad, con la ayuda de la cual ha hecho mucho bien; podía hacer aún mucho más, si no hubiese quebrado su misión por su debilidad. No podemos ni condenarlo ni absolverlo, únicamente a Dios pertenece el derecho de juzgarlo por no haber cumplido su tarea hasta el final. ¡Pueda la expiación que padece y una seria introspección merecer su clemencia!

Hermanos, tendámosle una mano de socorro y oremos por él.

Allan Kardec

Traducción de Javier Rodríguez

Revista FEE

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