La enseñanza viva

ObrasAl observar cualquier obra o servicio, María Carmen no dejaba de criticar. Ante un vestido de las amigas, exclamaba sin delicadeza:

– El conjunto es tolerable, pero los accesorios dejan mucho que desear. El cuello fue muy mal hecho y las mangas están defectuosas.

Delante de cualquier mueble, remataba las observaciones irónicas con la frase:

– ¿No podrían hacer cosas mejores?

Y, al frente de cualquier obra de arte, encontraba líneas y ángulos para condenar.

La madrecita, preocupada, estudió recursos para darle provechosa enseñanza. Fue así que, cierta mañana, convidó a la hija a visitar, en su compañía, la construcción de un edificio de vastas líneas. La joven, que no podía adivinar sus planes, la siguió, sorprendida. Recorrieron algunas calles y se pararon delante de un rascacielos en construcción. La señora pidió la colaboración del ingeniero jefe y pasó a mostrar a la hija los múltiples departamentos. Mientras muchos operarios abrían huecos para las bases, en el suelo duro, maniobrando picos, vehículos pesados transportaban tierra de aquí para allí, con rapidez y seguridad. Los albañiles comenzaban a levantar paredes, sudorosos y ágiles, bajo la atenta vigilancia de los técnicos que orientaban los trabajos. Camiones y carros traían el material de más lejos. Los cargadores corrían en la ejecución del deber.

El director de las obras, invitado por la señora a pronunciarse sobre la edificación, esclareció, gentil:

– Seremos obligados a invertir mucho capital para rescatar lo gastado. Necesitaremos, aún, la colaboración de centenas de trabajadores especializados. Carpinteros, frisadores, vidrieros, pintores, bomberos y electricistas vendrán a terminar la obra. Cualquier construcción reclama todo un equipo de obreros dedicados.

La niña, revelándose impresionada respondió:

– ¡Cuánta gente a pensar, a cooperar y servir!…

– Sí – consideró el jefe, sonriendo expresivamente – edificar es siempre muy difícil.

Más tarde, madre e hija presentaron sus despedidas, encaminándose, ahora, para un viejo barrio.

Pasaron por algunas transversales y plazas desagradables y llegaron al frente de una antigua casa en demolición. Se le veían las líneas nobles, al estilo colonial, a través de las alas que aun se hallaban de pie. Un hombre, solamente, se encontraba allí, usando un gigantesco martillo, abatiendo albañilería y maderería. Ante la caída de las paredes que se derrumbaban con estruendo, de minuto a minuto, la joven observó:

– ¡Es terrible arruinar, de este modo, el esfuerzo de tantos!

La madre serena intervino, entonces, y habló, aconsejándola:

– Hija, llegamos al final de la enseñanza viva que buscamos. Toda realización útil en la tierra, exige la paciencia y el sudor, el trabajo y el sacrificio de mucha gente. Edificar es muy difícil, pero destruir y eliminar es siempre fácil. Bastará una persona con un martillo en la mano para perjudicar la obra de millares. La crítica destructiva es un martillo que usamos criminalmente, ante el respetable esfuerzo ajeno. ¿Comprendió?

La joven hizo una señal afirmativa con la cabeza y, de ahí en adelante, procuró ayudar en vez de ensuciar, desanimar y herir.

Espíritu Neio Lúcio
Médium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro “Alborada Cristiana”

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