Gota de rocío en el cáliz de una flor

orar¿Has orado últimamente? ¿Tienes el hábito de orar o sólo lo haces cuando la situación es bastante complicada?

Tal vez, en momentos de aflicción, hayas descubierto la importancia de la oración, sin embargo, ¿ya has conseguido hacerla un hábito en tu vida?

No de esos hábitos que se acercan a la automatización, sino de aquellos que practicamos con la conciencia de que nos hacen bien y son indispensables. Vale la pena reflexionar sobre ese gran recurso que tenemos, conforme a las palabras de un Espíritu amigo:

La oración es una aspiración sublime, a la cual Dios concedió un poder tan mágico, que los Espíritus la piden constantemente. Rocío suave, es como un refrigerio para el pobre exiliado en la Tierra y una disposición fecunda para el alma en prueba. La oración actúa directamente sobre el Espíritu hacia el cual es dirigida.

Ella no transforma sus espinas en rosas, pero modifica su vida de sufrimientos (no tiene poder sobre la voluntad inmutable de Dios), imprimiéndole ese impulso de voluntad que levanta su coraje, dándole fuerza para luchar contra las pruebas y dominarlas. Por ese medio se abrevia el camino que conduce a Dios y, como efecto maravilloso, nada puede ser comparado a la oración.

Aquel que blasfema contra la oración no pasa de ser un Espíritu inferior, de tal modo terrenal y retrasado que ni siquiera comprende que debe apegarse a esa tabla de salvación.

Ora, porque la oración es una palabra descendida del cielo; es la gota de rocío en el cáliz de una flor; es el sostén de la caña durante la tormenta; es la tabla del pobre náufrago en la tempestad; es el refugio del mendigo y del huérfano; es la cuna para que el niño duerma. La oración nos une a Dios por el lenguaje, llamando su atención hacia nosotros.

Orar por nosotros es amarlo. Suplicarle por un hermano es un acto de amor de lo más meritorios.

La oración que viene del corazón es la llave de los tesoros de las bendiciones. Es el administrador que ofrece beneficios en nombre de la misericordia infinita.

El alma que se eleva a Dios a través de uno de esos impulsos sublimes de la oración, desprendida de su envoltura grosera, se presenta llena de confianza ante Él, segura de obtener lo que pide con humildad.

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Reflexiona sobre tu naturaleza. Cuenta tus decepciones y riesgos. Sondea el abismo profundo hacia donde pueden arrastrarte las pasiones. Mira a los que caen a tu alrededor y sentirás la necesidad imperiosa de recurrir a la oración. Es el ancla de salvación que impedirá la destrucción de tu barco, tan sacudido por las tormentas del mundo.

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El alma necesita de la oración, así como el cuerpo necesita de pan. La oración es el alimento del alma, es lo que le da el sustento para hacer frente a los inevitables desafíos de los días. La oración es el ejercicio del altruismo, cuando en sus versos están las súplicas por los dolores ajenos. Hagamos de la oración un hábito de higiene espiritual.

Creemos ese momento de diálogo íntimo con nuestro Creador. Nuestros días serán mucho más agradables, nuestra vida tendrá más armonía cuando nos sumerjamos realmente en los beneficios de la oración.

Redacción del Momento Espírita, basado en el mensaje Efeitos da prece, por un Espíritu familiar, publicado en la Revista Espírita, de Allan Kardec, de noviembre de 1861.

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