Mi misión

kardecPregunta (a la Verdad) – Buen Espíritu, desearía saber qué pensáis de la misión que me ha sido asignada por algunos Espíritus: tened a bien decirme, os lo ruego, si es una prueba para mi amor propio.

Sin duda, lo sabéis, tengo el deseo más grande de contribuir para la propagación de la verdad, pero, del papel de simple trabajador al de misionero en jefe, la distancia es grande y no comprendo lo que podría justificar en mí una gracia tal, prefiriéndome a tantos otros que poseen talentos y cualidades que no tengo.

Respuesta – Confirmo lo que te ha sido dicho, pero te aconsejo mucha discreción si deseas triunfar. Más tarde sabrás cosas que explicarán lo que te sorprende hoy en día. No olvides que puedes triunfar, del mismo modo que puedes fracasar; en este último caso, otro te reemplazaría, pues los designios de Dios no dependen de una persona específica. Por lo tanto, jamás hables de tu misión; sería el medio de hacerla fracasar. Sólo puede ser legitimada por la obra realizada y nada has hecho todavía. Si la realizas, las propias personas sabrán reconocer tu misión tarde o temprano, pues es por los frutos que se reconoce la calidad del árbol.

Pregunta – Sin duda, no tengo ninguna voluntad de vanagloriarme de una misión en la que yo mismo creo con dificultad. Si estoy destinado a servir de instrumento para los designios de la Providencia, que ella disponga de mí; en ese caso, solicito vuestra asistencia y la de los buenos Espíritus para que me ayuden y me sostengan en mi tarea.

Respuesta – Nuestra asistencia no te faltará, pero será inútil si, de tu parte, no haces lo que es necesario. Tienes tu libre albedrío; te corresponde a ti emplearlo como lo entiendas; ninguna persona está obligada inevitablemente a hacer algo.

Pregunta – ¿Cuáles son las causas que podrían hacerme fracasar? ¿Será la insuficiencia de mis capacidades?

Respuesta – No; pero la misión de los reformadores está plena de escollos y de peligros; la que tienes es ruda, te prevengo, pues es al mundo entero al que se trata de remecer y de transformar. No creas que te bastará con publicar un libro, dos libros, diez libros, y quedarte tranquilamente en tu casa. No, te será necesario exponer a tu persona: suscitarás contra ti odios terribles; enemigos encarnizados conjurarán tu ruina; serás el blanco de la malevolencia, de la calumnia, de la traición incluso de aquellos que te parecerán los más abnegados; tus mejores instrucciones serán despreciadas y desnaturalizadas; más de una vez sucumbirás bajo el peso de la fatiga; en pocas palabras, es una lucha casi constante que deberás sostener, y sacrificarás tu reposo, tu tranquilidad, tu salud e incluso tu vida, pues, sin eso, vivirías mucho más tiempo. ¡Pues bien! Más de uno retrocede cuando, en lugar de un camino florido, no encuentra bajo sus pasos sino zarzas, piedras afiladas y serpientes. Para tales misiones, la inteligencia no basta. Son necesarios primeramente, para agradar a Dios, humildad, modestia y desinterés, pues Él abate a los orgullosos, a los presuntuosos y a los ambiciosos. Para luchar contra las personas, son necesarios valor, perseverancia y una firmeza inquebrantable; también son necesarios prudencia y tacto para conducir las cosas con discernimiento y no comprometer el éxito por medio de medidas o palabras intempestivas; en fin, es necesario tener dedicación, abnegación, y estar presto a todos los sacrificios. Como ves, tu misión está subordinada a condiciones que dependen de ti.

Espíritu Verdad

Yo. Espíritu Verdad, os agradezco vuestros sabios consejos. Acepto todo sin restricción y sin segunda intención. ¡Señor! Si os habéis dignado poner Vuestros ojos en mí para el cumplimiento de Vuestros designios, ¡que se haga Vuestra voluntad! Mi vida está en Vuestras manos, disponed de Vuestro servidor. En presencia de una tarea tan grande, reconozco mi debilidad; mi buena voluntad no faltará, pero tal vez mis fuerzas me traicionen. Suplid mi incapacidad; dadme las fuerzas físicas y morales que me sean necesarias. Sostenedme en los momentos difíciles y, con Vuestra ayuda y la de Vuestros mensajeros celestiales, me esforzaré para corresponder a Vuestros designios.

NOTA – Escribo esta nota el 1 de enero de 1867, diez años y medio desde que esta comunicación me fue dada, y constato que se ha cumplido en todos los puntos, pues he experimentado todas las vicisitudes que allí me fueron anunciadas. He sido el blanco del odio de enemigos encarnizados, de la injuria, de la calumnia, de la envidia y de los celos; libelos infames han sido publicados contra mí; mis mejores instrucciones han sido desnaturalizadas; he sido traicionado por aquellos en quienes había depositado mi confianza, pagado con ingratitud por aquellos a quienes había prestado servicio. La Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas ha sido un foco continuo de intrigas urdidas por aquellos mismos que se decían a mi favor y que, mientras mantenían las apariencias ante mí, me atacaban ferozmente por detrás. Han dicho que aquellos que tomaban partido a mi favor eran sobornados por mí con el dinero que recogía por medio del Espiritismo.

No he conocido más el reposo; más de una vez, he sucumbido bajo el exceso de trabajo, mi salud ha sido alterada y mi vida, comprometida. Sin embargo, gracias a la protección y a la asistencia de los buenos Espíritus que incesantemente me han dado pruebas manifiestas de su solicitud, estoy feliz de reconocer que no he experimentado ni siquiera un instante de debilidad y de desaliento, y que he proseguido en mi tarea constantemente con el mismo ardor, sin inquietarme por la malevolencia de la que era objeto. Según la comunicación del Espíritu Verdad, yo debía esperar todo eso y todo se ha verificado. Pero también, al lado de esas vicisitudes, ¡cuánta satisfacción he experimentado al ver que la obra crece de una manera tan prodigiosa! ¡Cuántas dulces compensaciones he recibido por mis tribulaciones! ¡Cuántas bendiciones, cuántos testimonios de real simpatía he recibido de parte de numerosos afligidos a quienes la Doctrina ha consolado!

Ese resultado no me había sido anunciado por el Espíritu Verdad, que, sin duda, intencionalmente, sólo me había mostrado las dificultades del camino. ¡Qué ingratitud mía sería, pues, si me quejara! Si dijera que hay una compensación entre el bien y el mal, no diría la verdad, pues el bien, quiero decir las satisfacciones morales, ha superado en mucho al mal. Cuando me sucedía una decepción, una contrariedad cualquiera, me elevaba por medio del pensamiento por encima de la humanidad; me ponía con anticipación en la región de los Espíritus y, desde ese punto culminante, desde donde divisaba mi punto de llegada, las miserias de la vida resbalaban sobre mí sin alcanzarme. He hecho de eso una costumbre tal que los gritos de los malos jamás me han perturbado.

Allan Kardec

Revista Espírita 1862-1865

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