Un médico ruso

kardecBurdeos abril de 1862. El Sr. P… era un médico de Moscú, tan distinguido por sus eminentes cualidades morales como por su saber. La persona que le evocó le conocía tan sólo por su reputación, y no había tenido con él más que relaciones indirectas. La comunicación original estaba en idioma ruso.

P. (Después de la evocación). ¿Estáis aquí?
R. Sí. El día de mi muerte os perseguía con mi presencia, pero habéis resistido a todas mis tentativas para haceros escribir. Había oído vuestras palabras sobre mí: esto me hizo conoceros, y entonces, para seros útil, tuve el deseo de entablar conversación con vos.

P. ¿Por qué, siendo tan bueno, habéis sufrido tanto?
R. Esto era una de las bondades del Señor, que quería que sintiera doblemente el precio de mi libertad, y hacerme adelantar todo lo más posible en la Tierra.

P. ¿La idea de la muerte os ha causado terror?
R. No. Tenía mucha fe en Dios y me sirvió en este caso.

P. ¿La separación ha sido dolorosa?
P. No. Lo que llamáis el último momento, no es nada. No he sentido más que un ligero crujido, y después me he considerado muy feliz, viéndome desembarazado de mi miserable envoltura.

P. ¿Qué ha sucedido entonces?
R. He tenido la dicha de ver una porción de amigos que me salían al encuentro, dándome la bienvenida, especialmente aquellos a quienes tuve la fortuna de ayudar.

P. ¿Qué región habitáis? ¿Estáis en un planeta?
R. Todo lo que no es mundo, es lo que vosotros llamáis el espacio, en el cual estoy. Pero, ¡qué grados en esta inmensidad de la cual el hombre no puede formarse una idea! ¡Qué gradación en esta escala de Jacob que va de la tierra al cielo, esto es, del envilecimiento de la encarnación en un mundo inferior como el vuestro, hasta la purificación completa del alma! A donde estoy no se llega sino en virtud de muchas pruebas, lo que significa muchas encarnaciones.

P. ¿Según esto, debéis haber tenido muchas existencias?
R. ¿Cómo podría ser de otra manera? Nada es excepcional en el orden inmutable establecido por Dios. La recompensa no puede venir sino después de la victoria conseguida en la lucha. Y cuando la recompensa es grande, es de toda necesidad que la lucha lo sea también. Pero la vida humana es tan corta, que la lucha no es real sino por intervalos, y estos intervalos son las diferentes existencias sucesivas. Así pues, si yo estoy en uno de los escalones más elevados, he alcanzado esta dicha por una serie de luchas en las que Dios ha permitido que obtuviese algunas veces la victoria.

P. ¿En qué consiste vuestra dicha?
R. Esto es más difícil de hacéroslo comprender. La dicha que gozo es un contento extremo de mí mismo, no de mis méritos, esto sería orgullo, y el orgullo es cualidad de los espíritus atrasados, sino un contento saturado, por decíroslo así, del amor de Dios, en el reconocimiento de su bondad infinita. Es la alegría profunda de ver lo bueno, el bien. De decirme: tal vez he contribuido al mejoramiento de algunos de los que se han elevado hacia el Señor. Está uno como identificado con el bienestar. Es una especie de fusión del espíritu y de la bondad divina. Se tiene el don de ver los espíritus más purificados, comprenderles en sus misiones, y saber que llegaremos a eso mismos también. Se entrevé en el infinito inconmensurable las regiones tan resplandecientes del fuego divino, que uno se deslumbra contemplándolas aunque a través del velo que las cubre todavía. ¿Pero qué os digo? ¿Comprendéis mis palabras? ¿Este fuego de que os hablo, creéis que sea semejante al sol, por ejemplo? No, no. Es una cosa indecible para el hombre, porque las palabras no expresan más que los objetos, las cosas físicas o metafísicas de que se tiene conocimiento, por la memoria o la intuición del alma, mientras que, no pudiendo tener la memoria de lo desconocido absoluto, no hay términos que puedan darle la percepción de ello. Pero sabedlo: es ya una inmensa dicha el pensar que uno se pueda elevar indefinidamente.

P. Habéis tenido la bondad de decirme que queréis serme útil, os ruego que me digáis en qué.
R. Puedo ayudaros en vuestros desfallecimientos, sosteneros en vuestras debilidades, consolaros en vuestras penas. Si vuestra fe, quebrantada por alguna sacudida que os turbe, vacila, llamad me. Dios mudará palabras para que le recordéis y volváis a él. Si os sentís dispuesto a sucumbir bajo el peso de inclinaciones que reconozcáis vos mismo que son culpables, llamadme: os ayudaré a llevar vuestra cruz, como en otro tiempo ayudaron a Jesús a llevar la suya, la que debía proclamaron tan altamente la verdad, la caridad. Si flaqueáis bajo el peso de vuestras penas, si la desesperación se apodera de vos, llamadme. Vendré a sacaron de ese abismo, hablándoos de espíritu a espíritu, recordándoos los deberes que se os han impuesto, no por consideraciones sociales y materiales, sino por el amor que sentiréis en mí, amor que Dios ha puesto en mi ser para transmitirse a los que pueda salvar. Sin duda tenéis amigos en la Tierra. Éstos quizá participan de vuestros dolores, y puede ser también que os hayan salvado. En las penas vais a encontrarlos, a manifestarles vuestros desconsuelos y vuestras lágrimas, y a cambio de esta señal de afecto, os dan sus consejos, su apoyo, sus caricias. Pues bien, ¿no pensáis acaso que un amigo de aquí puede también ser bueno? ¿No es un consuelo poder decirse: Cuando muera, mis amigos de la Tierra estarán a mi cabecera rogando y llorando por mí, pero mis amigos del espacio estarán en el umbral de la vida, y vendrán sonriendo a conducirme al sitio que haya merecido por mis virtudes?

P. ¿Por qué he merecido la protección que queréis dispensarme?
R. He aquí por qué os tengo afecto desde el día de mi muerte. Os he visto espiritista, buen médium, y sincero adepto. Entre los que he dejado en la Tierra, vos sois a quien he visto más pronto a oírme. Desde entonces resolví contribuir a haceros adelantar, en vuestro interés, sin duda, pero más aún en interés de todos los que estáis llamados a educar en la verdad. Ya lo veis, Dios os quiere lo bastante para haceros misionero. A vuestro alrededor, todos, poco a poco, participan de vuestras creencias. Los más rebeldes, cuando menos, os escuchan, y un día les veréis creyentes. No os canséis. Marchad siempre, a pesar de las piedras que encontréis en el camino. Tomadme por báculo.

P. No me atrevo a creer que merezca tan gran favor.
R. Sin duda estáis lejos de la perfección. Pero vuestro ardor en propagar las sanas doctrinas, en sostener la fe de los que os escuchan, en predicar la caridad, la bondad y la benevolencia, aun cuando se porten mal con vos, la resistencia que hacéis a vuestros instintos de cólera que podríais satisfacer tan fácilmente contra los que os afligen o desconocen vuestras intenciones, vienen felizmente a neutralizar lo que tenéis de malo. Y sabedlo, el perdón es un poderoso contrapeso. Dios os colma de sus gracias por la facultad que os da, y sólo a vos corresponde el aumentarla con vuestros esfuerzos, a fin de trabajar eficazmente en la salvación del prójimo. Voy a dejaros, pero contad conmigo. Procurad moderar vuestras ideas terrestres y vivir más a menudo con vuestros amigos de aquí.

Extraído del libro “El cielo y el infierno”
Allan Kardec

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.