Declinación

HumbertoAquí va, mi amigo, la entrevista rápida que usted solicitó al viejo periodista desencarnado con una suicida común. Sabe usted, como yo, que no existen casos absolutamente iguales. Cada uno de nosotros es un mundo por sí. Para nuestro esclarecimiento, sin embargo, debo decirle que se trata de una joven señora que, hace precisamente catorce años, despidió el cuerpo físico, por deliberación propia, ingiriendo formícida.

Algunos apuntes más, ya que no podemos transformar el doloroso asunto en una novela de gran porte: ella se envenenó en Río, a los treinta y dos años de edad, dejando esposo y un hijito en casa; no era persona de cultura excepcional, desde el punto de vista del cerebro, pero se caracterizaba, en la Tierra, por nobles cualidades morales, moza tímida, honesta, laboriosa, de instrucción regular y extremadamente devota por los deberes de esposa y madre. Pasemos, entre tanto, sus once cuestiones y veamos las respuestas que ella nos dio y que transcribo, en su integridad:

¿La hermana poseía alguna fe religiosa, que le diese convicción en la vida después de la muerte?
Seguía la fe religiosa, como acontece a mucha gente que acompaña a los otros en la manera de creer, en la misma situación con que se atiende a los caprichos de la moda. Para ser sincera, no admitía que fuera a encontrar la vida aquí, como la veo, tan llena de problemas o, tal vez, más llena de problemas que mi existencia en el mundo.

Cuando sobrevino la muerte del cuerpo, ¿quedó inconsciente o consciente?
No conseguía siquiera mover un dedo, pero, por motivos que aún no sé explicar, permanecí completamente lúcida y por mucho tiempo.

¿Cuáles fueron sus primeras impresiones al comprobarse desencarnada?
Al lado de terribles sufrimientos, un remordimiento indefinible tomó cuenta de mí. Oía los lamentos de mi esposo y de mi hijo pequeñito, en vano gritando también, suplicando socorro. Cuando la carroza me arrebató el cuerpo inmóvil, intenté quedar en casa pero no pude. Tenía la impresión de que yo yacía amarrada a mi propio cadáver por los nudos de una cuerda gruesa. Sentía en mí, en un fenómeno de repercusión que no sé definir, todos los golpes del cuerpo en el vehículo en carrera; lanzada con él a un compartimiento del mortuorio, lloraba hasta enloquecer. Después de pocas horas noté que alguien me cargaba para la mesa de exámenes. Me vi súbitamente desnuda y temblé de pudor. Pero la vergüenza se fundió en el terror que pasé a experimentar al ver que dos hombres jóvenes me abrían el vientre sin ninguna ceremonia, a pesar del respetuoso silencio con que se entregaban a la pavorosa tarea. No sé qué me dolía más, si la dignidad femenina recortada anta mis ojos, o si el dolor indescriptible que me recorría la forma, en mi nuevo estado de ser, cuando los golpes del instrumento cortante me rasgaban la carne. Pero el martirio no quedó en ese punto, porque yo, que horas antes me encontraba en la comodidad de mi lecho doméstico, tuve que aguantar duchas de agua fría en las vísceras expuestas, como si yo fuera un animal de los que viera morir, cuando pequeña, en el pueblo de mi padre… Entonces, clamé aún más por socorro, pero nadie me escuchaba, ni veía…

¿Recurrió a la oración en el sufrimiento?
Sí, pero oraba, a la manera de los locos desesperados, sin ninguna noción de Dios… Me hallaba en franco delirio de angustia, atormentada por dolores físicos y morales… Además de eso, para salvar el cuerpo que yo misma destruyera, la oración era un recurso al que echaba mano, muy tarde.

¿Encontró parientes o amigos desencarnados, en sus primeras horas en el plano espiritual?
Hoy sé que muchos de ellos procuraban auxiliarme, pero inútilmente, porque mi condición de suicida me ponía en plenitud de fuerzas físicas. Las energías del cuerpo abandonado como que me eran devueltas por él y me hallaba tan materializada en mi forma espiritual como en la forma terrestre. Me sentía completamente solitaria, desamparada…

¿Asistió a su propio entierro?
Con el terror que mi amigo es capaz de imaginar.

¿No había Espíritus bienhechores en el cementerio?
Sí, pero no podía verlos. Estaba mentalmente ciega de dolor. Me sentí bajo la tierra, siempre ligada al cuerpo, como alguien debatiéndose en un cuarto estrecho, lodoso y oscuro…

¿Qué aconteció enseguida?
Hasta ahora, no consigo saber cuánto tiempo estuve en la celda del sepulcro, siguiendo, hora a hora, la descomposición de mis restos… Hubo, sin embargo, un instante en que la cuerda magnética cedió y me vi liberada. Me puse de pie sobre la cueva. Me reconocía débil, hambrienta, sedienta, dilacerada… No había tomado posesión de mis propios raciocinios, cuando me vi cercada de una turba de hombres que, más tarde, vine a saber eran crueles obsesores. Me dieron voz de prisión. Uno de ellos me notificó que el suicidio era falta grave, que yo sería juzgada en corte de justicia y que no me restaba otra salida, sino acompañarlos al Tribunal. Obedecí y, poco después, fui encarcelada por ellos en tenebrosa urna, donde pude oír el llanto de muchas otras víctimas. Esos malhechores me guardaron en cautiverio y abusaron de mi condición de mujer, sin ninguna noción de respeto o misericordia… Solamente después de mucho tiempo de oración y arrepentimiento obtuve el auxilio de Espíritus misioneros, que me retiraron de la cárcel, después de enormes dificultades, a fin de internarme en un campo de tratamiento.

¿Por qué razón decidió matarse?
Celos de mi esposo, que había pasa do a simpatizar con otra mujer.

¿Juzga que su actitud le trajo algún beneficio?
Solamente complicaciones. Después de seis años de ausencia, herida por terribles nostalgias, obtuve permiso para visitar la residencia que yo juzgaba como siendo mi casa en Río. ¡Tremenda sorpresa!… En nada me adelantó el suplicio. Mi esposo, joven aún, necesitaba de compañía y escogiera para segunda esposa a una rival que yo abominaba… Él y mi hijo estaban bajo el cuidado de la mujer que me provocaba odio y rebeldía… Sufrí mucho en mi orgullo abatido. Me desesperé. Auxiliada pacientemente, con todo, por instructores cariñosos, adquirí nuevos principios de comprensión y conducta… Estoy ahora aprendiendo a convertir la aversión en amor. Comencé a proceder así por devoción a mi hijo, a quien ansiaba extender las manos, y sólo poseía, en el hogar, las manos de ella, habilitadas para prestarme semejante favor… Poco a poco, noté sus cualidades nobles de carácter y de corazón y hoy la amo, de veras, como hermana, de mi alma… Como puede observar, el suicidio me intensificó la lucha íntima y me impuso, de inmediato, duras obligaciones.

¿Qué aguarda para el futuro?
Tengo hambre de olvido y de paz. Trabajo de buena voluntad en mi propio mejoramiento y cualquiera que sea la prueba que me espere, en las correcciones que merezco, ruego a la Compasión Divina me permita nacer en la Tierra, otra vez, cuando entonces espero retomar el punto de evolución en que me estacioné, para reparar las terribles consecuencias del error que cometí.

Aquí, mi querido, termina el curioso testimonio en que figuré en la posición de su secretario. Sinceramente, no sé por qué usted de sea semejante entrevista con tanto empeño. Si es para curar una enferma ansiedad en una persona querida, inclinada a matarse, es posible que usted alcance el objetivo deseado. ¿Quién sabe? El amor tiene fuerza para convencer e instruir. Pero si usted supone que
este mensaje puede servir de instrumento para alguna transformación en la sociedad terrena, sobre los fundamentos de la verdad espiritual, no estoy muy seguro en cuanto al éxito del intento. Digo eso, porque, si estuviese ahí, en mi cuerpo de carne, entre el pollo asado y el café caliente, y si alguien me trajese a leer la presente documentación, sin duda yo juzgaría que se tratara de una historia de brujería.

Vitrina de la vida
Espíritu Hermano X
Médium Francisco Cándido Xavier

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