Dos hermanas

Richard SimonettiUsted, amigo lector, espirita esclarecido, ciertamente es consciente de que el ejercicio de la caridad es fundamental, base de nuestra edificación como hijos de Dios. Pero hay un detalle para lo cual pido su reflexión: es imposible practicar verdaderamente la caridad, sin un componente básico, sin que este acompañado de su querida hermana – la humildad.

El médico recibe un cliente adinerado y le da toda la atención, en una consulta de dos horas. En seguida recibe un paciente del SUS “Sistema único de salud”, lo que equivale a un acto de caridad, ya que la remuneración es irrisoria. Pero, sin la humildad que lo inspire a no discriminar a nadie, consciente de que todos somos iguales ante Dios, tratara de despacharlo rapidito, lejos del comportamiento de caridad. Se nota ese problema en trabajos de filantropía. Hay voluntarios que no se mezclan con los asistidos, imponiendo un distanciamiento y limitándose a elementares rutinas de atendimiento. Otros confraternizan, conversan, se interesan por sus dificultades y problemas, porque ven en los asistidos sus iguales ante Dios.

Misionarios como Chico Xavier, Francisco de Asís, Cairbar Schutel, madre Teresa de Calcuta, se situaron como campeones de la caridad, porque eran campeones de la humildad. Y hay otro lado, involucrando a los que fueron injusticiados o perjudicados.

La mujer abandonada por el marido…
La familia de alguien muerto por un asaltante…
El trabajador injustamente despedido…
La víctima de un cotilleo…

En su propio beneficio, son llamados a la caridad del perdón, a fin de sustentar la propia integridad. No es fácil. El mal que nos hacen choca con nuestro ego, con nuestro orgullo. Nos inspira incontenido deseo de venganza.

-¡Miserable! ¡Va a de pagar!

Reacciones así exacerban nuestros padecimientos e impiden el perdón, con lo que nos libraríamos de males mayores. Falta la humildad de quien reconoce:

-Dios sabe lo que hace. Si pasé por eso es porque lo merezco.

El Espiritismo nos ofrece ayudas preciosas al respecto del asunto, cuando nos coloca en contacto con víctimas del mal en la Tierra, que, sin embargo, están muy mal en el mundo espiritual. ¡Extraño! ¿Por qué semejante situación, aparentemente incompatible con la Justicia Divina? Es que cultivan resentimientos, rencores, odios… No consiguen olvidar el mal que sufrieron. Algunos se involucran tanto con el propósito de venganza que pasan decenas de años y hasta siglos, en esa lamentable situación.

El doctrinador conversaba con un obsesor que, literalmente, quería destruir al obsediado, llevándolo a la locura o al suicidio. Justificaba la iniciativa explicando que su victima de hoy era un cruel verdugo en una existencia anterior, cuando lo asesino, como a la esposa e hijos, para apoderarse de sus bienes. El infeliz perdió la noción del tiempo. Ciento cincuenta años habían pasado, sin que él modificase sus disposiciones. Cegado por el odio, reencontró su adversario reencarnado y no descansaría hasta que no lo llevase a la locura o a la muerte. Por más que resaltase el doctrinador las ventajas del perdón, abriéndole nuevas perspectivas, se mantenía irreducible. Viendo que los argumentos de la razón no lo sensibilizaban, apelo para el sentimiento.

-¿Usted tiene contacto con su familia?
-No, nunca más los vi.
-¿No los echa de menos?
-Sí, pero no consigo encontrarlos.
-Pues sepa que sus familiares desean lo mismo. Pero el reencuentro solo ocurrirá cuando usted se libere del odio. Ellas ya perdonaron. Son libres.
-¡No puedo renunciar a la venganza! ¡El miserable tiene que pagar!
-Quién está siendo castigado es usted, sin rumbo, perturbado, infeliz, lejos de la familia…. ¿Ya pensó en eso?
-¡Usted me está confundiendo!
-Vamos a orar hermano mío.

El doctrinador pidió a Jesús bendijese al obsesor, concediéndole la gracia de una aproximación con los familiares. En breves momentos, las lágrimas del médium demostraron la emoción del Espíritu, que divisaba a la esposa a su lado. Derrotado por la nostalgia, la abrazo en llanto copioso, disponiéndose a acompañarla. Con el triunfo del amor, se interrumpía finalmente, el doloroso proceso obsesivo.

¡¿Cuántos dolores, cuantos sufrimientos, habría evitado para sí y para los suyos, si ejercitase, desde luego, la humildad, disponiéndose a la caridad del perdón?!

Nunca seremos suficientemente agradecidos a Dios por el intercambio con el Mas Allá, en que somos alertados en cuanto a los inconvenientes del egoísmo y estimulados a la convivencia con la humildad y la caridad, las dos hermanas generosas que nos bendicen con la paz allá donde estemos.

Richard Simonetti

Revista “Reformador”
Traducido por Jacob

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Volver arriba