Un extraño en el hogar

televisionEsta es la historia de la vida real de una familia cristiana. Habla de la presencia de un «extraño»en su seno. Alguien que pregonaba sus valores, casi sin cuestionamientos. Esta historia nos hará reflexionar si puede haber también un intruso en nuestro hogar.

Unos meses antes de que yo naciera, mi papá conoció a alguien que acababa de llegar a nuestra pequeña comunidad. Desde el principio, mi padre quedó fascinado con él y muy pronto le invitó a vivir con nuestra familia. El extraño fue rápidamente animado y estaba presente para darme la bienvenida a este mundo unos meses más tarde.

Mientras crecía, nunca me pregunté acerca de él y de su lugar en nuestra familia. En mi joven mente, cada miembro tenía un lugar especial en nuestro hogar. Mi hermano Guillermo, cinco años mayor que yo, era mí héroe. Alicia, mi hermana pequeña me dio la oportunidad de jugar el papel de hermano mayor y desarrollar el arte de molestarla. Mis padres eran instructores complementarios, mamá me enseñó a amar la Palabra de Dios y papá me enseño a obedecerla. Pero el extraño era el que nos contaba cuentos. Podía tejer las historias más fascinantes. Aventuras, misterios y comedias eran la conversación de cada día. Tenía la capacidad de mantener a la familia embrujada en su conversación por largas lloras. Si quería saber de política, ciencia o historia, él lo sabía todo. Conocía el pasado, entendía el presente y parecía poder predecir el futuro.

Los cuadros que dibujaba se veían tan reales que muchas veces nos hacían reír o llorar mientras los observábamos. El extraño era como un amigo para nuestra familia. Nos llevó a mi papá, mi hermano y a mi a los campeonatos mundiales de fútbol. Siempre nos animaba a ir al cine e incluso hacía arreglos para que tuviéramos la oportunidad de conocer a varias estrellas de cine. Mi hermano y yo estábamos profundamente impresionados en particular con John Wayne y sus películas. El extraño hablaba sin cesar. A mi papá no le molestaba, pero a veces mamá salía silenciosamente del cuarto mientras nosotros escuchábamos una de sus tantas historias y lugares lejanos. Mamá se iba a su recámara, leía la Biblia y oraba. A veces me pregunto cuantas veces ella oró para que el extraño se fuera.

Mi padre regía nuestra casa con ciertas convicciones morales, pero el extraño nunca se sintió obligado a respetarlas. Lo profano no estaba permitido en nuestra casa, ni de parte de nosotros, ni de nuestros amigos o adultos. Nuestro visitante sin embargo, ocasionalmente usaba palabras vulgares que quemaban mis oídos y hacían a mi papá fruncir el ceño. Hasta donde sé, el extraño nunca fue confrontado.

Mi papá nunca permitió el alcohol en casa, ni siquiera para cocinar, pero el extraño se sentía con la libertad de exponernos y mostramos esa clase de vida. Con mucha frecuencia nos ofrecía cerveza y otras bebidas alcohólicas. Se las arreglaba para hacer que los cigarrillos parecieran agradables, que los cigarros se vieran masculinos y que las pipas de tabaco dieran la impresión de distinción. Hablaba libremente acerca de sexo. Sus comentarios eran fuertes y muchas veces sugestivos, pero sobretodo, vergonzosos. Sé que mi concepto de la relación entre hombre-mujer fue grandemente influenciado por el extraño.

Mirando hacia atrás creo firmemente que la gracia de Dios nos protegió para que el extraño no tuviera tanta influencia en nosotros. Una y otra vez se oponía a los valores establecidos por mis padres. Sin embargo nunca se le detuvo o sé le confrontó y nunca se le pidió que se fuera. Más de treinta años han pasado desde que el extraño llegó a vivir a nuestro hogar. Mi padre ya no lo encuentra tan intrigante como en esos años, pero si entraras en el salón de mis padres el día de hoy, todavía lo verías sentado en una esquina del cuarto esperando a alguien que lo escuche y lo mire mientras pinta sus dibujos.

¿Su nombre? Siempre le llamamos «Televisor».

Enviado por Manuel Uceda Flores.

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