La trilogía bendita

amar-al-projimoEn tiempos remotos, el Señor venía al mundo frecuentemente a entenderse con las criaturas. Cierta vez, encontró a un hombre airado y malo, que no hacía otra cosa que atormentar a sus semejantes. Perseguía, hería y mataba sin piedad. Cuando ese espíritu vio al Señor, se aproximó atraído por la luz de Él, a llorar de arrepentimiento. El Cristo, bondadoso, le dirigió la palabra:

– ¡Hijo mío! ¿Por qué te entregaste así a la perversidad? ¿No temes a la justicia del Padre? ¿No crees en el poder celeste? La vida exige fraternidad y comprensión.

El malhechor, que se mantenía prisionero de la ignorancia, respondió en lágrimas:

– Señor, de hoy en adelante seré un hombre bueno.

Pasaron algunos años y Jesús volvió al mismo sitio. Se acordó del infeliz a quien había aconsejado y lo procuró. Después de cierta búsqueda, fue a hallarlo oculto en una choza, extremadamente abatido. Interpelado sobre la causa de tan lamentable transformación, el miserable respondió:

– ¡Ay de mí, Señor! ¡Después que pasé a ser bueno nadie me respeta! Hacen de mí escarnio en la calle…He usado la compasión y la generosidad, según me enseñaste, pero en cambio sólo recibo el ridículo, las pedradas y la dilaceración…

El Maestro, sin embargo, lo bendijo y habló:

– Tu lucro en la eternidad no será pequeño. Entre tanto, no basta retener la bondad. Es necesario saber distribuirla. Realmente es posible auxiliar a todos. De todas maneras, si a mucha gente debemos ternura fraternal, a numerosos compañeros de jornada debemos un esclarecimiento enérgico. Estimularemos a los buenos a ser mejores y cooperaremos, en beneficio de los malos, para que rectifiquen. ¿Nunca observaste al fruticultor? Algunos árboles reciben de él irrigación y abono; otros, no obstante, sufren la poda, para ampararlos convenientemente.

El Señor se retiró, y el aprendiz retornó a la lucha para conquistar el conocimiento. Peregrinó a través de muchos libros, observó detenidamente los cuadros de la vida y recibió la palma de la ciencia. Los años corrieron a prisa, cuando el Cristo regresó y lo procuró, de nuevo. Esta vez lo encontró en el lecho, enfermo y sin fuerzas. Replicando al divino amigo, se explicó:

– ¡Ay de mí, Señor! Fui bueno y recibí injusticias, atesoré la ciencia y mis dificultades crecieron de tamaño. Aprendí a amar y desear en sana consciencia, a idealizar con el plano superior, pero veo la ingratitud y la discordia, la dureza y la indiferencia con más claridad. Se aquello que mucha gente ignora y, por esto mismo, la vida se me transformó en un fardo insoportable…

El Maestro, todavía sonrío y consideró:

– Tu preparación para la felicidad aún no se haya completa. Ahora, es preciso ser fuerte. ¿Crees que el árbol respetable conseguirá vivir y producir, si no supiese tolerar la tempestad? La firmeza interior, delante de las experiencias de la vida, te conferirá el equilibrio indispensable. Aprende a decir adiós a todo lo que te perjudica en la caminata en dirección de la luz divina y distribuirás bondad, sin preocupaciones de recompensas, guardando el conocimiento sin sorpresas amargas. ¡Sé inquebrantable en tu fe y sigue adelante!

El aprendiz se irguió y nunca más experimentó la desarmonía, comprendiendo, al fin, que la bondad, el conocimiento y la fortaleza, son la trilogía bendita de la felicidad y de la paz.

Espíritu Neio Lúcio
Médium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro “Alborada Cristiana”

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.