Gente en la Plaza

richard1_simonettiMateo 20:1-16

Cuenta Jesús que el Reino de los Cielos es semejante a un padre de familia que salió al amanecer, alrededor de las seis, para contratar trabajadores para su viña. Estaban en la plaza los candidatos, llamados jornaleros. Es una práctica usual, aun hoy, involucrando trabajadores contratados para servicios sueltos en el campo. Llevan la marmita con sencilla comida, que comen sin calentar. Por eso son conocidos como bóias-frías.

Explica Jesús que fue contratado un grupo, personal madrugador. Alrededor de las nueve, el dueño de la viña retorno y aun encontró desocupados.

-Id, también vosotros para la viña, y os daré lo que sea justo.

Alrededor del medio día, llamo a más gente. A las quince horas, nueva contratación. Finalmente, a las diecisiete horas, hablo a un grupo restante:

-¿Por qué estáis aquí, el día entero desocupados?
-Porque nadie nos contrato.
-Id también vosotros para la viña.

Al anochecer, recomendó a su administrador:

-Llama a los trabajadores y págales el salario, comenzando por los últimos hasta los primeros.

Siguiendo la orientación del patrón, las cuentas fueron hechas a partir del grupo de las diecisiete horas. Un denario a cada uno, correspondiente a un día de trabajo. Cuando llego a los trabajadores contratados a las seis de la mañana, estos quedaron indignados. ¡No era para menos! ¡Sin descanso de sol a sol, durante doce horas, y ganar el mismo salario que alguien que trabajo solo una hora, configura flagrante injusticia! Plato lleno para un sindicato rural. Daria buena brega en la justicia laboral. Como en los tiempos de Jesús no había nada de eso, todo lo que al personal injusticiado pudo hacer fue reclamar con el patrón:

-Estos que vinieron los últimos solo trabajaron una hora y tú los igualaste a nosotros, que soportamos el peso del día y el calor del sol.

Dirigiéndose al portavoz de los reclamantes, esclareció el viticultor:

-Amigo, no soy injusto. ¿No acordamos un denario? Toma lo que es tuyo y vete; pues quiero dar a los últimos lo mismo que a ti. ¿Acaso no me es licito hacer lo que yo quiera con lo que es mío? ¿O tu ojo es malo, porque yo soy bueno? Así, los últimos serán los primeros, y los primeros serán los últimos. Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.

***

Apreciada bajo el punto de vista humano, esta parábola seria la consagración de las injusticias en las relaciones laborales, aunque debamos considerar que el patrón, el dueño del dinero, tiene el derecho de remunerar como él quiera, desde que haya el acuerdo previo. A los trabajadores no les competía ninguna queja.

Significativa su indagación:

-¿…tu ojo es malo porque yo soy bueno?

Ojo malo es sinónimo de envidia. Se usa otra expresión: Ojo gordo. Codiciar lo ajeno, o sentirse disminuido por no tener lo mismo. ¿No sería la reclamación del trabajador apenas un ejercicio de envidia? Al final, el recibió lo que fue acordado. Bueno recordar que la envidia es un mal tan antiguo como el Hombre. Fue la motivación del primer fratricidio, en la historia bíblica. Caín mato a Abel por imaginar que su padre daba más atención al hermano. En las empresas, hay siempre gente reclamando de colegas supuestamente privilegiados. Son criticados los que se destacan, los que son promovidos, tachados de aduladores e hipócritas.

Las personas tienen facilidad para considerarse injusticiadas, siempre que sus intereses son contrariados. Sin embargo, forzoso reconocer que algo anda equivocado en una tarea en que alguien gana doce veces más que un colega que ejecuta el mismo trabajo. Como el perfeccionamiento de las reglas del trabajo, cuya orientación principal determina una igualdad de salario para idénticas funciones, seria de justicia el pago por horas trabajadas.

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Esta parábola, por la aparente injusticia que encierra, es un desafío a los intérpretes del Nuevo Testamento. La solución está en el objetivo de Jesús, al enunciarla:

Simbolizar el ingreso en el Reino de Dios. Recordemos, en principio, como el Maestro siempre destaco, que el Reino no tiene localización geográfica, en la Tierra o en el más allá. Observemos su proclamación (Lucas, 17:21) ….el Reino esta dentro de vosotros.

Entonces, lector amigo, se trata de un estado de consciencia.

-¡Ah! ¡Me siento tan bien! ¡Leve, tranquilo, en paz!

-Se elevo al cielo.

-¡Ah! ¡Vida cruel! ¡Estoy atormentado, ideas infelices, ganas de morir!

-Resbalo para el infierno.

¿Bien, siendo así, como vamos a entrar en el Reino, o, más exactamente, como el Reino se instalara en nosotros? Comenzamos a descifrar ese misterio recordando una expresión significativa de Jesús (Juan, 5:17): -Mi Padre trabaja siempre, y yo también.

Todo es movimiento en el Universo, en la dinámica de la evolución, desde el gusano que en las profundidades del suelo lo fertiliza, a los mundos que se equilibran en el espacio. Dios, el trabajador incansable, que todo proyecto y construyo, es el motor divino que sustenta el celeste movimiento. Jesús, Espíritu puro y perfecto, llamado a gobernarnos, se entrega a ese menester desde la formación de la Tierra. Hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza, tenemos potencialidades creadores que, caracterizan nuestra filiación divina y nos realizan como Sus hijos, cuando las movilizamos. Eso implica en acción. Ocupar el tiempo y la mente en actividad disciplinada. Ese empeño se llama trabajo. Cuando nos dedicamos a algo productivo, ponemos orden en la casa mental, sintonizamos con los ritmos del Universo y guardamos la paz, el regalo del Cielo.

Detalle importante: El salario del Reino no es el resultado del trabajo. ¡Es el propio trabajo! Aquellos que más temprano despiertan para ese deber, desde luego sintonizan con las Fuentes de la Vida y se habilitan a una existencia feliz. Los más retardados se sujetan a problemas y dolores, perturbaciones y disgustos, como oxido en un motor parado.

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Entrar en ese estado sublime de sintonía con los ritmos del Universo depende de nosotros. Situemos nuestra posición en la Tierra como la de personas en una plaza. Las motivaciones son variadas:
-Entretenerse.
-Matar el tiempo.
-Enamorarse.
-Charlar, intercambiando disparates.
-Ejercitar la maledicencia.
-Satisfacer un vicio.
-Escuchar música.
-Apreciar la oración religiosa.
-Cultivar la lectura.

Diariamente, Dios nos convida a la Siembra Divina. Hay quien imagina que seria dedicar una hora semanal al esfuerzo de la fraternidad, atendiendo personas carentes en hospitales, favelas, organizaciones filantrópicas… Lo que Dios espera de nosotros es algo bien mayor. No el esfuerzo de algunas horas, sino la consagración de la existencia. No significa que debamos pasar todo el tiempo en instituciones de beneficencia, sino que en todo el tiempo encaremos nuestras actividades y relacionamientos como parte de un contexto – el de trabajadores de la Viña. Esto es, que nos comportemos, donde estemos, guardando la consciencia de que somos servidores del Señor, con compromisos y responsabilidades inherentes a esa condición.

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En la plaza de nuestras meditaciones, ocurre permanente convocación, con adhesiones en tiempo variado, envolviendo la jornada humana.

-Seis horas. Infancia.
-Nueve horas. Adolescencia.
-Medio día. Mayor edad.
-Quince horas. Madurez.
-Diecisiete horas. Vejez.

Las multitudes no atienden tiempo ninguno. Regresan al Plano Espiritual con lamentables compromisos morales, sujetándose a amargos periodos de sufrimientos y desajustes. Por eso Jesús dijo que muchos son los llamados y pocos los escogidos. En verdad, todos son llamados. Si son pocos los escogidos, es porque raros atienden a la convocación.

***

La parábola tiene una dificultad final de interpretación. ¿Cómo situar la condición de los trabajadores que comenzaron los últimos y fueron los primeros en recibir el salario? ¿Cómo interpretar la afirmativa: los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos? Bien, querido lector, esa expresión esta en un texto inmediatamente anterior, cuando Mateo se refiere al joven que no se sentía en condiciones de acompañar a Jesús, porque era muy rico. El Maestro habría encerrado el episodio con aquel mismo comentario, enfatizando que posiciones privilegiadas en la Tierra pueden impedir al hombre para los servicios de la Siembra. Según algunos exegetas, la expresión fue repetida en la parábola por error de los escribientes encargados de reproducir los textos, lo que normalmente ocurría, no era raro.

***

Podríamos concluir, en síntesis, que es fundamental no perder tiempo en la plaza existencial, dispuestos a los servicios de la Siembra, donde estemos, en la actividad profesional, en la vida social, en la convivencia familiar…

Solamente así tendremos merecimiento al salario de bendiciones que el Señor ofrece a los que atienden a Su llamada.

Richard Simonetti

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