Un minuto apenas

arrepentirseLucia era una mujer feliz, como pocas, pensaba. Casada con el hombre por quien se apasionara en los verdes años de la adolescencia, vivía el sueño de la mujer realizada. Un hijo había venido a completar su felicidad. ¿Qué más podría desear? Se despertaba por las mañanas y saludaba al día cantando. Con alegría realizaba las tareas del hogar, cuidaba a su hijo, esperaba al marido. Todo marchaba muy bien, hasta el día que descubrió que el hombre que tanto amaba la engañaba. Y no era algo reciente.

El problema venía tomando importancia hace ya algún tiempo. Apesadumbrada, se dirigió al marido y le exigió respeto. La respuesta fue brutal, violenta. El hombre encantador se volvió irascible y agresivo. Llegó incluso a pegarle. Fue ese día que Lucia tuvo la seguridad que su matrimonio había terminado. Era lo máximo que podría soportar. No podría seguir conviviendo con alguien que había llegado hasta la agresión física. Entonces, en una mañana de tristeza, tras una noche de angustia, despertó y tomó una decisión muy seria. Se mataría, terminaría con su propia vida. Más aún, deseaba venganza. Por eso, tomó a su hijo de cuatro años de la mano y decidió que lo mataría también. Quería que el marido se quedara con remordimiento. Su destino era el Farol de la Barra, en la ciudad de Salvador, en Bahía, donde vivía. Conocía el lugar donde el mar golpeaba con violencia en el despeñadero. La calle por la cual andaba tenía mucho movimiento, muchos coches. Mientras espera para cruzar la calle, el niño escapó de sus manos y corrió entre los automóviles. Ella se desesperó. ¡Extraña paradoja! Llevaba al niño por la mano para tirarlo desde el despeñadero al mar para que muriera. Pero cuando lo vio correr peligro, se olvidó de sí misma, corrió a su encuentro y lo sujetó con un poco de rabia. Lo arranca de allí por la mano.

En ese momento el pequeño se agacha, ajeno a lo que sucede a su alrededor, y recoge del suelo un papel. Lucia se lo quita de las manos y un título, en letras grandes, le llama la atención: «Un minuto apenas». Ella lo lee «En un minuto apenas, la tormenta se aquieta, el dolor pasa, el ausente llega. El dinero cambia de manos, el amor parte, la vida cambia.» Va andando, tirando del niño y leyendo la página. Era una página mediúmnica que estaba firmada por un Espíritu. Ella terminó de leerla. Se le pasó el ímpetu. En un minuto. Paró, miró a su alrededor y percibió que había llegado a su destino. El despeñadero estaba cercano, se sentó y tuvo una crisis de llanto. El impulso de matarse había desaparecido. Volvió a leer el mensaje. Vino a su mente el recuerdo de un señor que era espírita y trabajaba en el banco, el mismo que su marido trabajaba.

Se marcho para casa. Recordó que un día, cenando en la casa de ese señor, él habló algo sobre Espiritismo. Algo que ella y el marido, que tenían otra formación religiosa, rechazaron de inmediato. Le llamó por teléfono pidiéndole orientación, él la encaminó a un Centro Espírita. Atendida por un compañero dedicado, que oyó los gritos de su alma afligida, empezó a buscar, en la oración sincera, en la lectura noble, en el pase reconfortante, las fuerzas necesarias para superar la crisis. Su marido, notando el cambio, la tranquilidad al transcurrir los días, la siguió en una de sus salidas del hogar. Desconfiado, el también entró a la Casa Espírita, para descubrir una fuente de consuelo y esclarecimiento. Actualmente, ambos trabajan en la mies espírita. Reconstituyeron su vida, se rehicieron. Los años pasaron. El chico es un adolescente y se le han sumado dos hermanos. Cambio de rumbo…. La vida cambia… en un minuto apenas.

En un minuto apenas Dios dispone el socorro… Puede ser un corazón atento, una mano amiga o un trozo de papel impreso caído en la calzada. Papel que el viento no sopló hacia la lejanía. Un minuto apenas y el amor vuelve. La esperanza renace. Un minuto apenas y el sol despeja las nubes, clareando todo. No se desespere. Espere… un minuto apenas. El socorro llega. El panorama se modifica. La vida vuelve a florecer. Tenga paciencia. No se entregue a la desesperanza. Espere. Mientras usted sufre, Dios dispone la ayuda. Espere. Un minuto apenas. Sesenta segundos… Una vida… Un minuto más… «En un minuto apenas, la Misericordia Divina se derrama, llena de bendiciones las callejuelas oscuras de los pasos humanos. Corrige, depura, repara, transformándolas en caminos luminosos hacia el rumbo de la vida mayor.»

Historias Morales

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