Tras la tempestad, la calma

amaliaLa vida es un compuesto de goces y amarguras, de lágrimas y esperanzas, de risueñas ilusiones y de terribles desengaños. Ora vemos densos nubarrones que presagian horribles tempestades, ora vislumbramos bellísimos horizontes, que anuncian días alegres y tranquilos. Cuando entramos en el período de nuestras pruebas o expiaciones, presentimos, sin poderlo remediar, la horrísona tempestad de las vicisitudes que, más tarde, han de poner al espíritu en trance de zozobrar; y cuando la prueba termina, el espíritu ve brillar en lontananza un rayo de sol que le devuelve la tranquilidad perdida. Sin esa mezcla de flores y espinas, no sabríamos apreciar la existencia en su valor verdadero. De ese modo filosofábamos una hermosa tarde de estío por la orilla del mar, en unión de una amiga íntima.

La Naturaleza parecía sonreírnos, convidándonos a la meditación. Contemplamos por unos instantes la nívea espuma del oleaje, ante el cual parece que se abisma el pensamiento, y luego mi amiga Ernestina, espíritu profundamente pensador, habló en estos términos, contestando a mis reflexiones:

-No hay duda que tras la tempestad viene la calma. Si cada individuo estudiara detenidamente, no a la Humanidad, porque esto es imposible, sino al corto número de los amigos y conocidos, en todos ellos hallaría la prueba palpitante de este aserto. No hay dolor, por agudo que sea, que no tenga más tarde su lenitivo, si el espíritu es ávido de progreso. Y en corroboración, voy a contarte dos episodios que yo misma he presenciado y que quizá puedan servirte para uno de tus artículos periodísticos…

En un pintoresco pueblecillo de la provincia de Granada, vivía un matrimonio con una hija, amada confraternal delirio. Cuando conocí a esta familia, Rosa, la niña, contaba catorce primaveras; era extremadamente hermosa y tenía un talento precoz, muy superior a su edad y a la escasa educación que recibía, puesto que sus padres eran pobres y no contaban con otros recursos que el escaso jornal que producía al marido su humilde oficio de albañil. Tan linda, tan cariñosa con todos y tan inteligente era Rosa, que los autores de sus días estaban orgullosos de poseer un tan preciado tesoro de bellezas y virtudes. Aquella hija modelo era el encanto de la vida de sus padres: a los dos amaba con igual ternura; a los dos prodigaba las mismas caricias; por los dos se desvelaba de igual modo, y de día en día, aquellos tres seres amorosos parecían sublimarse con la intensidad de sus afectos. Como las tempestades generalmente se forman en pocos segundos, sin darnos apenas tiempo para prevenirnos, sucedió que un día de fiesta Rosa salió al campo con sus padres y varias amigas de la infancia, para celebrar el día de su cumpleaños con una merienda.

Habían pasado el día con toda felicidad, y ya se disponían a volver a sus casas, cuando la presencia de un lobo les llenó de terror. Rosa lanzó un grito y cayó sin sentido junto a la fiera, que hambrienta, se abalanzó sobre su víctima y la despedazó, antes que su padre, que se había alejado de los demás, pudiera defenderla. Pintar el desconsuelo de los padres de Rosa fuera imposible: los grandes sentimientos, esos agudísimos sentimientos que penetran en el alma como la hoja de un puñal, no tienen traducción en el lenguaje. El suyo fue tan profundo, tan desgarrador, que rompió todas las fibras de su sensibilidad: vivieron algunos meses como autómatas, sin conciencia de su situación, cuidados por unos buenos amigos que se compadecieron de ellos al verlos en tan miserable estado físico y moral. Mas como todo tiene su fin en este mundo, un día los padres de Rosa rompieron en copioso llanto, y con las lágrimas volvieron al conocimiento de la vida.

Dolorosísimo fue su despertar recordando el desastroso fin de su idolatrada hija; pero a las violentas agitaciones del dolor, sucedieron las tranquilas y consoladoras emociones de la esperanza, nacidas de un hecho raro e inexplicable entonces para los atribulados padres, pero natural y sencillo para los que tenemos algunas nociones de la vida espiritual. Rosa, espíritu de luz que amaba efusivamente a sus padres, se comunicó con el suyo, quien a pesar de no saber escribir, obtuvo mecánicamente por escrito comunicaciones consoladoras. Por ellas supieron que su hija vivía, porque el espíritu es inmortal, y que su desastroso fin había obedecido a una ley justa, puesto que en otra existencia ella se había complacido en arrojar a las fieras a uno de sus esclavos, en un arrebato de cólera. Así recobraron, la perdida calma dos seres que parecían condenados a eterna desesperación, y a quienes el conocimiento del Espiritismo hizo después mas llevaderas las vicisitudes de la existencia.

Pasemos ahora a mi segunda historia, que, aunque sencilla, corrobora el mismo tema, esto es, que después de grandes pesadumbres vienen horas de calma y de consuelo, que si para algunos no llegan, es porque se obstinan en ir contra las corrientes naturales, forjándose ellos mismos los hierros que han de oprimirlos y abrumarlos. Tenía yo una amiga de la infancia, alegre y bulliciosa como los pajarillos de la selva, sencilla como un niño y hermosa como una flor. Era Aurora, toda amor y sentimiento. Huérfana desde su más tierna edad, crióse entre sus parientes, permaneciendo por último al lado de una tía que había quedado paralítica y contaba con una pequeña pensión, que apenas bastaba para su subsistencia. Aurora, buena como pocas, aceptó agradecida la hospitalidad de su tía, a la que cuidó con todo el esmero posible, aprovechando además las horas que le dejaban libres sus deberes, en algunas labores delicadas, con cuyo producto aumentaba la escasa renta de su anciana tía; pero, a pesar de los grandes esfuerzos que hacía, en más de una ocasión se vio en el caso de no poder cubrir las necesidades domésticas. Sin embargo, Aurora vivía tan resignada en su humilde posición, que nunca dio importancia a las vicisitudes por que pasaba: era verdaderamente el consuelo de su tía, y ésta la bendecía desde el fondo de su alma.

Comoquiera que la existencia humana, aunque parezca deslizarse entre flores, no se halla exenta de abrojos, llegó un día en que Aurora sintió necesidad de amar, y amó con ese amor del alma, que todo lo purifica; pero desgraciadamente aquel sentimiento purísimo fue a confundirse con una pasión falaz, que en poco tiempo destruyó una a una sus más bellas esperanzas. Sintióse mi joven amiga profundamente herida en lo íntimo de su ser; pero, dulce hasta el heroísmo, jamás de sus labios salió un reproche para el hombre que se había complacido en fingirle un amor que estaba muy lejos de sentir, puesto que al mismo tiempo que juraba amarla, se disponía a contraer matrimonio con otra joven, enlace que más tarde se realizó. Aurora estuvo próxima a perder el juicio a consecuencia de aquella infamia: todas cuantas penas sufriera hasta entonces le parecieron alegrías al lado de aquella amarga decepción. ¡Pobre Aurora! Más de una vez, estrechando mis manos con febril agitación, me había dicho:

-¡Ay, Ernestina! No tengo otro remedio que renunciar a mi único amor, y al morir éste mueren todas mis esperanzas de felicidad sobre la Tierra.

Yo, algo más acostumbrada a los desengaños del amor, procuraba serenarla y alentarla. Decíale que perseguir un imposible es correr voluntariamente a la desesperación y a la muerte; que después de días obscuros y tormentosos, brilla el sol y nos acarician los céfiros; que los caminos de la felicidad son desconocidos, y que viene cuando menos lo pensamos, si sabemos hacernos superiores a las pruebas. Era mi amiga un espíritu débil y ávido de progreso; escuchó mis consejos y buscó en la reflexión la calma que nunca había hallado fuera de esa excelente consejera del alma, que siempre la guía por los hermosos senderos del deber.

Más tarde unióse en matrimonio aun hombre que, sabiendo apreciar debidamente sus virtudes, ha sido para ella un amoroso compañero que hace dichosa su existencia. Aurora correspondió a tanto cariño como saben corresponder las almas generosas, viendo embellecidos sus días, rodeada de sus hijos. Calló Ernestina; y reflexionando nosotras acerca de su relato, convinimos en que, efectivamente, tras de la tempestad viene la calma, siempre que el espíritu la busca.

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro «Cuentos espiritistas»

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