El arado

«Y Jesús le dijo: Nadie que echa mano del arado y mira hacia atrás es apto para el reino de Dios.» — (Lucas, 9:62.)

Aquí vemos a Jesús utilizar en la edificación del Reino Divino uno de los más bellos símbolos.

Efectivamente, si lo desease, el Maestro crearía otras imágenes. Podría reportarse a las leyes del mundo, a los deberes sociales, a los textos de la profecía, pero prefiere fijar la enseñanza en bases más simples.

El arado es la herramienta de todos los tiempos. Es pesado, demanda esfuerzo de colaboración entre el hombre y la máquina, provoca sudor y cuidado y, sobre todo, hiere la tierra para que produzca.

Construye la cuna de las sementeras y, a su paso, el terreno cede para que la lluvia, el sol y los abonos sean convenientemente aprovechados. Es necesario, pues, que el discípulo sincero tome lecciones con el Divino Cultivador, abrazándose al arado de la responsabilidad, en la lucha edificante, sin retirar de él las manos evitando de ese modo perjuicios graves a la «tierra de sí mismo».

Meditemos en las oportunidades perdidas, en las lluvias de misericordia que cayeron sobre nosotros y que se fueron sin ningún aprovechamiento para nuestro espíritu, en el sol de amor que nos viene vivificando hace muchos milenios, en los abonos preciosos que hemos rechazado, por preferir la ociosidad y la indiferencia.

Examinemos todo esto y reflexionemos en el símbolo de Jesús. Un arado promete servicio, disciplina, aflicción y cansancio; no obstante, no se debe olvidar que, después de él, llegan siembras y cosechas, panes en el plato y graneros guarnecidos.

Dictado por el espíritu Emmanuel

Medium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro «Pan nuestro»

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