Desespero

Cuando el amor hijo-madre fue frustrante e inquietador, el adulto transfiere para otras personas la carencia que se torna mórbida, apasionada, insegura, aprisionadora. Permanece incapaz de realizar vinculaciones de respeto y de intercambio afectivo, por proyectar el conflicto en otro, para que lo solucione, cayendo en desespero.

La inseguridad, que resulta del amor no vivenciado, conduce al comportamiento de autodestrucción, en el cual se busca huir de la realidad por medio de mortificaciones y angustias, fobias e inestabilidad emocional, que siempre desestructuran la personalidad. Esa inmadurez psicológica aturde, produciendo estados de depresión o de exaltación del ego, que se siente traicionado y no dispone de apoyo emocional para mantenerse en equilibrio.

Procesos naturales de resentimiento asaltan al paciente y él se desarticula interiormente, pasando a experimentar los más torpes conflictos. Sin seguridad interior, agrede y hiere desordenadamente, al mismo tiempo en que, desinteresado de la propia existencia, todo ve conforme el trastorno de que se siente víctima.

Una terapia bien dirigida lo reestructura, dándole estabilidad interior de manera que comprende que los resultados de su salud emocional dependen exclusivamente de la manera por la cual siente la vida, contribuyendo para hacerla mejor y más rica de alegría.

El terapeuta le diluye la imagen de la madre castradora, restableciendo su identidad en consonancia con la realidad, motivándolo a desprenderse de la auto conmiseración, descubriendo los valores que yacen adormecidos, aguardando por el momento de despertar y de producir emocionalmente en favor de la propia felicidad.

Solamente cuando comprende el valor que le constituye atributo natural, puede dar consideración a las cosas y a las personas que lo rodean, a la sociedad y a las Leyes, a la fe religiosa que no se le presentará más como transferencia de aspiraciones, sino como objetivo de autorrealización. 

Una antigua leyenda hindú que Shiva y Shakti, considerando el matrimonio transcendente del panteón sagrado de su religión, se encontraban observando la Tierra y los hombres con sus comportamientos variados. Sentían los dolores humanos y buscaban disminuirlos, en la medida de las posibilidades, sin que, con eso, eliminasen los factores causales de los sufrimientos.

Repentinamente, Shakti vio a un hombre pobre, cubierto de andrajos, que trabajaba por un largo camino cuyo fin parecía remoto. Se le presentaba muy desgastado en el cuerpo y en la emoción. Sus ropas no pasaban de un monte de remiendos y trapos que mal le cubrían la desnudez. Las alpargatas gastadas, parecían no ser más útiles para el caminante, tan deplorablemente se encontraban…

La diosa, tomada de compasión, interfirió junto al esposo, suplicándole que concediese al hombre infeliz un poco de oro, de manera que disminuyese sus penas. Sensibilizado por la interferencia magnánima, Shiva observó al viandante, y dijo con piedad:

“– No puedo hacerlo, porque él no se encuentra en condiciones de recibir ayuda.”

Sorpresa ante la negativa, Shakti insistió:

“– ¿Quieres decirme que no puedes ayudarlo, colocándole en el camino una bolsa de oro?”

“– No es eso. – Respondió el marido – Sucede que ese hombre necesita aprender a recibir, lo que es muy diferente.”

“- Pero yo te suplico” – prosiguió la esposa.

 Shiva, con mucha sabiduría, dejó caer una bolsa de oro delante del viajero.

Cuando se acercó, viendo aquel extraño volumen en el suelo, pasó de largo, reflexionando:

“- Tendré hoy con que alimentarme o volveré a experimentar las agruras del hambre?” súbitamente, dándose cuenta del volumen, exclamó:

“- ¡Que alegría poder haber visto esa dificultad en el camino!… Si me hubiera distraído, podría haber tropezado y haberme caído.”

Y continuó en su marcha triste.

La inmadurez psicológica y el conflicto tornan la vida menos saludable y llena de sospechas, que no es sabida por los transeúntes del proceso de la evolución. Mal equipados, todos observan a través de las lentes oscuras de su desespero, sin el valor de retirar las gafas que impiden la visión clara de la naturaleza y la comprensión de los desafíos, que tienen por meta conducir al individuo a estadios más avanzados de crecimiento interior.

Un saludable relacionamiento entre madre e hijo produce efectos benéficos en el desarrollo del ser. Las matrices del desespero se encuentran, por tanto, fijadas en el Yo profundo, que rezuman de experiencias pasadas, vividas en otras existencias, que ahora se reflejan en el comportamiento, en razón de los tormentos domésticos en el seno familiar, con dificultad de entendimiento y convivencia con la madre y los demás miembros del clan.

El criminal, que ronda y ataca a la sociedad; el traidor, el calumniador, que descubre males en los otros y las divulga con sarcasmo y exageración; el ingrato, que nunca está satisfecho con lo que recibe, tiene un pasado familiar común – el relacionamiento infeliz, castrador, exigente, perverso, con su madre.

La maternidad humana es más que un fenómeno biológico, tratándose de una experiencia iluminativa y libertadora para la consciencia, que descubre la necesidad de superación del egoísmo, del desarrollo de los valores morales más expresivos, para que el amor se encargue de anular dificultades y establecer parámetros de comportamientos sanos, sin las exageraciones del apego, o del resentimiento, o de la transferencia de amarguras y frustraciones para los hijos, que se convierten en víctimas sin defensa…

Concomitantemente, el grupo social inestable y egoísta, agresivo e insatisfecho, envuelto por la tragedia de lo cotidiano, conspira en favor del desespero de las personalidades fragilizadas, que transitan en agonía interior, sin un norte que les sirva de referencia.

Frente a los relacionamientos sociales, por ser normalmente fútiles y sin profundidad, los individuos viven exhibiendo máscaras con que disfrazan sus dificultades y presentan ilusiones en el palco de la convivencia general, desapareciendo el bienestar moral del afecto legítimo y desinteresado, del intercambio productivo de ideas sin disputas o envidias, del natural deseo de felicidad que debería vigorizar entre todos. Son actores, y no personas, más o menos bien exitosas en el palco de las relaciones.

El desespero, que se encuentra en el interior, se agiganta hasta explotar en trastornos psicológicos que llevan a la agresividad y a la violencia, al despropósito y a la desestructuración del grupo social, a veces, de forma cruel, como es a todas horas exhibido en los medios cazadores de sensacionalismo.

La manera eficaz de enfrentar el desespero frente a frente es a través del auto reconocimiento de las posibilidades infinitas que aguardan el interés del paciente bajo la orientación segura de su terapeuta y de la legitima disposición para realizar su parte. En toda terapia enfrentamos el desafío del entendimiento entre aquel que ayuda y aquel otro que pretende ser ayudado.

El trabajo es hecho en conjunto hasta que el paciente se encuentra limpio de sus conflictos y ofrece seguridad, para que avance con los propios pies, igualmente liberándose de la dependencia emocional de su terapeuta. 

Despierto para la realidad y dispuesto e enfrentarla con tranquilidad, sin huir de los fenómenos naturales del proceso existencial, es posible desarrollar el amor y la alegría de vivir, que se le transforman en objetivos fascinantes que brillan delante de él, y que deben ser alcanzados con valor.  Nadie consigue, caminando, alcanzar la cumbre de la montaña sin haber atravesado los caminos de las faldas montañosas. Así también, la salud psicológica y mental es siempre resultado de la conquista de las sombras de las escarpas emocionales que sustentan al ser aun en conflicto…

Espíritu Joanna de Angelis

Médium Divaldo Pereira Franco
El despertar del Espíritu

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