Lucha por la vida

La lucha es el elemento indispensable para el crecimiento interior del ser humano, el desarrollar sus aptitudes adormecidas, el recurso precioso para su engrandecimiento.

A través del esfuerzo y de los desafíos que proporciona, divide la concha primitiva en que se encarcelan los valores elevados y le faculta el desarrollo y el alcance de la plenitud. Fue a través de la lucha por la vida que los especímenes más fuertes vencieron a aquellos más débiles que quedaron en el pasado…Y cuando esa fuerza no provenía del volumen o del peso del cuerpo, el desarrollo de la inteligencia creó los mecanismos de superación de dificultades mediante astucia y técnica que colocaron al ser humano en la parte superior de la escala animal.

Cesadas las peleas entre los predadores poderosos y el hombre, surgen las fijaciones y los conflictos de su desarrollo intelecto-moral, que tiene que vencer, empeñándose en la conquista de la salud emocional y física, de forma que proporcione el continuo crecimiento de sus potencialidades psíquicas.

Restando los deseos inmediatos, herencia de las experiencias en las franjas más primitivas del proceso de desarrollo, esos verdaderos verdugos psicológicos propulsan al ser para el atendimiento de tales impositivos que lo aturden, dejándolo casi siempre insatisfecho, incluso después disfrutadas las sensaciones derivado de su gozo.

Restando los deseos inmediatos, herencia de las experiencias en las franjas más primitivas del proceso de desarrollo, esos verdaderos verdugos psicológicos impulsan al ser para el atendimiento de tales impositivos que lo aturden, dejándolo casi siempre insatisfecho, incluso después de disfrutadas las sensaciones consecuentes de su gozo.

La lucha que aguarda al ser humano es larga y sin cuartel, facultándole la realización de los objetivos existenciales, pero también de aquellos otros de naturaleza espiritual, que son fundamentales para el encuentro de la salud integral, de la plenitud.

Una antigua tradición budista narra que Ananda era un joven discípulo del Iluminado, que mucho le dedicaba afecto y dedicación interesado en la conquista de la paz y del Nirvana. Su belleza y la elegancia de su porte habían hecho de él un hombre atrayente y agradable, que a todos conquistaba donde quisiera que se presentase.

Viajando, oportunamente, en un día de calor, se acercó a una fuente generosa a la sombra de un árbol grandioso y solicitó a una joven mujer que allí se encontraba, que le fuese ofrecida un cucharón con agua refrescante.

Tomada de sorpresa, le respondió la desconocida:

– ¿No ves que somos de casta diferente?

Él le respondió:

– Yo solo conozco una casta, que es la humanidad…

Sensibilizada, la impura tomó el agua con las manos y las acercó a los labios de Ananda, que bebió el líquido con alegría y agradecimiento, dirigiéndole palabras de amistad y ternura.

Tocada por la gentileza y por la irradiante belleza del joven, la joven corrió en la dirección a su casa y le pidió a su madre, que hiciera artes mágicas, para que consiguiese que Ananda se acercase a ella y la pidiese en matrimonio. La mujer experimentada le dijo a la hija que era muy difícil conseguirlo, considerando la dedicación del aprendiz al maestro y a su pureza de sentimientos.

Atormentada e insistente, la desdichada consiguió sensibilizar a la médium desvariada, que pasó a dirigir el pensamiento inferior en rumbo al joven, insistiendo con Espíritus perturbadores para que le influyesen en el comportamiento. Posteriormente, Ananda soñó que se encontraba delante de la joven sensualmente desnuda, que lo atraía, inquietando sus sentimientos disciplinados. A su vez, la joven, tomada de deseos enfermizos, también soñó con su elegido, entregándosele e imponiéndole el matrimonio.

Buda, sin embargo, captó la trama del mal y envolvió al joven discípulo en ondas de paz, despertándolo para la realidad y atrayéndolo de vuelta a su seno. No logrando el deseo inferior, la aturdida se acercó al maestro y le pidió que proporcionase su matrimonio con el joven arrebatador, por quien estaba enamorada.

Sabio y justo, el antiguo príncipe le dijo:

– Tu lo deseas porque él es joven y bello. Sin embargo, después de los primeros momentos de convivencia contigo, después de utilizar tus maneras, él seguirá adelante, dejándote. Y si eso no ocurre de inmediato, la vejez irá a corroer tu belleza, desplomar tu paso, haciendo que él sienta horror por ti.

Después de una pausa, concluyó:

– Tu no lo amas. Solo deseas la forma, el placer, olvidándote que aquellos ojos transparentes y brillantes, que se humedecen con lágrimas también vierten pus; sus fosas nasales igualmente expelen secreción putrefacta; su vientre guarda excrementos y todo el cuerpo se transforma con facilidad y rapidez en descomposición.

“El verdadero amor transciende la forma y alcanza al ser real que nunca envejece, ni degenera, permaneciendo siempre bello y real.”

Sensibilizada por las palabras del sabio, ella le pidió que la iniciase en la búsqueda de la iluminación, siendo su discípula dedicada. Años más tarde, cuando ya conocía la Verdad, el maestro le dijo;

– Ahora ya puedes unirte con Ananda.

Ella pues respondió:

 – Ya no tengo ningún deseo de posesión. Encontré la paz interior, en la cual están Ananda y todos los seres a los que amo, habiéndome encontrado también.

Esa búsqueda del ser interior que se libera de las pasiones constituye la gran lucha de la vida, irguiéndolo de las bajezas de los deseos más perturbadores en el rumbo de los niveles elevados de la consciencia. Todo un conjunto de observaciones surge convidando a su sabía utilización, que va alcanzado el pensamiento y la emoción a más elevados y nobles niveles de liberación de los deseos y de las conquistas de un día efímero. Ese admirable proceso se desarrolla a través del amor, que es el sentimiento más profundo que se conoce, y que tiene inicio en el ser inteligente, en el vínculo entre el hijo y la madre, del cual deriva realización o conflictos conforme la vivencia de este. Ese amor entre hijo y madre es la continuación del simbólico amor entre la criatura y el Creador o la misma criatura y la Naturaleza, que se transfiere para quien conduce la gestación y atiende por largo periodo al ser en formación. Cuando ese amor es correspondido, se disfruta la más perfecta felicidad, pero cuando no se recibe respuesta, se experimenta un dolor profundo y dilacerante. Cuando ocurre la ruptura de ese vínculo entre el hijo y la madre, surge una forma de amenaza a la estructura de la vida y el comportamiento experimenta una alteración inevitable, exigiendo un gran trayecto de rehabilitación. En vez, por tanto, de una brusca interrupción, debe darse una amplitud de capacidad, en el cual otras personas se tornan participes, aumentando la intensidad del sentimiento. El amor proporciona más amplias aberturas y expansión del Self, que se alarga alcanzando la humanidad entera. No habiendo esa continuidad el ser es lanzado al retraimiento, a la apatía, a la contracción, porque el amor proporciona alegría de vivir y alegría de sentir.

Interrumpiendo de forma ruda, produce un golpe en el sentimiento, y aquel que lo pierde pasa a temer nuevas expresiones de amor, no abriéndose ni desvelando a otro, lo que induce a estados alienantes. Y tan marcante y profundo ese sentimiento entre hijo y madre, por providencia de la Divinidad que, al desaparecer de golpe, el ser proseguirá buscándolo, sea de forma consciente o inconscientemente, y al encontrarlo en la edad adulta, tal vez tenga dificultad de situarlo bien en el complejo de la emotividad, no identificando el factor causal, si de naturaleza evocativa de la madre desaparecida o si necesidad de orden sexual o fraternal.

No es difícil, por tanto, imaginarse que el ser frustrado en la infancia, conduciendo el dolor de la separación afectiva con su madre, transfiera para la esposa o el marido, aquel sentimiento dilacerado, procurando apoyo infantil a sus deseos no realizados, a sus pasiones no superadas.

Cuando pues, ese amor es saludable y continuado, el ser consigue esparcirlo con todos cuantos encuentra, manteniéndose seguro en sus funciones afectivas y sexuales, en el comportamiento fraternal y en la convivencia social, un adulto siempre capaz de desarrollar nuevos valores y aceptar desafíos que lo tornan cada vez más habilitándolo a y victorias en las actividades que emprende. Esa vinculación con otro no puede ser impuesta, antes tiene un carácter de espontaneidad y alegría, cuando dos adultos se dan cuenta que vibran en la misma franja de las emociones y cultivan aspiraciones que se armonizan, sincronizándose entre sí. Naturalmente, no significa que sean iguales, sino que sepan administrar sus diferencias frente a la identificación de intereses y objetivos en la vida, lo que concede a los individuos la verdadera madurez psicológica, resultado de un desarrollo armónico de sus funciones físicas y psíquicas. En esa fase, el ser ya se liberó de la unión amorosa con su madre y pasó a identificarla con otro sentimiento de respeto y de gratitud, preservando los recursos agotados en aquella relación infantil, que ahora se extenderán en el rumbo de todas las personas y del mundo en general. La lucha por la vida, en esa ocasión, se transforma en la conquista de la vida, porque sustituye los deseos inmediatos por la alegría indescriptible de vivir y de amar.

Espíritu Joanna de Angelis

Médium Divaldo Pereira Franco
El despertar del Espíritu

1 comentario en «Lucha por la vida»

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