Dios es amor

Jamás condenes. Dios es, sobre todo, amor. En arena vasta del Plano Espiritual, se hallaba un hombre desencarnado en juzgamiento. El mentor indicado para instruirlo, en cuanto a como lo debía hacer, a fin de regenerarse, pasó a encontrar mucha dificultad para liberarse de los propios encargos. Aconteció que el recinto de las advertencias fue invadido por enorme turba de acusadores. Ese apuntaba al infeliz, en la condición de criminal que le había aniquilado la familia en el mundo; aquel le mostraba los puños cerrados, prometiéndole venganza por los males de que fuera víctima; otro pedía para él la peor sentencia; otras entidades, incluyendo mujeres desventuradas, le dirigían frases crueles. Entonces, el orientador indagó al reo si no recordaba, por sí mismo, algún bien que había hecho.

-¿No habría por ventura, auxiliado a favor de alguna criatura perdida o amparado esa o aquella viuda sin nadie? ¿Nunca se aproximó a algún mendigo enfermo, buscando reducir sus necesidades? ¿Acaso, no habría socorrido a algún animal apedreado o protegido a alguna fuente?

El infortunado compañero reveló con ansiedad y amargura en los ojos, al tragar las propias lágrimas, y respondió con la negativa, confesando aun que además impusiera la muerte a su propia madre, con certera puñalada, de manera a hurtarle las ultimas joyas escondidas en un joyero. Fue ahí que la masa de escarnecedores se desmandó en gritería. El mentor recomendó más orden nuevamente y ya se preparaba para solicitar el parecer de orientadores domiciliados en los planos más altos, cuando noble mujer, de apariencia simple, más inundada de luz, penetró en el salón y explicó en alta voz:

-El Sr. juez, las órdenes de que la verdad es dicha que este hombre suministró la felicidad inmensa a una hija de Dios, tan pronto como todos lo son. Él fue la esperanza y el sueño, la felicidad y la fuerza que le alentaron la vida…

– Aun así – ponderó el magistrado – él tendrá que amargar largo periodo de pruebas, encarcelado en un cuerpo deforme, entre las criaturas de la Tierra.

Ella, sin embargo, aclaró con humildad:

– Comprendo que la justicia debe ejercerse, en auxilio a todos nosotros. Esa mujer, no en tanto lo bendecirá y acompañará sea donde fuera… Luchará por él y llorará de dolor y de alegría, hasta que la belleza con que Dios lo creó le brille en la cara por bendita luz…

El juez, admirado, le volvió a preguntar:

-¿Señora, quien sois vos que defendéis así a un criminal?

La dama no declinó la propia condición, pero se encaminó para el reo, lo abrazó, le besó el rostro de que los demás se apartaban con asco… Enseguida, irguió la frente y, contemplando la asamblea espantada, proclamó enternecida:

– Declaro, delante de Dios, que él es mi hijo.

Por el Espíritu Meimei
Médium: Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro» Dios Aguarda»

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