Razón y fe

“Le dijo: sal de tu tierra y de tu parentela y ven a la tierra que yo te mostraré”

Merece nuestra consideración el mensaje puesto en epígrafe, recordado por el joven Esteban, (primer mártir del Cristianismo) al comparecer ante el Sinedrio, el poderoso tribunal israelita. Resaltemos las palabras tu tierra y tu parentela, y finalmente, la tierra que yo te mostraré. El patriarca Abraham vivía, en la tierra de los Caldeos, atento a las actividades normales y rutinarias del campo, cuidando de sus rebaños de ovejas, bueyes y asnos. Vivía preso a su tierra y vinculado a su parentela. Era, por consiguiente, un hombre circunscrito, limitado en sus objetivos, confinado en sus aspiraciones. El Señor, por la voz de Poderosas Entidades que se comunicaban por voz directa, (Pneumatofonía) le retira de la Mesopotamia, para la ejecución, (junto con el heroico pueblo hebreo), de una elevada misión fraternalita. Lo retira de su tierra, de su parentela, de su familia, para confiarle una familia mayor, una más numerosa descendencia, incontable como las estrellas: “Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas si las puedes contar” Después acrecentó: “Así será tu descendencia.”

Ninguna fuerza transformará al Cristianismo en “una religión” formalista, subordinada a rituales desvitalizantes. Ninguno le alterará la sustancia, la imagen universalista, abarcadora, eterna, divina. El Cristianismo no cabe en una vasija. Él es la Religión del Amor, y por consiguiente la Religión Cósmica, (dado a que el Amor es la fuerza que rige el Universo en todas sus manifestaciones visibles e invisibles, objetivas y subjetivas.) Universo físico. Universo moral.

Universo mental.

El cristianismo nunca fue, no es y no será jamás, un movimiento condicionado, familiar, grupal o racial. Ni aún mismo planetario. Su esencia perfuma, no solo la Tierra, mundo donde la Divina Bondad nos situó en el presente. No ejerce su influencia solamente en los orbes que gravitan en torno al Sol. El Cristianismo – Filosofía de Amor Universal – aromatiza y vivifica a billones de planetas que gravitan en el Infinito de Dios. El Padre Celestial, por la voz de sus iluminados servidores, principalmente del plano extra físico, viene, con ternura, desde el comienzo de las humanidades, procurando dilatar nuestros entendimientos. Ampliar nuestra capacidad afectiva. Despertándonos para el altruismo. Librándonos, en fin, de los apretados preconceptos de familia, grupo, creencia, raza. A la manera del viejo Abraham, el hombre terrestre precisa dejar su tierra y su parentela para integrarse en la gran familia universal.

Tan grande y tan numerosa cuanto las estrellas que refulgen en las constelaciones distantes, que no pueden ser contadas. El hombre que deja, subjetivamente, filosóficamente, mentalmente, su tierra y su parentela no las repudia, como podría parecer. Lejos de eso. Las estima con la misma intensidad con que estima a otras tierras, otras gentes, porque sabe que el menor pedazo de tierra y de criatura que nació en el punto más alejado del globo pertenece, tierra y criatura, a Dios, quien es también su Creador. La ama con la misma pureza, el mismo cariño con que ama a la tierra en donde nació y a sus compatriotas. Las ama sin cualquier mancha de egoísmo. Sabe que el pueblo más primitivo como el más civilizado, son hijos de Dios cuanto el propio, aquí como en cualquier rincón del Universo. Sabe también, que el habitante de Marte o de Júpiter es también su hermano, miembro de la gran familia Universal. Así, como Dios indicó a Abraham otra tierra que sería el santuario de la Primera Revelación, el autor de la Segunda también nos muestra el bendito camino de la fraternidad, preparándonos la inteligencia para la Sabiduría, el corazón para el Amor, y el Alma Eterna para la Luz que no se extingue. Esteban es el símbolo del hombre realizado, del hombre que encontró la otra tierra. “…lleno de gracia y poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo.” “Pero no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba.” “…Todos los que estaban sentados en el concilio, al fijar los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel.”

Abraham simboliza el ayer de la humanidad, arrancada de su tierra y de su parentela. Esteban, inundado de Amor Evangélico, simboliza el mañana de la humanidad, viviendo ya en otra tierra. Abraham, en una demostración de fe, (de una fe que no encara a la razón cara a cara), levanta el cuchillo en contra Isaac, su amado hijo, para entregarlo en holocausto. Es sin duda, el hombre de ayer. Esteban, sentenciado a muerte, apedreado, vertiendo sangre por todo el cuerpo, el semblante desgarrado, se confía el mismo, sereno e imperturbable, al sacrificio. Es sin duda, el hombre del mañana. El primero preserva su vida, y entrega la del propio hijo; el segundo entrega su propia vida para salvar la de muchos. Esteban, mirando a Jesús cuyos ojos se posaban con amargura sobre Saulo, ruega compasión para su implacable verdugo: “Señor, no le tomes en cuenta este pecado.” Y cuando su delicada hermana Abigail le presenta al verdugo como novio, por depositario de sus juveniles esperanzas, tiene fuerzas aún para decir: “Cristo los bendiga…, No tengo en tu novio un enemigo, tengo un hermano… Saulo debe ser bueno y generoso, defendió a Moisés hasta el fin… Cuando conozca a Jesús, habrá de servirlo con el mismo fervor… Se para él, la compañera generosa y fiel…” Esteban, simboliza indudablemente, al hombre del mañana. Guarda en su pecho la fe iluminada por la razón.

Posee en el cerebro la razón sublimada por la fe. “…Vieron su rostro, como el rostro de un ángel.”

Martins Peralva
Extraído del libro «Estudiando el Evangelio a la luz del Espiritismo»

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