La opinión del mentor

Un trabajo diferente: el atendimiento nocturno del Albergue era realizado por las ayudas de los voluntarios. Todas las noches había un equipo, los hombres encargados del contacto inicial, registro, recogimiento de equipaje, el encaminamiento al baño; las señoras con el cuidado de los niños, comidas, distribución de ropas…

Era la aplicación práctica de las enseñanzas de espíritas transmitidas en el centro que mantiene la obra, que funcionaba en el mismo edificio, ofreciendo a los viajantes cansados que buscaban abrigo un poco de calor humano, de fraternidad auténtica. Naturalmente, no todo eran flores; había espinos. Al final, no obstante la buena voluntad, no había allí ningún ángel del Cielo en tránsito por las brumas de la Tierra. El problema más frecuente aparecía en la atención de alcohólicos, que siempre causan trastornos con su comportamiento lamentable, en tres reacciones clásicas: valientes como el león, dispuestos a pelear por cualquier motivo o sin él; inquietos como el mono, importunando a todo el mundo, o vagos con el sueño, echándose sobre bancos y resbalando al suelo, donde, no era raro, lanzaban el fétido contenido de sus estómagos, en nauseas provocadas por la bebida.

Algunos voluntarios, en contacto directo con estos asistidos difíciles, acababan asumiendo una postura agresiva, portándose ásperamente. El asunto fue llevado a una reunión de la dirección, mereciendo la reprobación de los presentes. Como no se llegaba a una conclusión en cuanto a las actuaciones que serían adoptadas, se decidió consultar con Gervasio, mentor espiritual, que se manifestó por la psicofonía mediúmnica. Este, después de oír las quejas de los directores, comentó:

– Realmente, la actitud de nuestros amigos merece reparo. Aun así la naturaleza de los atendidos, no podemos faltar a los deberes de la comprensión y de la tolerancia. Charlen con los voluntarios, hagan reuniones de esclarecimiento, alertándolos en cuanto a la orientación de la Casa.

– No sé si eso va a servir. –Dijo Sidonio, el vicepresidente, que se hizo interprete de los compañeros. -Al final, las advertencias han sido frecuentes. Venimos hablando siempre con los de guardia al respecto…

– Insistan, hasta obtener el resultado deseado.

– Creemos que es necesario algo más incisivo.

– Si lo prefieren así, –sugiere Gervasio– la solución será el inmediato alejamiento de esos compañeros. ¿Hay gente disponible?

– No, en este momento, no. Ese personal está en el servicio hace muchos años. Sería difícil encontrar sustitutos.

– Hagamos lo siguiente: aprovecharemos a los miembros de la dirección. Ustedes conocen el problema, tienen noción del funcionamiento del albergue. Darán el ejemplo. No habrá dificultades.

Los asistentes se entre miraron, sorprendidos. Nadie estaba dispuesto. Tenían otras atribuciones en actividades administrativas y doctrinarias.

– Si es así –dijo Gervasio de buen humor– creo que debemos cerrar el asunto, por cuanto, si no podemos contar con los santos, vayámonos a los pecadores. Al final, el servicio no puede parar…

Ante el mutismo general, Gervasio se despidió, deseando paz a todos.

*****

En el ejercicio de la Fraternidad, bajo la inspiración del Evangelio, es difícil definir donde termina la energía y comienza la agresividad, donde la palabra disciplinada es sustituida por la rudeza verbal, principalmente delante de criaturas que se muestran inconvenientes e inoportunas. Entre el ideal cristiano y la vivencia de las lecciones de Jesús, hay largos caminos para ser recorridos… Es forzoso reconocer mientras que, no obstante su inexperiencia, el servidor del Bien empeñado en servir al semejante, camina al frente de los que se limitan a criticarlo, sin reconocer que su actitud les impone el deber de hacerlo mejor.

Richard Simonetti

Extraído del libro «Cruzando la calle»

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.