Perseverad

Hijos, perseverad en el testimonio de la fe espirita que abrazasteis, ante la reviviscencia del Evangelio del Señor.

No reculéis ante las pruebas que os son necesarias para vuestro perfeccionamiento.

Sustentad el coraje en la lucha, conscientes de que toda conquista en los dominios del espíritu reclama esfuerzo y sacrificio continuados.

Nadie asciende a las Cimas con paso atado a la retaguardia.

La Doctrina Espirita libera el pensamiento, sin embargo aquel que busca superar el comodismo intelectual de siglos siempre encontrará oposición. Es natural, pues, que las tinieblas conspiren contra vuestros anhelos de elevación.

Los espíritus, sean encarnados, sean desencarnados, habituados a la monotonía en que viven, habrán de pelear para desalentaros en vuestros nuevos propósitos en la existencia. Muchos os tentarán con el inmediatismo de los placeres mundanos y con las facilidades materiales del camino. Otros urdirán sofismos, con el intento de apartaros de los objetivos superiores que concentrasteis, en la necesidad de renovación intima. Sin que perdáis de vista la trayectoria del Cristo, no olvidéis que la obra de la redención humana dice mucho respecto a cada espíritu en particular. La hora del testimonio es una hora solitaria.

En torno, de abucheos e injurias, hostilidad e incomprensión. No es raro, amigos y compañeros, permanecieron a la distancia, contemplándoos las reacciones. Con vosotros, no tendréis por escora, en la áspera subida, otra que no sea la cruz que os pesa en los hombros. Casi nadie os verá el llanto que se os desliza por la mejilla, confundiéndose con el sudor derramado en el cumplimiento del deber. Inevitable, la sensación de extremo abandono de los hombres, que os debe inducir al bien mayor, confianza en Dios.

Hijos, no cambies lo que es eterno por lo que es transitorio. Aunque bajo duros reveses, insistid en la práctica del bien a los semejantes y tomad la iniciativa del perdón, con la certeza de que el tiempo urge y que, el termino de vuestra caminada sobre la Tierra, no tendréis otro Cielo que no sea la de la consciencia tranquila.

Bezerra de Menezes

Carlos A. Baccelli

Extraído del libro “A coragen de Fé”
Traducido por Jacob

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