Obsesión simple

El fundamento de la vida es el Espíritu, en torno de cuya realidad todo gira y se manifiesta. El temperamento de todo ser, junto a las imposiciones que componen el cuadro de su existencia, es una consecuencia natural de la suma de los valores que transitan por las múltiples reencarnaciones, transfiriéndose desde una a otra etapa carnal.

El Espíritu, programado por el fatalismo de la evolución hacia el progreso que lo conducirá a la perfección relativa, crece bajo la claridad del amor, normalmente estimulado por el aguijón del sufrimiento, que él se proporciona en razón de la rebeldía, como de la insatisfacción, que son las relevantes excrecencias del egoísmo. Al traer el germen de la divina presencia de donde se origina, adquiere mediante las experiencias que le complace vivir, los recursos para progresar, estacionar o retardar el desarrollo de las funciones que le son inherentes, de las cuales no se podrá deshacer por más que lo desee, si cae en la alucinación abrasadora de la desdicha en la que se detenga…

Cuando no funcionan los estímulos para el progreso y desea postergarlo, imposiciones de la propia Ley lo someten al proceso de crecimiento, a través de expiaciones consoladoras que lo depuran, colaborando en la eliminación de las sedimentadas llagas que lo martirizan… Por eso mismo, la adquisición de la paz es el resultado de luchas y esfuerzos que lo disciplinan, condicionándole los hábitos saludables, con los cuales entra en armonía con la vida. En ese proceso, como en otro cualquiera, la mente es el espejo que refleja los estados íntimos, las conquistas logradas y las que están por conseguir.

Dínamo generador de recursos psicofísicos, dirigido por el Espíritu que se vale de la constitución cerebral, en los paisajes mentales fácilmente se expresan los estados múltiples de la personalidad, que encadenan éxitos o fracasos, que se exteriorizan en formas depresivas, ansiosas, traumáticas, neurasténicas y otras, que dan origen a enfermedades psíquicas de variada y compleja enumeración. Frente a esos estados enfermizos — originados en las existencias pasadas por desobediencia a los Soberanos Códigos de la Vida — se abren anchas brechas que permiten y estimulan las parasitosis espirituales que degeneran en síndromes obsesivos que muchas veces, se prolongan hasta convertirse en subyugaciones de curso irreversible.

a) Recepción de la idea perturbadora.

Viviendo en un permanente intercambio, consciente o inconsciente, los Espíritus — tanto encarnados como desencarnados — participamos de las vivencias en el cuerpo y fuera de él. No sólo por los procesos de venganza personal, en los cuales los enemigos se buscan para provocarse males y cobranzas injustificables, como también, por factores de distintos motivos, se asimilan ideas y pensamientos a través de la simple sintonía de la propia onda en que se sitúan las mentes. Abordada por vibraciones negativas, la mente ociosa o indisciplinada, viciada o rebelde, registra la interferencia y en virtud de no ajustarse a un programa educativo de la voluntad, recibe el impulso de la idea, permitiéndose aceptar la sugestión perturbadora que alberga y se fortalece bajo la natural adaptación de los complejos y traumas de los comportamientos pesimistas o exaltados que son peculiares a cada uno. Aceptada la persuasión, se establece un vínculo con las sombras como forma del intercambio psíquico.

b) Intercambio mental.

Una vez fijada la idea infeliz, los archivos del inconsciente desbordan las impresiones angustiosas que duermen almacenadas, confundiéndose en la conciencia con las informaciones actuales, al mismo tiempo que se encuentra en desorden por la influencia de la parasitosis externa que se adueña del campo expuesto, sin defensas. Por un natural proceso selectivo y teniendo en cuenta las tendencias, las preferencias emocionales e intelectuales del paciente, la obligación impuesta produce una mejor aceptación de los recuerdos perniciosos, que sirven de vehículo y acceso al pensamiento del invasor. La polivalencia mental, en casos de esta naturaleza, tiende a la idea fija, que produce los cuadros de la fascinación torturante y finalmente los de la subyugación de difícil reversibilidad. La obsesión simple es una parasitosis común en casi todos los individuos, cuando se la considera la natural comunicación psíquica vigente en todas las partes del Universo. Al tener en cuenta la infinita variedad de las posiciones vibratorias en las que se detienen los hombres, éstos sufren, cuando intervienen en esas franjas, al sintonizar a través de un proceso normal, con los otros comensales ahí situados. Si son portadores de aspiraciones nobles, en donde se instalen, consiguen mayor impulso para el crecimiento. Al permanecer en la construcción del bien, difícilmente serán objeto de las influencias perversas o criminales procedentes de las regiones inferiores. A pesar de eso no quedan indemnes a la agresión temporaria o permanente de la que se liberan frente a los objetivos morales que persiguen, gracias a los cuales vibran en una escala psíquica más elevada. No obstante, si se interesan en situaciones de vulgaridad y de placer, de falta de piedad o de pereza, de vicio o desorden, reciben mayor influjo de ondas mentales equivalentes, cayendo en los abismos de la emoción aturdida del desequilibrio…

Esos pacientes, llevan al lecho, antes del reposo físico, las angustias preocupantes, las ambiciones desenfrenadas, las pasiones inquietantes, deteniéndose en reflexiones que las vitalizan, viviéndolas a través de la mente, cuando no encuentran los medios de disfrutarlas físicamente…

Al desdoblarse bajo la acción del sueño, se encuentran con los afines — encarnados o no — con los cuales se identifican y reciben amplias cargas de falsas necesidades o dando oportunidad a los estados anhelados que más los perturban y afligen. Cuando despiertan, con la mente atribulada, torpe, dominados por el cansancio físico y psíquico, encuentran dificultad para concretar los compromisos y las lecciones edificantes de la vida. En esa posición — con la idea obsesiva fija y la acción viciosa establecida — se produce el intercambio mental. Ya no se trata del pensamiento que busca acogida, sino de la actividad que intenta el intercambio, manteniendo el diálogo, la discusión, el análisis de los asuntos pautados — siempre de naturaleza perjudicial y que a una persona sana, le causaría repulsión instintiva, pero que el paciente se complace en cultivar —, motivos estos que originan el predominio del parásito espiritual, que poco a poco se acerca más psíquicamente a la casa mental y a la voluntad de su semejante.

c) Reflejos de la interferencia.

Como efecto natural, surgen los síndromes de la inquietud: las desconfianzas, los estados de inseguridad personal, las enfermedades de poca importancia, los fracasos en torno del obseso que aumenta las angustias, dando así lugar a la incertidumbre y a la más amplia perturbación interior. Genera una psicoesfera perniciosa alrededor de sí mismo mediante la eliminación de fluidos dañinos de los que es víctima y los absorbe en forma más condensada; por negarse a escuchar temas saludables, participar en convivencias amenas, leer páginas edificantes, auxiliar al prójimo, y renovarse mediante la oración. Conforme la constitución temperamental, que es un factor de relevante importancia, se hace apático, tiende a la depresión, se sumerge en la melancolía por el mensaje telepático deprimente y de los formatos mentales pesimistas que se filtran del archivo de la inconsciencia. Por el contrario, si es dotado de constitución nerviosa excitada, se vuelve agresivo, violento, en actitudes discordantes — estalla por niñerías, de lo cual luego se arrepiente — exponiendo el aparato psíquico y los nervios a altas cargas de energías que dañan los sensores y los conductores nerviosos, con perjuicios singulares para la organización fisio — psíquica.

En ese período, se pueden percibir los estereotipos de la obsesión, que se revelan con facilidad por las actitudes insólitas, por el comportamiento ambivalente — equilibrio y distonía, depresión y excitación — que perturban al individuo. A los hábitos saludables se suceden a las reacciones intempestivas señaladas como exóticas, la pérdida de los conceptos de criterio y valor que juntos, dan lugar a extrañas y contradictorias formas de conducta. La línea del equilibrio psíquico es muy tenue y delicada. Las interferencias de cualquier naturaleza en la faja de la movilización de la personalidad, casi siempre producen disturbios, que empujan al individuo a procedimientos irregulares al principio, que después se establecen como delineamientos neuróticos. La acción fluídica de los desencarnados, por la flexibilidad y la obstinación de éstos, cuando son ignorantes, envidiosos o perversos, por su insistencia interfieren en el mecanismo del huésped, lo que complica el cuadro con la persuasión inteligente, en telepatía perjudicial, que facilita la simbiosis con el anfitrión. En esa fase, y antes que el paciente asuma la interferencia de que es víctima, la terapia espirita se transforma en resultado positivo, liberador. No obstante, lo ideal es la actitud noble frente a la vida, que funciona como psicoterapia preventiva y que constituye el sistema para el optimismo y la paz.

Joanna de Angelis

Del libro «En las fronteras de la locura» de Divaldo Pereira Franco

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