La visita de María a Isabel

Relata el evangelista Lucas (capítulo 1), que María, poco después del encuentro con Gabriel, al saber que Isabel estaba en estado, decidió visitarla. Eran parientas, no se sabe en qué grado; primas, tal vez, según la tradición. El viaje desde Nazaret a Ain-Karin, era muy largo, cerca de ciento cincuenta kilómetros, lo que exigía unos seis días de caminata. Poca gente entonces utilizaba carruajes o cabalgaduras. Se viajaba paso a paso…

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Cuando las dos se encontraron ocurrió lo inesperado: Isabel, según el relato evangélico, fue llena de un espíritu santo, y proclamó a gran voz: ¡Bendita eres tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Qué hice para merecer la visita de la madre de mi Señor? Enseguida, más tranquila, como si despertase de un trance, Isabel le explicó a María, que ciertamente se había sorprendido con aquella inusitada acogida. Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría dentro de mí.

Observe, amigo lector: Isabel expresó a viva voz la satisfacción por la presencia de su prima. ¿No le parece extraño? Imagine a un familiar que lo recibe con esa ruidosa euforia. ¡Perdió el sentido! –será la conclusión obvia. María habría pensado lo mismo si Isabel no le hubiera explicado que se trataba de una manifestación de la criatura que llevaba en su vientre. Actuó, por lo tanto, como portavoz, digamos médium, del Espíritu que reencarnaba por su intermedio.

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Según la Doctrina Espírita, tan pronto como se estrechan los lazos que lo prenden al nuevo organismo, en el proceso reencarnatorio, después de la fecundación del óvulo por el espermatozoide, el Espíritu tiende a perder la conciencia. Así deberá permanecer hasta completar siete años, después del nacimiento; es cuando comenzará a despertar, asumiendo lentamente el control de sus acciones, en el ejercicio del libre albedrío. Eso ocurre porque el cuerpo humano no es un simple ropaje. Se establece una estrecha ligadura, molécula a molécula, tan íntima, tan completa, que el reencarnante se subordina, incluso para entrenar la conciencia de sí mismo, a las estructuras orgánicas. Así, en los primeros años, él se comporta como un sonámbulo, andando con un precario vehículo de comunicación que no consigue dominar. Hay excepciones.

Espíritus evolucionados conservan la lucidez en los primeros meses de gestación. Viajan por la Espiritualidad. Perciben lo que acontece a su alrededor. Así ocurrió con el hijo de Isabel. Identificando la presencia de María, se llenó de júbilo, originando la agitación de la criatura en el vientre materno. En aquel momento Isabel fue médium de su propio hijo. Por su intermedio, él bendijo con efusión a la joven visitante, revelándose honrado con la presencia de aquella que sería la madre del mensajero divino.

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El reencarnante permanece en sintonía mental con la gestante, influenciando sus estados de ánimo. Eso es algo tan intenso que hasta podemos identificar algo de la personalidad y de las tendencias del hijo por las reacciones de su madre. Una gestación tranquila, feliz, sin complicaciones –suele ser propia de un Espíritu en paz. Gestación difícil, extremo nerviosismo, mucho sufrimiento, –suele corresponder a un Espíritu atribulado. Pero ¡cuidado, querido lector! No estamos ante una fórmula infalible. Es preciso considerar, también, las condiciones físicas y psíquicas de la gestante y los problemas generados por sus propias limitaciones y desajustes.

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La influencia del reencarnante envuelve, generalmente, experiencias del pretérito. Decía una señora:

–Durante mi gestación, hace quince años, experimenté una inexplicable animosidad contra mi marido. A duras penas soportaba su presencia. Después del parto todo pasó. Quien pelea con él hoy es nuestro hijo.

Otra señora: –Nunca amé tanto a mi marido como durante la gestación de mi hija. Experimentaba una inmensa ternura por él. Ella, ahora una adolescente, está encantada con el padre.

Tenemos en estos dos casos, perfectamente caracterizada, la vinculación del reencarnante con su padre. En el primero, un enemigo recalcitrante, con propósitos de reconciliación. En el segundo, un amigo querido estrechando lazos de afectividad. Semejantes experiencias envuelven a otros miembros de la familia, particularmente a hermanos. Algunos se aman; otros se detestan, instintivamente. Sin admitir que ya se conocían anteriormente, es difícil de explicar esta situación. La gestante, más que nadie, siente esas emociones. Tendrá intenso cariño por el amigo que cobija en su vientre o inexplicable rechazo si es alguien que le causó sufrimientos en el pasado. Pero aquí es preciso prudencia en esas evaluaciones, porque hay que considerar cómo recibe ella la maternidad. Si vibra con la perspectiva de ser madre, sentirá inmensa ternura por el hijo, aunque se trate de un desafecto. Si la encara como un trastorno, incluso podrá rechazar a alguien muy querido.

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Vale la pena destacar que el hijo también es sensible a las vibraciones que recibe, particularmente de los padres. Imaginemos que se sientan insatisfechos. No querían, no estaban preparados, no era la hora. Esa reacción generalmente ocurre en jóvenes que simplemente buscan el placer en relaciones efímeras sin compromiso, en estos tiempos de libertinaje sexual, confundido con libertad. Eso podrá causar graves traumas en el reencarnante, que repercutirán negativamente en su personalidad. Es, tal vez, lo peor que le puede acontecer en ese período en el que se encuentra, tan frágil y dependiente. Por otro lado, hay padres que conversan con el nene aún en el vientre materno, que lo envuelven con vibraciones de amor, de cariño, demostrando cuánto lo desean y aman, ofreciéndole inestimable apoyo con ello. Generalmente el Espíritu reencarna reacio, lleno de dudas. No es fácil la inmersión en la carne, con la pérdida de la conciencia y la subordinación a un vehículo de materia densa que reduce sus percepciones, apaga su memoria y limita sus movimientos. Es mucho más complicado nacer que morir. Si los padres lo reciben con cariño y solicitud, demostrando su amor, se hace más fácil la inmersión y es más tranquila, ayudándolo con ello a superar sus temores.

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Como vemos, la Psicología del futuro tendrá un gran campo para investigar, cuando realice el descubrimiento fundamental: la inmortalidad del Espíritu. Tendremos, entonces, la solución a determinados problemas de la gestación que dejan perplejos a los propios médicos. Sin embargo, así como en el trance mediúmnico común, la influencia del reencarnante es perfectamente controlable, mientras la gestante mantenga serenidad y confianza, en un clima de oración y vigilancia. Así podrá anular las influencias perturbadoras o acentuar las impresiones felices recogidas del hijo. En cualquier problema de influencia espiritual conviene no olvidar jamás la fuerza invencible de un corazón sintonizado con el Evangelio. Las lecciones de Jesús deben ser cultivadas particularmente a favor de los viajeros de la Eternidad que la mujer recibe en su seno, haciéndose puente bendecido para que realicen un curso depurador en la escuela terrestre.

Richard Simonetti

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