Resoluciones

En el mes de diciembre, las indefectibles resoluciones del Año Nuevo. Las personas hacen listas de iniciativas para mejorar la calidad de vida:

.Salud

-Quemaré los kilos indeseables, yendo al gimnasio.

-Desoxidaré las piernas con caminadas diarias.

-Pondré un candado en la boca, reduciendo el exceso de peso.

-Dejaré de ser el bobo en la otra punta del cigarro encendido.

.Vida familiar

-No discutiré con mi marido, por no colgar la toalla del baño, guardar las chancletas o limpiar los zapatos al entrar en casa.

-No me irritaré con mi compañero, cuando esté “atacada”, en los días de tensión pre-menstrual.

-Nunca más diré, que feliz fue Adán, que no tenía suegra.

-No veré a mis hijos como “aborrecidos” interesados en enloquecerme.

.Vida social.

-Limpiaré mi conversa. Nada de palabrotas, aun cuando aquel conductor imprudente me cierre, casi provocando un grave accidente.

-Seré amigo fiel de la verdad. No mandaré decir que no estoy en casa cuando me busque alguien que no quiera recibir.

-No escucharé rumores y chismes, conteniendo el impulso de dar alas a mi imaginación como quien suelta pena el viento.

.Religión

-Encontraré tiempo y disposición para participar en las reuniones doctrinarias, en la casa Espirita que frecuento.

-Estaré atento a las conferencias, aun cuando hable aquel expositor que acostumbra a darme sueño.

-Asumiré encargos sin preocupaciones con cargos.

-Efectuaré regulares contribuciones, sin pensar en recompensas celestes.

Resoluciones así, si observadas, representan una siembra de bendiciones. El problema es que constituyen letra muerta en la cartilla existencial. Pensamos en hacer mucho y no hacemos nada. Por eso se acostumbra a decir que de buenas intenciones el infierno anda lleno. Mejor reducirlas a un minino, concentrando esfuerzos en torno a ellas.

Detalle esencial: ¡Evoquemos la protección del Cielo! Cuando asociamos las resoluciones a la oración, fieles a nuestros buenos propósitos, realizamos prodigios de renovación. Hay una oración famosa, atribuida a Reinhold Niebuhr (1892-1971), teólogo americano. Se trata de la famosa Oración de la Serenidad, que resume con perfección lo que nos compete hacer. Es una combinación notable de tres resoluciones, para las cuales evocamos el apoyo divino:

Señor, danos la gracia de aceptar con serenidad las cosas que no pueden ser cambiadas…

Coraje de cambiar las cosas que deben ser cambiadas…

Y comprensión para distinguir unas de las otras.

La muerte de un ente querido, la amputación de una pierna, la lesión del nervio óptico, la esterilidad y otros males irreversibles pueden ser situados como karmicos, en las experiencias humanas. Lo que peor podemos hacer, en tales situaciones, es caer en el desespero y en la rebeldía, que solo multiplican nuestros padecimientos. Los hay que van lejos en el desatino: tientan la fuga, sumergidos en esa puerta falsa, que es el suicidio, los precipita en dolores mil veces acentuadas. Cuando aceptamos, confiando en Dios, todo es más fácil. La sumisión es el fardo leve a que se refería Jesús. Por otro lado, hay situaciones que pueden y deben ser modificadas. Algunas son generadas por nosotros mismos, como el vicio, la soledad, la tristeza… Otras, como la pobreza y el desempleo, son riesgos, aparecen por consecuencia de los males de la sociedad humana. Podemos superarlas, confiando en nosotros mismos y en Dios.

***

Hay un problema: Generalmente arremetemos contra lo inexorable y nos acomodamos a lo superable. Por eso las personas, no es raro, se envuelven con cambios infelices, generando situaciones comprometedoras que pueden ser resumidas en breves diálogos:

-Mis padres se entrometían con mi agrado a las madrugadas, a recibir visitas, fumar marihuana, oír música heavy…

-¿Cambió sus hábitos?

-¡Mude de dirección! Vivo solo.

-Estaba sin espacio en la agenda para las actividades religiosas.

-¿Encontró tiempo?

-¡Deme tiempo! Volveré cuando este menos atareado.

-Me indigna la corrupción en el sector público donde trabajo.

-¿Cambio de lugar?

-¡Cambie de opinión! Entre en el esquema. Nadie es de hierro.

-Andaba muy irritado con mi esposa.

-¿Cambió su relación?

-¡Cambié de esposa!

-Leí, apavorado, las publicaciones sobre las enfermedades del tabaco. ¡Qué horror!

-¿Dejó de fumar?

-¡Dejé de leer!

Personas así están mal inspiradas. Se acomodan a lo que es imperioso cambiar. Pretenden cambiar lo que debe ser preservado. De ahí la necesidad de pedir a Dios que nos de la bendición de la comprensión, para distinguir con claridad la iniciativa correcta. Entonces, si, disfrutaremos en plenitud nuestros días, cumpliendo lo que Dios espera de nosotros.

Richard Simonetti

Traducido por Jacob.

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