La tarea de los padres

Cuando se anuncia la llegada de un nuevo miembro en la familia, hay gran alegría. Los padres se desdoblan en complejos preparativos. Por ocasión del nacimiento, hay arrobos de ternura. La Sabiduría Divina viste los Espíritus que regresan a la carne con encantador ropaje. Frágiles y graciosos, inspiran cuidados y afecto. Es con enternecimiento que los padres acompañan el crecimiento de sus pequeños retoños. Deseosos que sean muy felices, toman innúmeras providencias. Les ponen en las mejores escuelas, cuidan de su salud, les defienden de todo y de todos. Es bueno y natural que sea así, pues la tarea de los padres envuelve el cuidado y el preparo de sus hijos para los quehaceres de la vida. Sin embargo, esa tarea es mucho más vasta. Todo niño que nace representa un antiguo Espíritu que regresa al escenario terrestre.

Como tendrá que vivir en un mundo materializado, necesita recibir educación formal y todos los demás cuidados que esa circunstancia inspira. Sin embargo, como Espíritu inmortal, no renace en la carne para vencer a los demás y brillar en cuestiones mundanas. Todo Espíritu necesita crecer en intelecto y en moralidad. En el actual estadio de la evolución humana, hay un cierto descompás entre esos dos aspectos.

La búsqueda por el bienestar y hasta el egoísmo hace que la criatura busque modos de vivir de la mejor manera posible. Al cuidar de sus intereses, ejercita naturalmente la inteligencia. Sin embargo, bajo el prisma ético, la evolución acostumbra ocurrir de manera algo más vagarosa. Un contingente muy significativo de Espíritus tarda bastante para sentir el próximo como un semejante.

Surge tardíamente la comprensión de que el otro también tiene sueños, sufre, llora y merece respeto y amparo. El aspecto moral es actualmente de veras crítico. Para las criaturas en general no falta capacidad de raciocinio. Les falta rectitud de carácter, compasión y pureza. Consecuentemente, a desarrollar tales cualidades es que los padres necesitan dedicarse. Si sólo cuidan para que los hijos sean felices, bajo el prisma mundano, fallirán en su tarea. Los hijos habrán nacido para buscar una cosa, pero los padres les dirigirán a conquistar otras. Eso implicará en la pérdida de una preciosa oportunidad. Entonces, es necesario cuidar de la instrucción formal de los niños y adolescentes. Pero es primordial enseñarles respeto al prójimo.

Los jóvenes necesitan aprender que la familia y los bienes de los demás son sagrados. Que la tolerancia es una virtud preciosa en un mundo lleno de facetas. Que la conciencia tranquila constituye el mayor tesoro que se puede poseer. Pero, para que la lección no sea hipócrita, los padres deben ejemplificar, y no solamente hablar.

Piensa en eso.

Redacción del Momento Espírita.

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