El árbol precioso

Destacando el Señor que la construcción del Reino Divino sería obra de unión fraternal entre todos los hombres de buena voluntad, el viejo Zebedeo, que amaba profundamente los apólogos del Cristo, le pidió alguna narrativa simbólica, a través de la cual la comprensión si hiciese más clara para todos. Jesús, benévolo como siempre, sonrió y contó:

– Vivían los hombres en permanentes conflictos, acompañados de miseria, perturbación y sufrimiento, cuando el Padre compadecido les envió un mensajero, portador de sublimes simientes del Árbol de la Felicidad y de la Paz. Bajó el ángel con el regio regalo y, congregando a los hombres para la entrega festiva, les explicó que el vegetal glorioso produciría flores de luz y frutos de oro, en el porvenir, apagando todas las disensiones, pero exigía atenciones especiales para fortalecerse.

Una vez germinado, era imprescindible la colaboración de todos, en los cuidados excepcionales del amor y vigilancia. Las semillas requerían tierra conveniente, perfeccionado sistema de irrigación, determinada clase de abono, protección incesante contra insectos dañinos y providencias diversas, en los tiempos laboriosos del inicio; la planta, sin embargo, era tan preciosa por sí misma que bastaría un ejemplar victorioso para que la paz y la felicidad se derramasen, benditas, sobre la comunidad en general. Sus ramas abrigarían a todos, su perfume envolvería la Tierra en suave armonía y sus frutos, usados por las criaturas, garantizarían el bienestar del mundo entero.

Terminada la promesa y después de ser confiadas al pueblo las semillas milagrosas, cada circundante se retiró para su domicilio propio, soñando poseer, de manera egoísta, el árbol de las flores de luz y de los frutos de oro. Cada cual pretendía para sí la preciosidad, con carácter de exclusividad. Para eso, se cerraron, apasionadamente, en las tierras que dominaban, experimentando la sementera y suspirando por la posesión personal y absoluta de semejante tesoro, simplemente por vanidad del corazón. El árbol, sin embargo, a fin de vivir, exigía concurso fraterno total, y las desavenencias ruinosas continuaron. Las semillas, por la naturaleza divina que las caracterizaba, no se perdieron; pero, si algunos cultivadores poseían agua, no poseían abono y los que retenían el abono no disponían de suficiente agua. Quien detenía recursos para defenderse contra los gusanos, no tenía acceso a la gleba conveniente y quien se había apoderado del mejor suelo no contaba con posibilidades de vigilancia. Y tanto los señores provisionales del agua y del abono, de la tierra y de los elementos defensivos, cuanto los demás candidatos a la posesión de la riqueza celeste, pasaron a luchar, en pleno desequilibrio, exterminándose recíprocamente.

El Maestro hizo un largo intervalo en la curiosa narrativa y añadió:

– Éste es el símbolo de la guerra inútil de los hombres alrededor de la felicidad. Los talentos del Padre fueron concedidos a los hijos, indistintamente, para que aprendan a disfrutar de los dones eternos, con entendimiento y armonía. Unos poseen la inteligencia, otros la reflexión; unos guardan el oro de la tierra, otros el conocimiento sublime; algunos retienen la autoridad, otros la experiencia; pero, cada uno busca vencer solo, no para diseminar el bien con todos, a través del heroísmo en la virtud, sino para humillar los que siguen en la retaguardia.

Y fijándose en Zebedeo, de modo significativo, finalizó:

– Cuando la verdadera unión se haga espontánea, entre todos los hombres en el camino redentor del trabajo santificante del bien natural, entonces el Reino del Cielo resplandecerá en la Tierra, a la manera del árbol divino de las flores de luz y de los frutos de oro.

El viejo galileo sonrió, satisfecho, y nada más preguntó.

Por el Espíritu Neio Lúcio

Médium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro «Jesús en el hogar”

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.