Reconocimiento y gratitud

“Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasó por entre Samaria y Galilea. Al entrar en una aldea, salieron diez leprosos a su encuentro, que se detuvieron a distancia y se pusieron a gritar: Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros. Al verlos, les dijo: Id a presentaros a los sacerdotes. Y mientras iban, quedaron limpios. Uno de ellos, al verse curado, volvió alabando a Dios en voz alta y se echó a los pies de Jesús, dándole gracias. Este era samaritano. Jesús dijo: ¿No han quedado limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No hubo quien volviera a dar gracias a Dios, sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, anda: tu fe te ha salvado.” (Lucas, XVII, 11-19).

“Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y no andaban con él. Jesús preguntó a los doce: ¿También vosotros queréis iros? Simón Pedro le contestó: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.” (Juan, VI, 66-69).

“Marta, que andaba afanosa en los muchos quehaceres, se paró y dijo: Señor, ¿te parece bien que mi hermana me deje sola con las faenas? Dile que me ayude. El Señor le contestó: Marta, Marta, tú te preocupas y te apuras por muchas cosas, y sólo es necesaria una. María a escogido la parte mejor, y nadie se la quitará.” (Lucas, X, 40-42).

Pilato les dijo: Tenéis guardias, id y asegurarlo como creáis. Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y montando la guardia.” (Mateo, XXVII, 65-66).

“Pasado el sábado, María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé compraron perfumes para ir a embalsamarlo.” (Marcos, XVI, 1).

Reconocimiento y gratitud son las dos expansiones del alma humana, que señalan muy bien el estado moral de cada individuo. El reconocimiento es el testimonio de la legitimidad de una cosa, de un hecho, de una persona. El reconocimiento es principio inteligente que nos aproxima a la verdad. Como acto de discernimiento, el reconocimiento puede dar lugar al buen y mal juicio que hagamos de un objeto o una persona. Como virtud moral, el reconocimiento es el principio de la gratitud: donde aquel llega a su más elevada cima, esta comienza su espiral que se eleva al infinito. El reconocimiento, que es discernimiento espiritual, obedece siempre al estado de espíritu del que juzga. El reconocimiento, como producto del beneficio, es la  confesión del bien, por el bien que el bien nos hizo. La gratitud graba la idea del bien y mantiene, por el autor del beneficio, un vivo sentimiento de cariño. El reconocimiento recuerda la idea del beneficio. La gratitud aviva el recuerdo del benefactor. El reconocimiento es un movimiento de inteligencia, variable, como variable es la inteligencia en cada ser humano. La gratitud es una confirmación de la razón, sancionada por un gesto del corazón.

Hay reconocimiento y hay gratitud; donde aquél para, por no poder continuar su camino, esta comienza, en un surco de luz, la ascensión hacia la Eternidad. No hay virtud más noble, por eso mismo más genial que la gratitud. Ella nos conduce por el amor y nos eleva a Dios. Muchas son las almas reconocidas, pero pocas son las que tienen gratitud. De los diez leprosos curados en tierras de Palestina, sólo uno volvió a dar gracias al Señor. De todos los restablecidos por el Señor no se cuentan, tal vez, tres, que siguiesen sus pasos. De todos los que oyeron de sus melodiosos labios la Palabra de Salvación, fue insignificante el número de los agradecidos; muchos fueron los que reconocieron el Verbo de Dios, y mucho mayor fue el número de los que, a pesar de reconocerlo, despreciaron su Palabra.

Sacerdotes, doctores, rabinos, escribas, fariseos, gobernadores y césares, después de reconocer el Poder del Verbo Divino, decidieron crucificar al Inocente. Y aquel mismo que después de haber mostrado su reconocimiento en la más alta expresión de inteligencia, se lava las manos por el derramamiento de sangre y accede al sacrificio de la víctima, porque no tiene el valor de ser grato. El mundo está lleno de reconocidos, pero vacío de gratitud. De ochenta y cuatro discípulos que siguieron al Maestro Nazareno, setenta y dos lo abandonaron en medio del camino dando motivo a la pregunta del Humilde Galileo a los otros doce: “¿También vosotros queréis iros? A lo que Pedro respondió: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes Palabras de Vida Eterna.”

El reconocimiento incita el interés; la gratitud reviste el amor. Marta y Lázaro son reconocidos, pero sólo María es agradecida: “Venit mulier habens alabastrum unguenti nardo spicati pretiosi et fracto alabastro, effudit super ejus – una mujer con un frasco de fino perfume de nardo Lo ungió.” (Marcos, XIV, 3). Nicodemo, movido por el reconocimiento, va al encuentro de Jesús, pero como no tiene gratitud, espera a la noche para acercarse al Hijo de Dios: Nicodemo hic venit ad Jesum nocte. (Juan, III, 1-2).

En el reconocimiento sólo actúa el interés. En la gratitud es el amor el que habla. Para guardar el sepulcro, Herodes envía soldados; Magdalena lleva flores y perfumes. El reconocimiento es el principio inteligente que nos aproxima a la Verdad; la gratitud es un deber que a ella nos une. En la vida particular, como en la vida social, hay reconocimiento y gratitud; pero aquél, cuando es ilustrado por la nobleza de carácter, es el principio en el que germinan las gracias que nos dan la pureza de sentimiento. El reconocimiento es, finalmente, para la gratitud, lo que la bellota es para el caballo. Así como aquella sólo se transforma en árbol por fuerza del tiempo y el poder de los elementos, el reconocimiento sólo se caracteriza en gratitud después de un cultivo perfeccionado de la Ley del Amor recordada por Cristo y de una evolución provechosa del Espíritu en los ciclos ascendentes de la Verdad.

Cairbar Schutel

Extraído del libro «Parábolas y Enseñanza de Jesús»

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