Sublimación de la función sexual

El sexo, en el ser humano, en razón de su atavismo de instinto básico de la evolución, se constituye un espino clavado en las carnes del alma. Persistente y responsable por la reproducción animal, desempeña un papel fundamental en el complejo mente-cuerpo siendo responsable por incontables patologías psicofísicas y desintegración en el área de la personalidad.

Los estudios cuidadosos de Freud trajeron al conocimiento general los conflictos y torpezas, los tormentos y desaires, las aspiraciones y construcción de lo bello, de lo noble y de lo bueno, como también las tragedias de lo cotidiano que se encuentran enraizadas en el área de la función sexual, por milenios considerada degradante, corruptora, posteriormente pecaminosa e inmunda, recibiendo en todo lugar tratamiento cruel y mereciendo castigos salvajes, por ignorancia de la energía de que es portadora y del alto significado de que se reviste.

Más tarde, otros estudiosos seriamente preocupados con el ser humano profundizaron la sonda de la observación en la libido y ampliaron el campo de los conceptos, proporcionando interpretaciones valiosas en favor de la salud mental y emocional de las criaturas humanas.

Las religiones que, en el pasado, se hacían responsables de la orientación filosófica y comportamental de las masas y de los individuos, mediante austeridad injustificable, resultado de personas sexualmente enfermas, se volvieron responsables por las castraciones y sumisiones punitivas a que el sexo fue sometido, permitiéndosele la consideración de elemento reproductor, pero vendándole o intentando impedir sus expresiones de placer y de compensación hormonal.

Es inevitable tener en cuenta que, incluso considerando la necesidad de la alimentación, que es imprescindible para la existencia física, el paladar debe proporcionar placer, sin que, con eso, se descomponga el sentido de la nutrición orgánica. Es del ser animal, como del vegetal, la adaptación a los factores que le proporcionan desarrollo, que es esencial a la vida. Constituido por sensaciones y emociones, el ser humano disfruta el placer de forma diferente a la de los demás animales, que no tienen discernimiento racional y cuyas vidas son también resultado de condicionamientos. El placer, por tanto, está asociado a toda y cualquier conducta humana, presentándose bajo variado concepto o forma con que sea identificado.

Mientras en el pasado la función sexual era a propósito ignorada o escondida, en la actualidad ya no se puede mantener el mismo comportamiento ilusorio, que oculta la hipocresía en el trato con las cuestiones fundamentales de la existencia humana.

La denominada liberación sexual, demasiadamente difundida, por un lado, hizo un gran bien a la sociedad, convidándola a la reflexión en torno de su predominancia en la naturaleza, que no puede ser negada, por otra forma, trajo también un tremendo desafío comportamental aun no absorbido correctamente en el relacionamiento entre los individuos, generando crisis y perturbaciones igualmente graves, que han perjudicado enormemente a la mayoría de los relacionamientos de toda naturaleza. De la sumisión esclavista del pasado, pasó con rapidez para la liberación irresponsable, que responde por nuevos tormentos que perjudica muchas vidas y producen dilaceraciones profundas en el ser.

Los viejos conceptos teológicos y pretensiosamente moralistas aturdieron a la humanidad, que se liberó del totalitarismo de las imposiciones religiosas ortodoxas y saltó para el placer desmedido del ser, que no estaba preparado para el asalto del libertinaje. Ese esfuerzo por la liberación sexual de los absurdos impuestos por las castraciones morales y por el fanatismo religioso, en los tiempos modernos encontró en Rousseau su primer pensador partidario, cuando propuso la doctrina del retorno a la Naturaleza, formulando edificantes postulados educacionales – aunque él mismo fue un padre incapaz de cuidar de los hijos, que internó en un Orfanato – abrió perspectivas nuevas para la comunión sexual, más allá de su función meramente reproductora.

Posteriormente, sus seguidores y otros pugnaron por el retorno al romanticismo y a los placeres hedonistas vividos por los griegos y romanos del pasado o por la efervescencia renacentista, estimulados por el teatro, más recientemente también por la radio, la televisión y los tormentos de posguerras, que lanzaron a los seres humanos en la búsqueda exacerbada del gozo, cuando constataron la falencia de sus tesis de convivencia, sin valor verdadero de profundidad.

Con los movimientos hippies, punk y tantos otros que invadieron la sociedad, tomando cuenta, particularmente, de las mentes jóvenes, la revolución sexual olvidó de que la función del placer físico no puede ser disociada de la contribución del amor, que en él sincroniza las emociones, que son los reflejos psicológicos del connubio orgánico y la armonía espiritual de ambas parejas.

Merece sean siempre consideradas en el capítulo de las relaciones sexuales, las necesidades de carácter psicológico de la criatura y no solo la búsqueda física para saciarla biológicamente. Son exactamente los conflictos emocionales – miedo, castración, culpa, autocastigo -, generadores de inseguridad, que ejercen fundamental importancia en el relacionamiento de la pareja. Más allá de eso, la búsqueda de alguien ideal, que pueda completar espiritualmente al otro, evitando frustraciones del sentimiento, transciende el placer físico puro y simple.

La identidad sincronizada, frente al entendimiento y a la comprensión afectuosa entre los individuos que se buscan, representan un poderoso mecanismos que faculta la plenitud que resulta de la comunión sexual. La satisfacción biológica de la función, son la contribución emocional, más allá de ser profundamente frustrante, produce culpa y desinterés futuro.

Intentando huir de ambos conflictos, se busca insensatamente el alcohol y la droga adictiva, que parecerían estimular y alentar a nuevos relacionamientos, volviéndolos, sin embargo, más dolorosos y perturbadores. A medio y largo plazo, ambos recursos terminan por perjudicar terriblemente la función sexual, que también se expresa por la imaginación que, en esa circunstancia, estará bajo imposición angustiante.

Todos los artificios disponibles para el intercambio sexual compensador ceden lugar a los sentimientos de amor, de camaradería, de alegría en competir y repartir emociones, lo que evita la extroversión de uno sobre la inhibición del otro.

El sexo, con su finalidad dignificante proporciona la procreación, sea de naturaleza física, sea artística, cultural, comportamental, también desempeña un papel relevante en la construcción espiritual del ser humano. Sus energías, que aún permanecen poco identificadas, pueden y deben ser canalizadas igualmente para fines más sutiles y elevados, enriquecedores de la vida, mediante la sublimación y la transformación.

No se trata de la interrupción o de la anulación de la facultad de expresar la función sexual, sino de canalizarla con seguridad en dirección más fecunda y creativa en el área de los sentimientos y de la inteligencia. Freud reconoció esa necesidad de sublimación del instinto sexual orientado para el bienestar social, y acrecentamos también espiritual de la propia criatura, así como de la Humanidad.

El ascetismo y el misticismo intentaron sin resultado saludable, con las excepciones comprensibles, ese emprendimiento que, de alguna forma, en razón de la metodología castradora dejó marcas más atormentantes que positivas tanto en el organismo individual como en el social. Esas energías sexuales asomadas y bien canalizadas ofrecieron una incomparable contribución a la cultura de la sociedad en todos los tiempos, reconoce el eminente maestro vienense.

La sublimación o transformación de las energías sexuales puede ser realizada mediante la introspección, la fijación en los objetivos íntimos acogidos sin violencia ni rebeldía por los impulsos fisiológicos, orientándolos de forma saludable y sustituyéndolos por las reflexiones en torno a su aprovechamiento en la construcción de los ideales por los cuales se anhela. Todos los místicos buscaron ese impulso con la Divinidad, desde tiempos inmemoriales, denominando el éxtasis como samadi, bienaventuranza, nirvana, plenitud…

A través de esa experiencia profunda, hay una completa conquista psicológica de felicidad. Ciertamente, esa sublimación impone expresivo contingente de renuncia, de voluntad de conseguirla y de perseverancia en la conquista del objetivo. Para algunos, puede ser una forma de sufrimiento, pero, sin masoquismo, ya que el objetivo no es sufrir, sino liberarse de cualquier imposición que arrastre padecimiento. En esa fusión, que es resultado de la sublimación, la personalidad desaparece en el Ser estructural, en el Self, que pasa a conducir el comportamiento psicológico sin conflicto, uniendo las dos polaridades – masculina y femenina – a través de los cuales se expresa el sexo, en una unidad armónica. Esa integración de las dos polaridades no impide que se pueda mantener un ejercicio saludable de la función sexual y, al mismo tiempo, su canalización mística, interior, sin atropellos o tormentos, que llevarían la liberarse de su exclusiva finalidad orgánica, ampliándola, de ese modo, de forma expresiva en su capacidad creativa. Puede, por tanto, presentarse entre aquellos que exceden la función sexual – no ejerciéndola – y aquellos otros que, aunque vivenciándola, también eligen la sublimación, experimentado momentos de alta identificación con la Divinidad.  

En el aspecto del autodescubrimiento, el individuo desarrolla la vida interior que requiere las energías del sexo como sustentáculo vigoroso para los emprendimientos emocionales y espirituales a que se entusiasma.

Más allá de ese aspecto la vivencia interior de la sublimación existe otro método para ser recorrido, como es el de la sublimación del placer sexual por otras expresiones de gozo y de alegría, en las cuales, los sentimientos físicos se relajan y se renuevan, y se presentan desde las cosas más simples hasta las más complejas y elevadas, mediante la contemplación de la naturaleza en su grandiosa simplicidad y grandeza hasta las más altas manifestaciones de arte y de la cultura…

También se puede incluir en ese desempeño el aumento del círculo de la afectividad, en el cual el intercambio emocional, estético y fraternal, derivado del amor, proporciona renovación de entusiasmo y de estímulos para la continuación de la experiencia evolutiva, emulando para la perfecta identificación con su prójimo y el grupo social con el cual se encuentra involucrado. En otro aspecto, el empeño en entregarse a la creación de la cultura, de la ciencia, del arte, de la religión, de los objetivos sociales y de solidaridad, consigue contribuir con eficiencia para el éxito del programa de la sublimación. Esa necesidad de sublimar y transustanciar las energías sexuales puede igualmente ser considerada como terapia preventiva, considerándose las ocurrencias de enfermedades impeditivas del ejercicio de la función sexual, el envejecimiento, el equilibrio existencial, que inevitablemente ocurren en el transcurso de la existencia física, pudiendo entonces ser transferida para expresiones de otros niveles más allá del físico, proporcionando otros tipos de placer, como el emocional, el espiritual, el humanitario.

Cuando el individuo se dedica a la sublimación y transustanciación de las energías sexuales, su amor se amplía, irradiándose sin presión u obligación sobre las demás personas, que lo sienten experimentando agradable sensación de bienestar y enriqueciéndose de júbilo ante su contacto. Con esa conquista, se experimenta una incomparable alegría de vivir, tornando la existencia un verdadero himno de honra a las Fuentes Inagotables de la Creación, de donde todo y todos proceden.

Se observa, en ese contexto, que los santos y misioneros del amor en todos los campos del conocimiento, a fin de realizar las tareas que se impusieron o a las cuales aún se proponen, normalmente exhaustivas y desgastantes, son tomados, invariablemente, de gran compasión por las demás criaturas vegetales, animales y humanas.

 Jesús, como ejemplo máximo, siempre que atendía las multitudes, las socorría con infinita compasión por sus necesidades, sus aflicciones, sus luchas… y las llenaba de paz y alegría. Quien mantuviese con Él cualquier tipo de contacto se transformaba, porque Su irradiante amor como luz no ofuscante penetraba en sus rincones más secretos y sombríos, alterando sus estructuras.

La energía sexual, por su constitución intima, y creativa, no solo de las formas físicas, sino principalmente de las expresiones de la belleza, de la cultura y del arte. A la medida que es expandida, más sublime se torna, cuando es dirigida por el amor; incluso que, en su primera fase, tenga connotación carnal, se va depurando y sublimando hasta adquirir un sentido de libertad, de autorrealización, facultando al ser amado la felicidad, incluso que sea compartida con otra persona. En ese cometido, por tanto, de sublimación y transformación de las energías sexuales, el cuidado a ser mantenido al respecto de la superación de cualquier sentimiento de culpa o de condenación a los impulsos orgánicos, a fin de que sea evitada la inhibición, tornándose una represión inconsciente, factor de graves perturbaciones en los propósitos establecidos. Lo que se desea, en ese gran desafío de plenitud, es la utilización correcta de las energías del alma, que vierten a través del cuerpo y se encargan de mantener su equilibrio.

En otros casos de abuso de las fuerzas genésicas, por el desbordamiento de la función sexual, la propia naturaleza cobra el impuesto del mal uso, perturbándola, frustrándole el placer o talándola psicológicamente, lo que conduce a trastornos psicopatológicos de lamentable curso.

Espíritu Joanna de Angelis

Médium Divaldo Pereira Franco
El despertar del Espíritu

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