Lo que vinimos a hacer

¿Cuándo comenzó la Tierra a ser poblada? En el comienzo todo era caos; los elementos estaban en confusión. Poco a poco cada cosa tomó su lugar. Aparecieron entonces los seres vivos apropiados al estado del globo.

Pregunta nº 43

El ingenuo campesino observaba al escultor trabajando la piedra bruta. Poco a poco, ante los golpes del cincel, habilidosamente usado, surgía una figura humana. Concluida la escultura, preguntó admirado: ¿Cómo vuestra merced descubrió que esa estatua estaba escondida en la piedra?

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La historia recuerda un poco la creación de Adán, en la Biblia. Dios tomó un poco de barro, le dio forma humana, le sopló en el rostro y surgió el primer hombre. -¿Qué magia fue esa? – preguntaría el mismo espectador, imaginando la existencia de una alquimia secreta para la prodigiosa transformación. Hay algo de real escondido en la fantasía bíblica. Podemos situar el barro como el símbolo de los elementos químicos usados por Dios para crear al hombre. Desde hace aproximadamente cuatro billones y medio de años la Tierra era una gigantesca bola de fuego, miniatura del sol. Un billón de año más tarde, con el enfriamiento del planeta, se formó una fina capa, la costra terrestre. En seguida, alteraciones atmosféricas produjeron lluvias torrenciales que durante millones de años descendieron sobre el planeta, dando origen a los océanos. Cual gigantesco caldo caliente, la masa liquida ofreció condiciones para el surgir de los primeros seres vivos, organismos microscópicos, cuya expresión más simple es el virus. A partir de ahí, como expone Darwin en su teoría evolucionista, ellos se desarrollaron paulatinamente en complejidad y forma, hasta alcanzar, billones de años más tarde, condiciones para aparecer el Hombre.

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Las células, piezas vivas que componen los seres de la creación extremamente especializadas, sustentando en cada individuo, del reino vegetal o animal, una estructura física compatible con su especie. Hay células para la piel, para los ojos, para el cerebro, para el órgano digestivo, para los órganos reproductores. En los vegetales el mismo mecanismo, envolviendo simiente, cascara, hojas… ¿Qué fuerza milagrosa sustenta su funcionamiento harmonioso, unido y disciplinado, cual eximio maestro dirige prodigiosa orquesta? ¿Por otro lado, como los seres vivos conservan la capacidad de autoperfeccionarse, programados para incorporar experiencias e informaciones, como una piedra que se moldea así misma, convirtiéndose en una escultura, o el barro que se organiza para el surgir del hombres?

La Ciencia jamás encontrará respuesta convincente a esas indagaciones mientras sus miradas estén vueltas para la materia, sin meditar lo que los ojos no ven. Aprendamos con la Doctrina Espirita que existe un modelo organizador, un organismo semimaterial que sustenta la unidad orgánica y que sobrevive a la desagregación celular provocada por la muerte. Es el periespíritu o cuerpo espiritual, vehículo intermediario que posibilita al Espíritu sumergirse en la carne. Todas las formas de vida son sustentadas por ese modelo que se perfecciona incesantemente, acompañando la evolución del ser pensante, la individualidad eterna que ayer fue apenas un principio espiritual al animar los seres inferiores de la creación. Desde la materia primitiva a la consciencia, desde el barro a la humanidad, un largo camino fue marcado. Alcanzamos culminaciones. Detenemos tan prodigioso desarrollo mental e intelectual que hasta hay entre nosotros gente llena de ciencia que duda de nuestro origen divino, como el fruto niega el árbol que lo produce.

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Hay algo más importante que preguntar nuestros orígenes. Definir porque estamos aquí. En una pesquisa, la siguiente pregunta:

-¿Qué busca?

Respuestas variadas. La mayoría:

-Aprovechar la vida.

-Ser feliz.

-Tener comodidades y riqueza.

-Conquistar prestigio y poder.

Resumiendo: Las personas están presas al inmediatismo terrestre. Nada saben ni quieren saber de las finalidades de la existencia terrestre. Es lamentable. ¿Cómo evitar desvíos si no meditamos de las metas que nos compete alcanzar? Imposible cumplir un planeamiento sin conocimiento mínimo de lo que debe ser hecho.

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En el libro Vida Antes de la Vida, la Dra. Helen Wambach, psicóloga norte americana, se refiere a la experiencia de regresión de la memoria que hizo con centenas de voluntarios, llevándolos al comienzo de la presente existencia. De entre variadas preguntas presentadas, una fundamental:

¿Con que objetivo usted reencarnó?

25% reencarnaron para desarrollar experiencias de aprendizaje sobre sí mismos y sobre la vida.

18% reencarnaron para armonizarse con sus familiares.

18% reencarnaron para cultivar los valores del amor, aprendiendo a donarse a favor de los semejantes.

27% reencarnaron para crecer espiritualmente vinculándose a la orientación de las personas.

El resto 12 % tenían objetivos variados:

-Reencarné para vencer el miedo…

-Reencarné para librarme del materialismo…

-Reencarné para cultivar la humildad…

-Reencarné para ejercitar un liderazgo constructivo…

-Reencarné para ejercitar el contacto con los hermanos del espacio…

Dice la psicóloga:

En síntesis, las razones para las personas escoger esta vida en la Tierra no fueron, específicamente, con vistas al desarrollo de sus propios talentos. Al revés de eso, los objetivos consistían en aprender a relacionarse con otros y amar sin exigencias o posesividad. Otro aspecto muy interesante: Casi todos traían una orientación básica para que pudiesen cumplir su programación- hacer al semejante el bien que les gustaría recibir del semejante. La regla áurea de Jesús surge como la suprema orientación del Espíritu al reencarnar.

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Así como las personas investigadas por Helen Wambach, muchos de nosotros reencarnamos con propósitos edificantes, relacionados con nuestro progreso, el combate a los vicios y a las pasiones, el dominio sobre nosotros mismos, la práctica del Bien, el empeño de renovación. Una pregunta: ¿Estamos cumpliendo esa programación? Y más: ¿No serán nuestra angustias e inquietudes, desajustes y perturbaciones, dolores y enfermedades, una mera consecuencia del descompás entre lo que planeamos y lo que hacemos? Un buen asunto para conversar con nuestros botones…

Richard Simonetti

Extraído del libro «A Presença de Deus»
Traducido por Jacob

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