La incineración

Hace algún tiempo que en el mundo científico se agita la cuestión que sirve de epígrafe a estas líneas, asunto interesantísimo que ha venido a sustituir al no menos importante de las células. Mucho nos alegramos de que la prensa europea se ocupe en descifrar semejantes problemas, y mucho más nos enorgullece que los periodistas españoles tomen parte en la controversia, y emitan votos y opiniones tan brillantes como las que dio Ceferino Tresserra, en su magnífico artículo la incineración de los cadáveres que publicó El Imparcial el 8 de Mayo último. Sus contundentes argumentos y sus filosóficas y amargas consideraciones, llevaron la convicción a nuestra mente, y quisimos tomar la pluma y seguir el atrevido vuelo del insigne escritor, pero la voz de nuestra pequeñez nos detuvo diciéndonos: Después de lo que ha dicho Tresserra, ¿qué vais a decir vosotros…?

Enmudecimos, pero no olvidamos; y al leer en el último número de La revelación, lo que sobre la cremación de los muertos dice el doctor Demeure, aumentando y autorizado con los dictados de ultratumba que publica Le Revue Spírite de Paris, y los comentarios tan razonables que hace Ausó, y el buen consejo que nos da diciéndonos, “ que si la cremación de los difuntos le creemos útil, por más de un concepto, racional y justa, que no cesemos de predicarla y de crear a su alrededor una atmósfera favorable a fin de que con el tiempo se puede facilitar su advenimiento.” Estas líneas y otras, que no copiamos por falta de espacio, nos hicieron recapacitar con nosotros mismos y pensar en alta voz, como se dice vulgarmente, diciendo así: Nuestro hermano tiene razón, todos estamos obligados a trabajar en la viña del progreso. La civilización es una fábrica grandiosa, un palacio de las mil una noches, y trabajan en su construcción el sabio ingeniero. El estudioso arquitecto. El maestro de obras. El oficial y el aprendiz. Seamos nosotros aprendices. Seamos los centinelas de avanzada, y demos la voz de alarma para que las legiones se ha aproxime y aprendan la batalla de la discusión. Seamos los cornetas de órdenes, trasmitimos, repitamos lo que han dicho las eminencias literarias y científicas. Seamos un eco y los ecos repetidos de generación en generación, de siglos el siglos, de mundos en mundos, formaran al fin una voz poderosa y suprema, compuesta con los sonidos de todas las civilizaciones. Demos nuestro contingente al adelanto. Si no tenemos la inventiva del genio, seamos copistas. Algo es algo y el que comprende lo que otro crea se identifica con él, y como prueba de ello, nos adherimos a las consideraciones que hace Tresserra, y no copiamos integro su artículo porque no es posible, pero si transcribimos los párrafos que siguen:

II

“Defunctorum quieti et solatium sacri” ¡No!. Entrad de noche en una de esas grandes ciudades de la muerte….. ¡Que de ruidos y murmullos!, todo ruge, todo resuena, se oyen golpes acompasados, goznes que rechinan, pasos sobre la arena, ecos que parecen suspiros….no son los misteriosos acentos del silencio. Aquel tropel de cosas que se agitan, caen, chocan entre sí, no es tampoco la obra agigantada de vuestra imaginación. Ciertamente hay allí motivos naturales para que estalle toda suerte de ruidos. Es una gran población que trabaja con incansable ahínco; un inmenso laboratorio en acción…ejércitos de roedores taladrando ataúdes y abriéndose pasa en las grietas; y abriéndose paso en las grietas; mil géneros de larvas incubando en los cadáveres que más tarde a de saciar su hambre voraz. La tierra empapándose de jugos, los jugos exhalado gases, las sales reaccionado con las sales, el aire destabicando cavidades, inflamándose el hidrógeno, el fósforo… Todo es allí en movimiento y ruido; no la quietud de los difuntos. “Menos es aún lugar sagrado:

-Visitad en plena luz del día uno de nuestros cementerios, ¿Qué significa esa ruin anaquelería que veis por todas partes formadas por los nichos superpuestos hasta una altura repugnante?, ¿Qué esos emblemas mundanales mezclados con signos religiosos, esos epitafios sin dolor ni poesía, esas coronas de muerta siempre viva?, ¿Qué esas tumbas, panteones o sarcófagos apoteosis la mas de las veces de la simple vanidad de los vivientes.

“Nada, o muy poco, habla allí el espíritu, nada, o muy poco, os eleva a lo infinito. La cruz, la guadaña, el triángulo, la serpiente mordiéndose la cola todo en revuelta confusión con los escudos de nobleza insignias de mando, atributo de todas las supersticiones. El barbarismo amontonado al barbarismo; la mitología como regla imperante del mal gusto; el arte con frecuencia encarnecido inicuamente. “Poco, sin embargo, importaría la falsedad de la común inscripción de esas necrópolis, si esas no fuesen en otro concepto un mal gravísimo – y a todas luces evidente. – Conocemos el procedimiento empleado por la tierra en la descomposición de los cadáveres, y sabemos que es un procedimiento corruptor de nuestra atmósfera; un engendrador de gases deletéreos y seres microscópicos de que apenas puede el hombre defenderse, si no impidiendo su generación donde se halle. Es un error creer que los cementerios retienen a los muertos, solo porque allí se entierran; allí no se verifica más que una operación química, por medio de la cual se remiten los cadáveres a otras sepulturas, que en gran parte es el cuerpo de los vivos. Esto se prueba hoy matemáticamente. Las revelaciones de la física, unidas a la perfecta balanza del químico, afirma que nada se destruye en la naturaleza, pues los productos recogidos y pesados de cualquier materia devorada por el fuego o descompuesta de otra modo, contiene todas las sustancias que la constituía antes y suman igual peso. Puede diariamente pasar un cuerpo de la categoría de simple a la de compuesto, puede separarse uno de otro, pero cada cual se quedara con sus propiedades y cada átomo de los que lo componga conservara su peso y extensión.

“ Y teniendo sobre todo en cuenta el perpetuo movimiento molecular que produce una constante agregación y disgregación de sustancias sujetas a la ley de las afinidades (de tal modo que el cálculo ha llegado averiguar que a los diez años no queda ningún cuerpo ni un solo átomo de los que antes de dicho tiempo lo constituía) diremos que no solo somos sepultura, es decir, continente de los muertos, sino contenido nuestros cuerpos de ellos. Y obvia es la razón. Si los arsenales de donde se provee el incesante trabajo de la reconstitución de los cuerpos, se hayan rebosando de despojos de la muerte, claro es que podremos exclamar con Büchener, “¡de cuantos muertos se compone un vivo…!. Después de lo que antecede, nosotros que en el terreno científico no nos atrevemos a decir una palabra, dejamos que otros seres más adelantados y más instruidos traten científicamente causas tan poderosas que da tanto efecto, y por nuestra parte nos limitaremos a emitir un pensamiento que nos acompaña mucho tiempo a, a ver si alguno con más conocimientos en la materia se quiere ocupar de él, dándonos por muy contentos con que si quiera nos lo refuten. La cuestión es que se piense y se hable sobre la cremación de los muertos.

III

Todas las grandes capitales tienen un lugar infecto y hediondo donde viven hacinadas multitud de criaturas condenadas al infierno de la miseria, no eterno como el de los romanos, pero sí muchas veces vitalicio, que ya es bastante. Según cuenta Víctor Hugo, Paris tiene su corte de los Milagros. Londres, también dicen que tiene su Cite y Madrid su Rastro o sus Ameritas, asqueroso baratillo donde se venden todos los despojos de la miseria y del crimen. En aquella parte del Madrid antiguo, hay calles cenagosas y callejones sin salida, insalubres, ahogados, donde la avaricia ha levantado casas o más bien tugurios donde parece imposible que seres racionales puedan vivir ni un día. Los contrastes indudablemente son los cuadros de vivos dolores que atraen nuestras miradas y despiertan nuestra atención, haciendo sentir.

Hallándonos en Madrid, una mañana de invierno en que la nieve tapizaba las calles de la coronada villa, nos dirigimos a la calle de Santiago el Verde, y entramos en una casa cuyo portal era el receptáculo de todas las inmundicias conocidas; de aquel lugar infecto pasamos a un patio largo y estrecho, a cuyo frente, en un rincón, un poco de nieve pugnaba por deshacerse, queriendo compasiva, demostrar a los habitantes de aquella nauseabunda morada, que el color blanco existía en la tierra, porque a no ser por el presente que el Guadarrama suele hacer a la villa del oso de tiempo en tiempo, la blancura no se hubiera jamás encontrado en aquel calabozo del infortunio. Las paredes ennegrecidas por el humo, daban a aquel patio un aspecto triste y repugnante. Entramos en una habitación del piso bajo, y vimos a un lado, un montón informe de paja húmeda y sucios harapos; entre aquella podredumbre se agitaba un cuerpo escuálido, de cuya boca se escapaban débiles gemidos, que ni aun para quejarse tenía aliento la pobre anciana que agonizaba en aquel potro de la miseria y del más completo abandono. Dos niños pequeños medio desnudos, se acurrucaban junto a un viejo brasero de barro, donde se quemaban dos asientos de sillas cuyas aneas al consumirse exhalaban un hedor insoportable, y levantaban una columna de negruzco humo, de asfixiar al mundo entero. Cumplimos nuestra piadosa misión cerca de la pobre enferma y salimos de aquella sombría estancia profundamente preocupados. ¿Quién no se impresiona contemplando los horrorosos cuadros que tiene la miseria? Sería necesario no tener corazón. Seguimos cabizbajos nuestro camino, y entramos en gran calle de Atocha, donde descuellan varios templos; al llegar ante la iglesia de San Sebastián, los ecos de una brillante orquesta atrajeron nuestra atención: entramos en aquel lugar sagrado donde permanecimos más de una hora. ¿Escuchando la música? ¡No! ¿Rezando…? Tampoco: estuvimos deplorando y anatematizando las leyes que rigen en nuestra imbécil sociedad. En la Iglesia de San Sebastián se celebraba un solemne funeral por el descanso eterno de un grande de España, que había dejado (felizmente) la tierra.

Las arcadas del templo desaparecían bajo los pabellones de terciopelo negro bordados de oro. Un túmulo gigantesco se elevaba en el crucero, y en torno del lujoso catafalco grandes candelabros de plata sostenían gruesos cirios que con su viva llama difundían a torrentes la luz. Los mejores cantantes de la ópera entonaban una plegaria pidiendo perdón para el alma del finado, y una multitud engalanada con un lujoso luto se apiñaba en los bancos del convite, y en las naves laterales un enjambre de curiosos pululaban de un lado a otro alegres y contentos. ¿Dónde estaba la verdadera muerte…? ¿En la húmeda covacha, que visitamos antes, donde se moría una pobre anciana, de la muerte más horrible que se conoce, porque sucumbía por la inanición del hambre, viendo para más tormento a sus infelices nietos extenuados, muertos de fatiga, temblando, ateridos de frío, o en el lujoso templo donde la vida irradiaba entre poderosas armonías, entre olas de oro, y rayos de esplendentes destellos? ¿En dónde está la caridad cristiana? En que los gusanos tengan palacios para vivir y las criaturas, esos multiplicados reyes de la creación (llamados hombres), no tengan muchos de ellos ni un rincón donde morir rodeados de su familia, sino que tienen que ir hambrientos, jadeantes, extenuados de cansancio y desfallecimiento a buscar el helado lecho de un hospital, donde la muerte de unos acelera la de otros.

Si cuando muere un poderoso de la tierra, en lugar de levantar un soberbio mausoleo, una maravilla del arte, para guardar sus restos, una sencilla copa fuera bastante para conservar el blanco residuo que deja un cuerpo carbonizado, y la suma que se había de gastar en una marmórea sepultura la empleara la familia del difunto en hacer casa para obreros, grande, ancha, ventilada, con todas las condiciones que reclama la higiene, y la dieran a una familia de reconocida pobreza y de acrisolada honradez, o en sus defectos la alquilaran a precios sumamente módicos, ¿cuánto más ganaría el alma del finado con las bendiciones y las plegarias de la gratitud, que con las ceremonias religiosas impuestas por el dogma romano…? Pensamiento es éste, que merece tomarse en cuenta y al que podría dársele gigantescas proporciones, y no hay duda alguna que la cremación de los muertos evitaría en gran parte la destrucción moral de los vivos. Los desbordamientos sociales, ¿a qué obedecen…?. A que llega un momento en que se agota la paciencia de los pueblos, y el Yo, levanta su voz terrible pidiendo aire, calor y luz. las casas de los gusanos hacen falta para los hombres, ¿a quienes daremos la preferencia…?. ¡Que mejor urna cineraria, qué mejor panteón pueden te nuestros padres que nuestra misma morada! ¿No guardamos sus retratos, sus cabellos, y hasta sus ropas? ¿Pues por qué no hemos de guardar sus cenizas? Y todo aquel que pueda desprenderse de una cantidad, empléela en construir casas para obreros.

Fórmense sociedades, organícense corporaciones, y así como los gobiernos y los municipios se encargan de hacer cementerios, háganse casas habitables, verdaderamente construidas para preservarnos de los rigores de las estaciones, no para aumentarlos, como dice muy bien el higienista Galdo, de 18 metros cuadrados que necesita cada individuo para su habitación, en Madrid, por término medio, tiene 4 y 5 metros todo lo más cada habitante. Háganse casas, repetimos, en vez de sepulcros, y los hospitales muchos de ellos serán innecesarios porque quitados los focos de, corrupción la mitad de las enfermedades que hoy se propagan, no se propagarían. Concluiremos por hoy, copiando las últimas líneas del artículo de Tresserra: “No cerremos, pues, los oídos a estas palabras de los sabios profesores de Nápoles y Venecia, Sres. Palaziano y Masato, refiriéndose a la mortalidad creciente en nuestros días, “Es que, los muertos se comen a los vivos.»

1877

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro «Ramos de violetas»

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