¡Pongan la Mano!

Se cuenta que Jesús estuvo, recientemente, en la Tierra. En su andanza, entró en un hospital público brasileño. Pasó por un parapléjico que aguardaba la consulta, sentado en una silla de ruedas, y le dijo:

-¡Levántate y anda!

El hombre se levantó y dejó el consultorio, empujando la silla de ruedas. Alguien le pregunto:

-¿Ese barbudo que habló con usted es el nuevo medico?

-Si

-¿Qué encontró en él?

-Igual que los otros. No me toco.

Podemos situar esa alegre historia por ejemplo de cómo las personas se envuelven con la rutina y el inmediatismo terrestre, sin darse cuenta de las dádivas que reciben. No tenemos la mínima idea de cómo benefactores espirituales nos socorren y atienden, en múltiples oportunidades. Calman dolores, curan males, nos ayudan a solucionar problemas…

***

Hay el otro lado: Los médicos que, literalmente, “no ponen la mano en el paciente”. Una señora busca a uno de esos profesionales apresurados, rápidos en el gatillo, que sacan el bloc para la receta, antes de que el cliente ponga los pies en su consulta. Al terminar la consulta, le dice:

-Usted debía de ser ingeniero.

-¿Por qué? ¿Encuentra que tengo habilidad?

-Bien, el ingeniero lidia con barro, cemento, cal, ladrillos… Es más fácil. Está más de acuerdo con su índole. ¡Usted es frio distante!

-Ahora, mi señora. ¡Hay mucha gente! No puedo dar atención a todos.

-Pues debería. Por más gente que atienda, considere que no está lidiando con material de construcción. Las personas, mi querido doctor, precisan de atención, principalmente cuando están fragilizadas por la dolencia.

Ciertamente, el médico no cambio de profesión, pero sería bueno, para él y sus clientes, si cambiase de manera de ser.

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Mi padre, que fue enfermero, hablaba de un médico humilde, de poca cultura y precarios conocimientos, que atendía en el puesto de salud donde trabajaba. Sin embargo sus limitaciones, eran lo más solicitado y eficiente. Calmo y gentil, trataba con cariño a los pacientes, consultando sin prisa, paciencia en escuchar… Tenía siempre una palabra de ánimo, se expresaba de forma optimista como en el diagnóstico y el pronóstico. Los pacientes salían animados. Más que una simple receta, llevaba un nuevo aliento, la confianza de que serían curados, algo decisivo a favor de su recuperación.

***

Aprendemos con la Doctrina Espirita que varias profesiones implican preparación del Espíritu, antes de reencarnar, a fin de que pueda tener un desempeño razonable, desenvolviendo experiencias productivas. Frecuenta escuelas en el Más Allá, recibe instrucciones, planea la propia estructura orgánica, adecuándola al ejercicio de la actividad escogida. Sin duda, la Medicina es de las más importantes. Dios quiere que seamos saludables, física y psíquicamente, para un mejor aprovechamiento de las experiencias humanas. La enfermedad puede ser un accidente de recorrido, relacionado con la falta de cuidado con el cuerpo, en el presente o en el pasado. De ahí la importancia del médico, instrumento de Dios, a favor de la salud humana. Ciertamente de entre todas las orientaciones recibidas al reencarnar, el médico aprende a lidiar con los enfermos, bajo orientación del Evangelio, el más perfecto manual de relaciones humanas. Es preparado para “pon la mano en el paciente”, expresión que resume los cuidados básicos:

• Cultivar la gentileza.
• Examinar sin prisa.
• Escuchar con atención.
• Ejercitar el diálogo.
• Estimular el optimismo.
• Tranquilizar al paciente.
• Recetar con cautela.

Esos, los valores fundamentales que establecerán la empatía entre ambos, con los más saludables resultados, en la erradicación de la enfermedad.

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Soy apasionado por la Medicina. Tengo la certeza de que fui medico en una existencia anterior, probablemente del tipo que queda mejor cuidando del material de construcción. Por eso, tal vez, cargo la frustración de no ser, de esta ocasión, discípulo de Hipócrates. Evocando mi condición del pasado, pido permiso a los compañeros del presente, para decirles:

¡Cuidado, señores doctores! No malbaraten las bendecidas oportunidades que reciben! ¡No frustren los instructores que los preparan! No descuiden la orientación fundamental: ¡Por Dios! ¡Pongan la mano en los pacientes!

Richard Simonetti

Del libro “Para Rir e Refletir”
Fragmento traducido por Jacob

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