Meditación

En la Semana santa se conmemora el gran suceso que dio la libertad al hombre y la dignidad a la mujer. La mujer ha de ser eminentemente cristiana, porque el cristianismo la elevó a ser la reina del mundo, la delicia del hogar doméstico, el encanto de la sociedad. Con el trascurso de los siglos, su poder moral ha llegado a tener tan poderosa influencia, que hoy ocupa un puesto igual al hombre en conocimiento, en estudios profundos, y en la América del Norte hasta su posición social; pues hay doctoras en medicina, mujeres de estado que manejan la legislación como españolas la aguja. En España la mujer ha sido y es buena cristiana, por eso en la época presente acuden todas sin distinción de clases, a escuchar en los templos la palabra de Dios.

¡El templo! ¡Que sensaciones más dulces se experimentan al penetrar en las iglesias Góticas, en cuyas ventanas ojivales tienen los rayos del sol, proyectando sobre los cristales de variados colores, los múltiples cambiantes del arcoíris!

Tres catedrales he visitado: la de Sevilla, cuya torre, parece la imagen de nuestra esperanza que quiere llegar al cielo; la de Toledo, con su capilla del santo sepulcro, santuario escondido en la sombra de un subterráneo, en cuyo lugar, la mente recuerda los primeros tiempos del cristianismo, las catacumbas de Roma y la persecución de los creyentes; y la Catedral de Tarragona, que impresiona de noche mucho más que de día, pues el orden de su iluminación es triste: aquellos cirios apoyados, al parecer, en tierra, parece que velan en la piedra de una tumba.

Siempre que entro en esta Catedral, recuerdo ese mañana que los hombres llaman otra vida, y esta es la impresión que siempre deberíamos sentir, si la existencia de aquí no tiene más objeto que hacer merecimientos para la eternidad. Debemos fijar nuestros ojos en ese mundo perdido que flota en la noche del tiempo y separarlos por completo de una tierra donde solo encontramos decepciones y amarguras. Catedral de Tarragona. Muchos han admirado tu mérito artístico, pero a mí me hablan más tus luces perdidas vacilantes. Las horas que paso bajo tus cúpulas son dulces y tristes a la vez.

Dijo Víctor Hugo contemplando una cordillera de montañas:

«Aquí la inspiración brota del granito…!» Yo digo a mi vez, contemplando la Catedral: «¡Aquí hay un algo que nos habla de Dios!»

Amalia Domingo y Soler

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