Reencarnación y reajuste

“…reconcíliate con el adversario mientras aún sea el tiempo”

Entre una persona que opina, que existe solamente una única existencia, (con inicio en la cuna y término en la sepultura) y otra, que cree en la multiplicidad de las vidas, indudablemente, la segunda tendrá una mayor facilidad para comprender y aprovechar las enseñanzas del Maestro. “Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino…”

El hombre no reencarnacionista, suponiendo que la vida se resume al presente, (nacer, vivir, comer, procrear, y morir, yendo luego para el cielo o el infierno, o para la Nada), un hombre en esas condiciones, enteramente divorciado de cualquier programa superior, no comprenderá porque deberá reconciliarse con su enemigo.

Difícilmente se lo convencerá de que deba ir al encuentro de un oscuro desafecto, puesto que “de él no necesita, de él nada espera, por él no se incomoda.” A no ser de que posea espontánea sensibilidad, excepcionalmente el hombre afortunado y poderoso estaría de acuerdo con procurar al adversario humilde, indigente, para con él reconciliarse, especialmente si considera que la razón está de su lado.

El orgullo, la vanidad, el amor propio, en fin, elevarán entre ambos una infranqueable barrera. El argumento del hombre orgulloso, que no cree ni piensa en la vida futura, será invariablemente, este: “No preciso de nadie, entonces, ¿por qué he de humillarme?” Así piensa, así vive, y así actúa, lógicamente. Así procede, porque solo ve la vida presente. Ni siquiera vislumbra un fulgor del porvenir; futuro este que, para el espírita sincero, es siempre sinónimo de responsabilidad. Lo contrario acontece con el hombre que cree en la inmortalidad del alma y avanza, aún un poco más: teniendo una firme y consciente creencia en la Reencarnación. Cree en el retorno al escenario del mundo, por necesidad evolutiva, en experiencias probatorias o reparadoras, o para la ejecución de tareas en nombre del Señor. La doctrina reencarnacionista ejerce una saludable influencia en la vida, en el destino y en la felicidad del ser humano. La noción consciente de las vidas sucesivas, implica tácitamente, de manera general, una mejoría en el comportamiento individual. El reencarnacionista sabe que el Espíritu Eterno, solamente conocerá la ventura definitiva, integral y plenamente intransferible, si en su alma, en la intimidad de la conciencia posee aquella paz que resulta de la armonía con su prójimo y principalmente de la armonía consigo mismo, con su mundo íntimo.

El hombre que cree en las leyes de las Vidas Sucesivas, y procede según esa creencia, lleva más ventaja que aquel que supone el comienzo de la vida en la cuna y su fin en la sepultura. La desventaja es para el que no cree en el “pre” y en el “pos” enseñados por el Espiritismo: preexistencia y posreencarnación. El bien que realizáramos a nuestros adversarios, favoreciendo de este modo la reconciliación en este mundo, “en cuanto estamos en el camino”, tiene la facultad de beneficiarnos en lo relativo al pasado, al presente y al futuro. ¿De qué manera? Es, por cierto la pregunta. Normalmente, con la salvedad de que toda regla tiene su excepción, las enemistades de hoy, tienen su origen en el ayer. Son los que afrontamos como enemigos, antiguas rivalidades que se reavivan.

Remotas hogueras vuelven a crepitar, inflamando las llamas que el soplo de la ignorancia y el orgullo encendió en el pretérito. No debemos lanzar en esas hogueras el combustible de la intransigencia y del rencor. Atentos al “reconciliarse con el adversario”, del Celeste Benefactor y, considerando aún la necesidad improrrogable del perfeccionamiento espiritual, el reencarnacionista de buena voluntad, puede hoy, mediante la práctica del bien, evitar viejos antagonismos del ayer, evitando así la propagación de las hogueras.

Nuevas culpas, nuevos débitos, con el inevitable cortejo de sufrimientos y lágrimas serán de esta manera soslayada. Son estos los beneficios que la Reencarnación, con su natural incentivo a la fraternidad, nos trae con vistas a los engaños del pasado. Errores seculares desaparecen ante el bendito milagro de la reconciliación amorosa.

Martins Peralva
Extraído del libro «Estudiando el evangelio a la luz del Espiritismo»

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