Sexolatría

Freud, con mucho acierto, descubrió en el deseo sexual la respuesta para muchos trastornos psicológicos y físicos, psiquiátricos y comportamentales que afligen al ser humano.

Basándose en las herencias antropológicas, el insigne maestro vienense estableció los paradigmas del psicoanálisis, fundamentados en los mecanismos del sexo y toda su gama de conflictos no exteriorizados.

Examinando la sociedad como víctima de la castración religiosa ancestral, consecuente de las inhibiciones, frustraciones y perturbaciones de sus líderes que, a través de mecanismos prohibitivos para el intercambio sexual, lo condenaban como instrumento de sordidez, abominación y pecado, tuvo el valor intelectual y científico de levantar la bandera de la liberación, demostrando que el problema se encuentra más en la mente del individuo que en el acto propiamente dicho.

Refiriéndose a la intolerancia judaica, al respecto de la higiene de lavar las manos y el rostro antes de las comidas, que era como regla fundamental de comportamiento, así tornando inmunda la acción que no se sometía a tal hábito, el Apóstol de los gentiles, exclamó con vehemencia:

– Yo sé, y confío en el Señor Jesús, que nada es inmundo en sí mismo; más para el que piensa que algo es inmundo, para él lo es.  (Romanos; 14-14).

Por extensión, se puede afirmar que el comportamiento inmundo no es el sexo propiamente dicho, sino de quien lo vive, conforme su nivel de evolución y de sus sentimientos.

Posteriormente, la cuestión del sexo se tornó una verdadera dictadura del deseo sexual, mereciendo de algunos discípulos del noble psiquiatra-psicoanalista, reacciones especiales como ocurrió con Karl Gustav Jung, Alfred Adler, Erich Fromm y otros, que ampliaron el concepto, presentando nuevas excelentes vertientes de la propuesta inicial. Otros más, sin embargo, continuaron con la misma conducta del padre de la Psicoanálisis, siéndole, culturalmente hijos y nietos de elección.

Son los casos de los eminentes Wilhelm Reich y su discípulo Alexander Lowen, que dieron continuidad al profundo estudio de la libido, creando, el primero, la terapia bioenergética, mientras el segundo amplió la técnica de los ejercicios para la liberación de los conflictos y de los problemas orgánicos, derivados de las perturbaciones sexuales.

Ciertamente, una vida saludable es aquella en la cual todas las funciones orgánicas funcionan normalmente, como consecuencia del equilibrio psicológico, que proporciona alegría de vivir y realización plena.

El individuo es la medida de sus realizaciones interiores y de toda la herencia que carga en su inconsciente, lo que equivale a decir, que es el resultado inevitable de su larga jornada evolutiva, en la cual, paso a paso, se libera del instinto, mediante el uso correcto de la razón, de está pasando para la intuición.

El homo sapiens alcanzó al homo tecnológicus y este asciende para el homo noeticus, cuando entonces, habrá predominio de la vida parapsíquica, llevándolo a estados especiales de comportamiento.

La contribución de Freud para la liberación de la criatura humana, arrancándola de la hipocresía victoriana y clerical anteriores, dándole dignidad, es de valor inestimable. Sin embargo, el ser humano no es solamente un animal sexual, sino un Espíritu inmortal en transición por diversas franjas del proceso antropológico en la búsqueda de su integración en el pensamiento cósmico.

El predominio, de momento, de su naturaleza animal por encima de la naturaleza espiritual, es transitorio, consecuente de la larga jornada que se inició como psiquismo en el rumbo de la angelitud.

Departamento de alta magnitud del cuerpo físico, el aparato genésico, en razón de la elevada finalidad a que se destina – la de reproducción – está fuertemente vinculado a los mecanismos de la mente y de la emoción, sobre todo, de los comportamientos pasados, que generan las consecuencias inevitables del bien o mal funcionamiento de sus mecanismos, ahora en la búsqueda del placer, otras veces para la perpetuación de la especie, en otros momentos para la complementación hormonal, y, por fin, para la realización total.

Encerrado en preconceptos enfermizos, perjudicado por castraciones de madres impiedosas o super protectoras y de padres violentos, de familias arbitrarias, de medios sociales mórbidos, el niño no se desarrolla con el necesario equilibrio emocional, escondiendo la propia realidad en actitudes incompatibles con la salud mental y emocional, cayendo posteriormente en situaciones vejatorias, inhibitorias, aberrantes o tormentosas.

Frente a la inhibición de que es víctima, el individuo pasa a ignorar al propio cuerpo, cuando no ocurre detestarlo en consecuencias de la incomprensión de sus mecanismos, viviendo emparedado en celda estrecha y huidiza, que termina por generar grandes confusiones en el comportamiento psicológico y en la salud física.

Somatizando los conflictos no digeridos, elabora enfermedades de grave curso, que no encuentran solución, excepto cuando son realizadas las terapias convenientes, orientadas para el rumbo de los factores responsables por los trastornos.

El conocimiento del propio cuerpo, su identificación con las funciones de que se constituye, el uso equilibrado de sus posibilidades, contribuyen para una existencia armónica, ampliando el cuadro de autorrealización y del bienestar, que son metas próximas para todos los seres humanos sumergidos en la indumentaria carnal.

La existencia terrestre no tiene la finalidad punitiva que se acentuó por muchos siglos, en conductas perversas e infamantes por parte de la Divinidad, que más se presentaba como verdugo impenitente, complaciéndose en la desdicha de sus criaturas, que anhelando por la felicidad de estas.

Lo que ha faltado es la conveniente orientación educacional para la vida sexual, así como el equilibrio por parte de los religiosos y educadores, líderes de masas y agentes multiplicadores sociales, que siempre reflejan las propias dificultades de relacionamiento y vivencia sexual, abriendo espacios para que múltiples corrientes de conductas, no pocas veces exóticas, asuman ciudadanía, perturbando más a los individuos en general, y particularmente las generaciones nuevas, desequipadas de esclarecimiento.

Rotas las amarras de la prohibición, el ser humano va cayendo en la permisividad, como efecto de la demorada limitación a que fue sometido anteriormente. Parecería que la denominada liberación sexual contribuiría para que las criaturas se realizasen más y se encontrasen más equilibradas emocionalmente, lo que no ha ocurrido. De la misma forma que el impedimento no produjo personas saludables, el libertinaje de moda no ha conseguido armonizarlas, favoreciendo, por el contrario, más devastadoras conductas y vivencias en clanes, grupos aislados, así como en la sociedad como un todo, que se encuentra desorientada.

El sexo, conviene considerar, en definitiva, existe en función de la vida y no está en dependencia exclusiva del sexo. El ser humano, de esa forma, necesita del sexo, pero no debe vivir en su dependencia exclusiva. Otras finalidades existenciales le sirven de objeto, impulsándolo a una vida feliz y plena, a través de los ideales y metas que cada cual se impone, tornando la función sexual complementaria, no indispensable.

La cuestión, por tanto, no está en actitud de abstinencia física, como se pensó durante muchos siglos, ni en el abuso de las actividades de la pelvis, a través de los movimientos libertadores, como sugieren algunos bioenergiticistas. Si no, en un saludable direccionamiento de las funciones con finalidad saludable.

Los días actuales, en que el sexo se transforma en motivo esencial de la existencia humana, ha producido más angustiados e insatisfechos de lo que se podría imaginar, dando margen al surgimiento de ansiosos y frustrados que, considerando la existencia como medio para alcanzar orgasmos continuados, conducen al uso de bebidas alcohólicas, de drogas adictivas y otros estimulantes y responsables por la capacidad de la función, que deberá siempre ser espontánea y creativa a través del amor. Constituye el amor la más maravillosa inspiración para la vida sexual, en vez del abaratamiento de la función, que se va volviendo idolatría tormentosa.

Hay una tendencia psicológica en el ser humano para, cuando sale de la esclavitud y no sabe usar la libertad, cae en el libertinaje de las costumbres, en la cual se torna más siervo que señor, más limitado que independiente, más infeliz que antes.

Es comprensible que se aspire y se viva en libertad, pues la vida y el amor son dádivas de liberación, nunca de coerción y de sufrimiento. El mal uso de esa libertad responde por las consecuencias lamentables de la desarmonía, porque atenta contra los límites que son impuestos, como recurso de equilibrio para la propia existencia. Es fácil observar en los animales de la escala evolutiva cuando se buscan, que, estimulados por las necesidades procreativas, ejercen el sexo sin tormento, sin culpa, que tan siempre son resultados de la emoción humana desequilibrada.

La vida en libertad es aquella que, cuando la disfrutamos, da los mismos derechos a los otros seres; que no desprecia las leyes naturales; que se complace en la realización integral. Frente, por tanto, a cualquier conflicto que se presenten en el comportamiento psicológico del individuo, la elección de prioridades para una existencia digna contribuye positivamente para la libertad y la felicidad personal.

Espíritu Joanna de Angelis

Médium Divaldo Pereira Franco
El despertar del Espíritu

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.