Pobre Margarita (Segunda parte)

Lectoras mías: Hace tiempo que publiqué sin que lo supiera su dueño, los fragmentos de un diario o libro de recuerdos. Me interesó la suerte de una pobre joven y creo que a vosotros os interesará también: Margarita. ¿Os acordáis de ella? ¡Pobre criatura…! Dejó un libro manuscrito con sus memorias y por casualidad he leído algo de él. Os diré como ha sido.

Mi amigo Carlos que es el que escribió los fragmentos que yo he publicado, es un hombre como habréis comprendido, de corazón y de sentimiento espiritual y apasionado. Desde la muerte de Margarita, su vida ha sido más triste que de costumbre, hasta que la casualidad le hizo conocer a una joven, casi una niña llamada también Margarita. Sea que la chica era muy bonita y sencilla sin ser estupenda; ora que su nombre le hiciera amarla en recuerdo de su muerto amor, lo cierto y lo seguro es que se ha casado hace un año y no se ha arrepentido todavía. Está visto que mi amigo Carlos es el más afortunado de los mortales.

El día antes de su enlace recibí una carta suya explicándome que pasara a verle para hablarle de unas cuestiones importantes: acudí sin demora y me lo encontré sentado junto a un pequeño velador, sobre el que se encontraba una caja de palo santo con incrustaciones de nácar. En este pequeño cofrecillo, guardaba Carlos los recuerdos amorosos de su juventud. Lazos ajados, flores marchitas, cartas con mentidos juramentos, aromados rizos; y esa multitud de objetos que nada dicen al materialista, pero que despiertan un mundo de recuerdos en un alma sensible y delicada. Al verme Carlos estrechó mis manos cariñosamente y me hizo sentar a su lado, diciéndome así:

Amigo querido, mañana me caso con Margarita, creo que a su lado podré vivir tranquilo, única aspiración, único deseo que alguna vez se realiza en el mundo. Las grandes pasiones, la unión de dos sentimientos enérgicos y profundos, el enlace divino de dos almas que se comprenden con una mirada, y se adivinan con un suspiro no puede realizarse en la en la tierra, porque entonces ¿qué placeres reservaba el señor para su paraíso? Al dejar mi vida de soltero tengo que desprenderme de estos miles recuerdos de las imágenes que han jurado amor. Juntos reduciremos a cenizas estas flores secas, estos billetes perfumados que me cuentan una historia pasada; no quiero que Margarita vea las pruebas claras y evidentes de que mi corazón es un libro donde solo falta escribir el epílogo. Nunca se debe hacer comprender a las mujeres que el alma está depurada, porque entonces estas sueñan con una pasión suprema, con ese amor de fuego, con ese delirio de los 20 años.

Acabemos pronto amigo mío, de convertir en humo el humo de la vida; y cogiendo con precipitación cintas y flores las arrojó en la chimenea. Pronto quedó la caja vacía que por cierto es una maravilla del arte. Margarita sin duda la habrá elegido para guardar sus guantes sin sospechar que en ella hay un mundo de recuerdos para su marido.

Nada te queda ya de tu pasado le pregunté a Carlos, acordándome de la herencia que le dejó la pobre Margarita. Si, me queda el recuerdo más precioso para mí, el que no tengo valor para destruirlo; y sacando de un cajón de la cómoda un pequeño libro encuadernado lujosamente, me lo entregó diciendo:

En ese manuscrito encontrarás palpitante historia de lágrimas y amor; guárdalo tú hasta que llegue el día que tenga mi esposa edad suficiente para comprender las tormentas de la vida… Adiós querido, te dejo; necesito olvidar mi pasado para estar contento con el presente…

Al día siguiente, fue una de los testigos del casamiento de Carlos, el que trataba de alejar de su frente las nubes plomizas de los recuerdos. Terminada la ceremonia fuimos a pasar el día a una casa de campo, donde cada cual optó por el entretenimiento que quiso, y yo aprovechando esta libertad de acción, me encerré en un pequeño pabellón y me puse a leer las memorias de Margarita. Es un libro donde se encuentran estas dulces reminiscencias de la feliz infancia, sueños de oro de la hermosa juventud, y amargas quejas y profundo desaliento de la segunda edad. Me limitaré por hoy copiar solamente lo que se refiere a Carlos. Dice así:

En el mar. ¡Qué triste es ser juguete del destino…!  Hoy que dejo mi querida España encuentro un hombre en mi camino con quién yo sería feliz:  ¡Carlos! Nunca olvidaré su nombre. En Madrid ¡Será posible, Dios mío! ¿Después de cinco años de ausencia, aún se acuerda Carlos de mí? Y dice que me ama con toda su alma. Si, lo creo. Habré encontrado el verdadero amor cuando no le puedo aceptar. ¡Cuán dichosa sería yo casada con él! El hogar doméstico, los goces de la familia, la consideración social, sueños… delirios irrealizables… Hay seres que nacen para llorar y yo soy uno de ellos. Ayer después de dos años he visto a Carlos.

Estoy segura que aún se acuerda de mí. Su mirada inquieta buscaba algo entre la multitud.. Ya sé dónde vive. ¿Le escribiré? No. ¿Qué le puedo ofrecer? Un corazón depurado por el sufrimiento y un nombre manchado por la desgracia. No. Su compasión me consuela; su desprecio me mataría. No me he engañado, no; ayer estuvo Carlos a diez pasos de mi aposento, preguntando por mí. Él preguntaba por Margarita, gracias al cielo, ese nombre no le han proferido aquí nadie, más que él. He visto a los médicos más célebres de la corte. Todos me dicen que me quedan pocos meses de vida. La tisis, esa enfermedad lenta y segura, me conducirá a la eternidad. Puesto que voy a morir joven todavía, voy a dejarle a Carlos las memorias de mi vida y pobre existencia. En medio de mi desventura me queda un consuelo: él llorará por mí, me compadecerá y habrá un ser en la tierra que recuerde mi nombre. Carlos: cuando recibas este libro, habré dejado de sufrir. ¡Cuánto te sorprenderá saber que tú has sido mi único y verdadero amor…!

Desde que te vi en el muelle de Cádiz, comprendí los hermosos tesoros de ternura que guardaba tu noble corazón. En los jardines de Sevilla, conocí que me amabas; que me querías con uno de esos afectos, que no mueren nunca, porque viven velados por el misterio de la ilusión.. En Madrid me has buscado anhelante, porque nada sabias de mí. De mi historia, no has conocido más que la parte poética y novelesca. Una virgen joven y triste que viaja sola, inspira interés. Si el acaso la presente nuevamente, la curiosidad crece, el afán aumenta y se convierte el deseo en amor; pero en un amor volcánico. No hay cariño más ardiente, que cuando se quiere el imposible.

La misión de judío errante, es la misión de la humanidad. Andar infatigable buscando un oasis en el desierto de la vida. Yo fui al nuevo mundo a buscar la tranquilidad de la existencia, y mi felicidad se encontraba reasumida en ti. ¡Cuán bien se han comprendido nuestras almas… !; y sin embargo huyo de tu cariño como el culpable del castigo. ¿Sabes porque… ?; porque mi frente esta marchitada, porque mi nombre lo ha degradado la desgracia; y cuando una mujer guarda una historia, no debe presentarla ante la mirada del hombre a quien ama con toda su alma! El hombre en el primer momento de entusiasmo, deifica y diviniza a la mujer. En el segundo, la compadece tristemente, y más tarde la desprecia… Yo he tenido miedo de exponer al azar, la más dulce ilusión de mi vida. He tenido en tanto tu cariño, que no he querido confundirlo con los mezquinos accidentes de la existencia. ¡Extraña anomalía de mi destino…! Nadie me ha querido en el mundo, y muero convencida que tu rendirás culto a mi memoria. Muero joven, y en parte es mejor. Así todos tendrá una frase compasiva para la pobre Margarita.”

Apenas terminé la lectura del manuscrito entró Carlos. ¿Qué haces aquí tan encerrada? Me preguntó. Leyendo las memorias de Margarita.. ¡Qué bien comprendía el corazón humano…! Tuvo un maestro cuyas lecciones no se olvidan jamás. La ciencia que da el dolor es la más profunda y por desgracia la más verdadera. Pasó el día de la boda, ha trascurrido un año. Margarita no engañaba. Carlos la recuerda con melancólica ternura. Más de una vez repite: ¡qué talento tenía aquella pobre criatura…! Esta es la señal inequívoca, que si Margarita hubiera vivido, su amor se hubiera evaporado como una nube de humo. Hay ciertas mujeres que si viven, mueren; y si mueren, viven. Los extravíos de la juventud, toman formas grandiosas sobre el mármol helado de una tumba. ¡Qué triste es tener que buscar en la nada, el respeto y la consideración! ¡Cuántas Margaritas hay en el mundo!

Amalia Domingo Soler.

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.