La Romería de San Isidro

Innumerables descripciones se han hecho de esta fiesta popular; infinitos artículos han querido copiar ese inmenso cuadro de tantas y tan diversas tintas, pero ni pintores ni poetas han podido dar más que una idea pálida de la célebre romería del Santo Labrador; es necesario verla para comprenderla en lo que vale. Solo contemplando aquella alegría tan pura y tan unánime que reina entre los hijos del pueblo; aquella fraternidad que une por breves instantes a los grandes con los pequeños, solo escuchando aquel rumor inmenso, aquel grito unánime lanzado por mil y mil bocas que parece un voto de gracias elevado al cielo, solo entonces puede sentirse algo. Decir, nada.

Todo es pálido, todo es frío a pesar de los intentos que se hagan describirla fielmente. No hay pincel humano que copie con las nubes y celajes del crepúsculo vespertino; no hay pluma que pueda describir el goce interno del corazón humano.

La generalidad va y vuelve de las fiestas sin haber hecho más que comer, beber en demasía, saltar y correr hasta rendirse por completo. Reír y reír, mucho mas al ver la hilaridad de cuentos le rodean y sentirse felices sin explicarse muchos la causa de esa felicidad, acaso momentánea. Dichosos esos seres que solo ven lo que tienen delante, que solo gozan del presente, sin tener una lágrima para el pasado, ni una mirada para el porvenir. Nosotros, que nada nos une a la vida, que siempre lanzamos nuestro pensamiento más allá, también vamos a la fiesta, vamos a disfrutar no de la alegría, sino a contemplar por un momento la realización de los grandes sueños de dos grandes hombres.

A muchos les parecerá exagerada nuestra idea, pero nosotros invitamos a los hombres pesadores a que vayan a contemplar a esa inmensa muchedumbre, unida por un solo pensamiento, que mire confundida a la gran señora con la humilde hija del pueblo, que vea al grande potentado con el modesto obrero y creemos dirá entre sí, esta es la emancipación de los pueblos en miniatura, esta es la asociación, esta es la unión universal. Si Víctor Hugo y Garibaldi contemplaran este cuadro, quizá exclamarían:

¡He aquí un capítulo de nuestra inmensa obra!

Jamás olvidaremos las horas que pasamos hace algunos años junto a las tapias del cementerio de San Isidro. En esta fiesta se unen estrechamente la vida y la muerte. La locura vertiginosa con el silencio de los sepulcros, el amor y la esperanza, con el desencanto del no ser: ¡Extraña unión de los vivos y de los muertos! Allí se escribe a grandes rasgos la historia de la vida, los cementerios son el mudo epílogo que viene a desvanecer todos los afanes y peripecias de la novela. Allí se presenta la vida con su traje de gala; pero es una vida ardiente, incitativa. El cielo se ostenta del más puro azul para inflamar la mente del poeta, el sol lanza sus rayos abrasadores para transformar los sentidos; la tierra se cubre con su verde alfombra, cuya frescura y lozanía nos invita a reclinarnos en ella. La música, esa creación de pasiones y sentimientos, le presta sonido a las arpas italianas, y los descendientes de Masaniello, entregan al espacio torrentes de armonía, ecos que vienen a despertar nuestros recuerdos de amores y de lágrimas; sonidos que cuentan una historia de crímenes, de llantos y de amores que vienen a enloquecer nuestros sentidos.

La danza, esa música lenta y voluptuosa, lánguida y dulce como las hijas de los trópicos, hace danzar a los jóvenes enamorados, hace lanzar miradas de fuego, hace sentir todo un mundo de ilusiones. Allí se presenta la vida bajo su faz más bella. Allí se encuentra la nada cubierta de flores. Allí el ruido de los vivos interrumpe el silencio de la tumba.

El amor y los goces.

La paz y el olvido.

¿Quiénes son más felices? He aquí un problema que cada cual resuelve a su manera. El niño tiene miedo a la muerte, el joven quiere vivir, para dejar algún recuerdo, para estudiar más tarde el humano corazón; el anciano anhela la existencia para aconsejar y prestar sombra a los suyos, mas en todas las edades de la vida, hay un momento de dolor que ilumina a la criatura y le hace conocer que la muerte es el fin de nuestras penas, el término de nuestros sufrimientos.

Hermoso día de San Isidro, adiós, mujeres de ardiente mirada, que hacéis latir el corazón de cuantos os contemplan… adiós noche apacible, con tu blanca luna, con tus brisas de mayo, con tus encantos mil; en tus fugaces horas hemos admirado a un pueblo ebrio de placer, hemos vencido a la Providencia, que vierte en él los inconmensurables tesoros de la fe, de esa fe que os hace rendir culto a la milagrosa fuente de San Isidro, cuya agua bendita hace olvidar nuestros dolores.

¡Feliz el pueblo que no olvida las creencias de la infancia!

¡Feliz el pueblo que guarda con venerable respecto de sus santos y de sus héroes! Hermoso día de San Isidro, adiós. Amalia Domingo y Soler

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