La simpatía del dolor

La miseria es un inmenso panorama, y la reflexión es el cristal óptico por donde se miran sus diversos cuadros de infinitas tintas. Una de las vistas que hemos contemplado detenidamente, es una antesala de oficinas en que se enjugan muchas lágrimas y se socorren muchas y perentorias necesidades.

Allí no se encuentra esa miseria pestilente y asquerosa: no esa pobreza cubierta de harapos que inspira compasión y repugnancia a la vez, sino ese dolor íntimo del alma; ese inmenso sufrimiento del espíritu y de la materia. La miseria cubierta de un paletó o de una mantilla interesa, atrae, y siempre queremos hallar una historia tras de una mirada triste, tras de un rostro demacrado y sombrío.

Hace algún tiempo que hallándonos en una antesala de oficinas, muy notables por cierto, tuvimos ocasión de ver el interés que inspira ese dolor profundo y verdadero de una miseria digna y decorosa. Varias personas ocupaban el salón cuando entramos en él; figuraban en primer término una señora como de sesenta años de fisonomía triste y bondadosa, y una bellísima joven que apenas contraría diez y seis primaveras; nada más risueño y encantador que aquella cabeza cubierta de rubios cabellos peinados con exquisito gusto, con elegancia suma; nada más bello ni más gracioso que aquel rostro de nieve y rosa donde se destacaban unos ojos azules y una boca lindísima plegada por una sonrisa tan ingenua y de una jovialidad tan encantadora, que tenía ese don inapreciable de la atracción. No sé porque nos figuramos que la charla de aquella criatura había de ser encantadora; y decimos charla, porque de aquella boca tan risueña no se podía esperar más que ese flujo de palabras imperdonables en la edad madura; pero en la juventud es uno de sus primeros y principales encantos, uno de sus más irresistibles atractivos.

Nos sentamos y fuimos examinando cuanto se hallaba en tomo nuestro; todas las miradas estaban fijas en un punto, y en más de un semblante sorprendimos dolorosa ansiedad. Dos nuevos actores entraron en escena; una mujer de continente aristocrático vestida pobremente, atravesó con paso inseguro el largo espacio que la separaba desde la puerta al único asiento que había vacante; la miramos fijamente y vimos en su semblante densamente pálido… La huella profunda de una miseria horrible. Era tan triste y tan dolorosa la expresión de sus ojos, que hasta la encantadora niña de rubios cabellos al mirarla dejó de sonreír y dijo por lo bajo:

– ¡Pobre señora, cuanto debería sufrir!

En pos de ella entro un anciano con un pantalón y una chaqueta de paño que fue azul pero que ahora no se puede decir que color tiene. Daba vueltas entre sus manos a una gorra galoneada de oro. El pobre hombre miró en tomo suyo, y no viendo donde sentarse, se apoyó contra una elegante mesa de mármol blanco de mucho mérito. La expresión de su rostro tenía esa triste vaguedad que se encuentra generalmente en los ancianos. Cuando se presentó a recibir quejas y suspiros el señor a quien todos esperábamos, muy amable, atento y fino en sumo grado, al primero que se le acercó fue al anciano, el que en entrecortadas frases, le dijo que había sido más de cincuenta años guarda… No recordamos de qué, y venía a reclamar ciertos atrasos. El señor L… le contestó que todavía no estaba terminado el expediente. Al oír estas fatales palabras, el pobre hombre le dio maquinalmente nuevas vueltas a su gorra y murmuró en tono suplicante:

-¿Con qué no hay nada, señor?

-Nada hombre, nada- contestó impaciente el señor L… a esta segunda afirmación de la triste negativa, el anciano restregó sus ojos como hacen los niños, y sacando un pañuelo se enjugó con fuerza el llanto que resbalaba por sus mejillas. Al ver tan viva aflicción, el seños L.. le dijo afablemente:

– ¿Pero hombre de Dios? ¿Va a llorar por eso?

-¡Pues no he de llorar, Señor!

Le repuso con mareada aflicción, si ese es el único recurso con que cuento para mantener a dos hijas y diez nietos. A esta exclamación tan sencilla como tierna, todos los circundantes miraron con interés al anciano, que ya no aparecía como un árbol seco y estéril, porque de su vida estaban pendientes doce criaturas, porque a doce existencias les prestaba savia. Y ¡quién sabe cuántos sabios y cuantos héroes podrían salir de su tercera generación…! El señor L… se sintió profundamente conmovido y le aseguro al anciano que pasados dos días tendría el gusto de entregarle los documentos que tanto deseaba, teniendo en ello un verdadero placer. El buen hombre le dio mil y mil gracias, y salió llevándose tras si las simpatías de cuanto se escucharon sus sencillas y tiernas palabras; su verdadera miseria, su extremada pobreza, había conmovido los corazones más indiferentes; había despertado la misteriosa simpatía del dolor.

Un nuevo personaje en el dintel de la puerta acompañado de un pequeño galgo inglés. Era un joven italiano de negros cabellos y pálida faz, de mirada dulce, pero tan triste que se adivinaban las lágrimas aun cuando no se veían brillar; tomó asiento y su perro le acariciaba tenazmente como para sacarle de la profunda abstracción en que se hallaba sumergido su dueño. Cuando el extranjero vio que el señor L… iba a retirarse se levantó, y en un ininteligible español le preguntó el resultado de dos solicitudes que tenía presentadas. Dialogo que más de una vez causó la risa de los demás porque no se entendían ni uno ni otro; vinieron nuevos empleados a tomar parte en la cuestión y como siempre, no sabemos por qué, cuando se habla con extranjeros se grita más y mejor, nuestros paisanos alzaban la voz hasta el cielo, y el italiano los imitaba fielmente. Después de mil quid pro quos, algunos de ellos chistosísimos, se vino a sacar en claro que las solicitudes habían sido devueltas sin resultado alguno. Esas últimas palabras las comprendió al instante el extranjero; miró a todos con una mirada incierta y vaga, volvió a mirar entorno suyo como buscando algo, y abriendo sus brazos, y alzándolos al cielo exclamó con una voz desgarradora juntando sus manos:

– ¡Pobre Angiolina… ! ¡pobres diávolos! y cayó desplomado en su sitial.

La voz de aquel hombre tenía una vibración tan rara, tan extraña, tan desconocida, pero tan triste, tan dolorosa y tan conmovedora, que parecía que había ido recogiendo ecos de todas las tumbas para darle a su voz aquel tono de dolor supremo; aquella inflexión tan poderosa y tan sublime, tan verdaderamente grande que se hacía dueña de todos los sentimientos, que sujetaba a su dolor todas las sensaciones, inspirando interés, ansiedad, simpatía, e inquietud indefinible, anhelo inexplicable: en aquellas cortas frases había revelado el extranjero, que tenía una mujer amante y unos hijos queridos; pero no una mujer que se quiere por costumbre, y unos hijos que se aman por ley natural, no… Era aquella Angiolina la mujer de sus sueños; era la necesidad imperiosa de su alma; era el aliento de su vida; era la emanación de todos los amores refundidos en un corazón. Esto comprendimos en el grito de suprema agonía que lanzó el extranjero, y esto mismo o algo parecido debieron comprender los demás, porque los empleados acercándose a él le dijeron: -Esperad todavía… vamos a buscar de nuevo- Y se fueron… ¡con cuanto afán y temor esperábamos su vuelta! Volvieron: el joven se adelantó hasta ellos. El señor L… le dijo tristemente:

– No hay nada.

El extranjero se cubrió el rostro con las manos y murmuró con voz apagada

-¡Pobre Angiolina…! Su débil asiento parecía el eco del dolor que se perdía en el espacio de la desgracia. Todos le miraban con profunda compasión; el pobre perro se abrazaba a sus rodillas y aullaba sordamente..

Pasó algunos momentos sumido en su dolorosa meditación, y después alzando la cabeza, y mirando a todos lados como el que despierta de un penoso sueño, saludó cortésmente y se fue seguido de su pequeño e inteligente galgo. Cuantos se hallaban en el salón afirmaran que nunca habían oído una voz que tanto, tanto les conmoviera. La niña de cabellos de oro exclamaba:

-¡Cuánto daría por conocerá a Angiolina; me figuro que ha de ser muy hermosa, porque solo siendo encantadora se podrá inspirar esa pasión que siente el italiano por ella.

Nosotros aseguramos que nunca podremos olvidar la dolorosa historia del joven extranjero; el eco de su voz resonará siempre en nuestro oído, y al declinar la tarde cuando escuchamos ese murmullo vago y sin nombre, ese prolongado suspiro de la humanidad, creemos percibir un sonido nuevo y extraño, una voz que murmura:

-¡Pobre Angelina!- Él de nosotros no guardará un recuerdo; nosotros guardamos de él la tierna reminiscencia que deja en pos de sí la simpatía del dolor.

Amalia Domingo y Soler

Madrid y noviembre 1863.

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