La soledad

A mi amigo el Sr. D. Juan García Fiel

Amigo mío: usted que ha estado largos
años lejos de su patria y de su familia,
usted, que habrá suspirado más de una vez
por el hogar paterno y por el cariño de los
suyos; apreciará en algo el melancólico
pensamiento de mi pobre artículo sobre la
soledad.

Llórame solo y no me llores pobre,
dice un adagio antiguo. ¡Cuánta verdad
encierran estas cortas frases! Triste, muy
triste es la miseria, pero mucho más
dolorosa es la soledad.

El ser que tiene la desgracia de perder
a los suyos, es extranjero en su patria;
queda preso dentro de sí mismo, nadie le
detiene en su camino y sin embargo a
ninguna parte va. Todo le hiere, todo le
lástima, todo le hace daño: busca afanoso
la compañía de seres extraños, pero estos
no le comprenden porque se entregan a sus
goces y expansiones de familia, y no
reparan en la silenciosa lágrima que
resbala por la mejilla de aquel que se halla
solo en la tierra.

Nada más triste, que cuando uno de
estos desgraciados seres, sale de una
penosa enfermedad y entra en ese segundo
periodo de la convalecencia mucho más
doloroso que el primero. Cuando la
calentura nos enerva y adormece nuestras
facultades intelectuales, cuando estamos
en esa región desconocida en donde todo
es vago y confuso, en donde los objetos sin
color ni forma determinada se agitan en
caprichosos giros, y forman un todo raro y
extraño, cuando estamos entregados a ese
insomnio del no ser, cuando no tenemos
conciencia de nosotros mismos, es
preferible tan lamentable situación, al
despertar de ese doloroso letargo. Cuando
el enfermo levanta su lánguida cabeza y no
ve en tomo suyo más que rostros
indiferentes, cuando no encuentra una
mirada que busque la suya, cuando al
levantarse no hay un ser amigo que
sostenga sus débiles pasos.

¡Cuán triste se le presentará la vida real!
Sin podernos explicar, la causa de ello
vemos que casi todos los convalecientes
tienen más sentimiento, tienen más
idealismo, tienen más poesía: todo les
conmueve, todo les agita; sus pensamientos
y sus emociones, al salir de la parálisis,
tienen una percepción tan delicada , una
sensibilidad tan exquisita, todo cuanto les
rodea les habla, con tanta elocuencia a sus
sentidos, que viven en un sólo día o mejor
dicho, reciben en una hora tan diversas
sensaciones que resumen en sesenta minutos
la mayor parte de los sentimientos humanos,
razón por la cual es tan inmenso el
sufrimiento de esos pobres seres que dejan
de pertenecer a la gran familia.

¡Desgraciadas criaturas, relegadas de la
sociedad y que cual errantes parias encierran
en sí mismos todo un mundo de amor!
¡Exóticas flores que languidecen y mueren
por falta de savia! Se asemejan a esas débiles
plantas que extienden sus flexibles ramas,
enlazándose a las columnas, a los muros y a
las ruinas, y que al faltarles el cuerpo donde
se unen, inclinan tristemente sus mustias
hojas que secas luego, las esparce el viento.
Le oímos decir a una señora que tenía
una hija a quien amaba con delirio las
siguientes palabras, que nos impresionaron
profundamente, impresión que se
reproduce siempre que vemos algún
desgraciado lamentando la pérdida de los
suyos.

Decía así: quiero tanto a mi hija, está
tan identificado mi ser con el suyo que
prefiero verla muerta a dejarla sola… sería
tan dolorosa nuestra separación, que lo que
se quede en la tierra sufrirá ese dolor lento,
mudo e implacable que roba lentamente el
llanto a nuestros ojos, la risa a nuestros
labios. Quiero tanto a mi hija que no
quisiera hacerla sufrir ni el pesar de mi
muerte ni la melancolía de la soledad
Santa previsión del amor maternal,
abnegación sublime que no hallamos
frases para pintar ese sentimiento tan
grande y tan profundo… Dicen que nadie
puede leer en el porvenir, el que emitió
esta idea seguramente no conoció a su
madre, no vio esa mirada luminosa y
radiante, profunda y ardiente que lanza
una madre sobre la vida de su hijo; mirada
que llega hasta el trono de Dios.

Dice Lamartine: «Aquel que haya
tenido una madre amorosa, por muchos
sufrimientos que tenga en su vida, nunca
se llame desgraciado: guarde siempre en
el fondo de su corazón un voto de gracias
a la Providencia por haberle concedido un
beso maternal».

Lamartine, resume en un solo
pensamiento, todas las frases de la
existencia; su alma verdaderamente
poética, comprende que la única poesía
de la vida, es el amor maternal, amor que
nace antes que nosotros, amor que nos
sigue más allá de la tumba..

Siempre nos sentimos conmovidos
cuando visitamos los establecimientos de
beneficencia; pero principalmente la
inclusa y el hospital, nos hacen impresión
tan triste y tan desgarradora, que nos
dejan para largo tiempo sumidos en la
más profunda melancolía.

¡Cuántas criaturas juntas, y cuán
separadas entre sí, las une la desgracia, y
sin embargo cada una tiene su distinta
historia! Dice Fernán Caballero, que hay
seres que quitan soledad y no dan
compañía. El axioma del distinguido
escritor se pone en acción en las casas de
beneficencia.

Cien desgraciados duermen bajo un
mismo techo; lanza uno de ellos un
suspiro y no halla un eco que lo repita,
infelices criaturas condenadas a la
soledad, muchas de ellas antes de nacer.
¡Pobres seres que viven sin vivir’
La caridad les da una cuna, la caridad
les da una tumba.

Los autores de su vida, le dan su
desgracia: de aquellos que debían
recibirlo todo, no reciben más que el
vacío, el aislamiento y la soledad.
La generalidad no comprende la
soledad como ella es en sí; no
consideran una persona sola más que
cuando materialmente la ven sin
compañía alguna. La soledad del alma
pasa desapercibida, y sin embargo esa
es la verdadera soledad.

Si hemos de creer en nuestra
religión dichosos los que viven solos
porque mueren mártires; y Dios en su
misericordia infinita les da en
compensación toda una eternidad de
amor y gloria.

La religión cristiana, dulce y
consoladora como ninguna, es el único
puerto de salvación que les queda a los
desgraciados; para ella no hay clases ni
distinciones, es la madre universal que
siempre clemente, perdona nuestros
desaciertos.

Dicen que la esperanza es la cadena
magnética que une a la tierra con el
cielo.

¡Bendita mil veces nuestra religión
porque de ella nace la esperanza, y la
esperanza es el bálsamo bendito que
cierra las heridas de nuestro corazón!

Amalia Domingo y Soler

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