Las niñas y las flores

¡Oh! Primavera, juventud del año.
¡Oh! Juventud, primavera de la vida,

Migusan

Nada más hermoso que las niñas y las flores; nada más encantador que una niña de quince años y una rosa en capullo. Están tan íntimamente unidas las jóvenes y las flores, que son una misma obra dividida en infinitos tomos, un mismo cuadro pintado con diversas tintas y distintos colores. La rosa retrata, tal vez mejor que ninguna, a la mujer, ha dicho un distinguido escritor. A nosotros nos parece que la variedad de las flores copia al natural la diversidad de sentimientos que caracteriza a las mujeres.

La violeta; esa flor sencilla y modesta, oculta en el follaje, es la mujer, recogida en el hogar doméstico, de humildes y dulces aspiraciones, la que reconcentra su pensamiento en el cariño de los suyos, la que para vivir le basta la tranquilidad y el recogimiento de su casa, la que en fin, no expone su hermosura a las miradas de la multitud.

La camelia: esa flor hermosa elegida por las bellas elegantes; esa flor de tan preciosa forma que se destaca erguida de su tallo, y balancea en el espacio su magnífica corola sin perfumar el ambiente, esa flor sin aroma es la mujer sin corazón; es la orgullosa coqueta que recorre el ámbito del mundo, sin dejar tras de sí el más leve e insignificante recuerdo de amor y de ternura, la mujer que se busca para el adorno de los salones y a la que se admira un momento para olvidarla después.

La camelia se busca en los palacios donde el sentimiento muere al nacer. Se la reservan magníficos jarrones del Japón y se exponen en las galerías que dan paso a los salones cuya espléndida hermosura admira la elegante y perfumada multitud; pero no la busquéis en el misterioso gabinete que reserva la mujer para sus sueños y sus delirios, ni en el blanco dormitorio de la casta virgen donde sólo encontraréis lirios y azucenas heliotropos y jazmines, esas flores que hablan al alma y cuyos perfumes enloquecen nuestros sentidos.

La sensitiva: esa flor que al tocarla pliega su corola y aprieta sus pétalos, es el retrato fiel de esas mujeres que parecen creadas por las brisas de los lagos, de tez de nieve, de cabellos de oro, de talles flexibles como los lirios de los valles, de hermosos ojos velados por el llanto, esas creaciones de sensibilidad exquisita, esas almas desterradas del cielo que viven con una sonrisa y mueren por una mirada. La sensitiva y estas desgraciadas criaturas que viven solas y mueren mártires, son hermanas gemelas y una voz con dos ecos, un gemido en dos suspiros dividido.

La azucena: esa flor que se eleva orgullosa y gentil, con sus hojas de nieve y sus semillas de oro, es la mujer de una alma elevada y pura; de frente serena, que se presenta en el mundo llevando por escudo la pureza de su sentimiento y la grandeza de su alma.

¡Qué encantadoras son esas mujeres que se asemejan a estas níveas flores! Si fuéramos a describir detenidamente la semejanza y la unidad que reinan entre las flores y las niñas, sería cuestión muy larga muy profunda, y superior a nuestras fuerzas por lo cual sólo diremos para terminar estos pensamientos, cuanto nos agrada el adorno de las flores. Nada más poético ni más encantador, que entre más rizos de ébano una rosa blanca y oculto entre bucles de oro, un ramo de lilas.

En Andalucía, en esa tierra de promisión donde las flores de entre las piedras brotan, es donde mejor que en parte alguna saben las jóvenes coronar su frente de blancos jazmines y purpúreas rosas y compartían las hijas del pueblo que saben colocar con una inevitable gracia los rojos claveles que acarician sus hombros con languidez. Las andaluzas aman las flores hasta tocar en el delirio. Esas mujeres de imaginación ardiente y apasionada que han nacido y crecido en un vergel, miran las flores como una necesidad imperiosa de su vida; las necesitan en sus cabellos, en su tocador. En sus balcones son las mensajeras de sus amores, las que revelan sus sentimientos.

Los árabes en su significativo Selam cuentan una historia de amor y delirio, de recuerdos y de esperanzas. Las flores son las letras del divino alfabeto que tomó el Señor en los valles y en las hermosas, en los bosques y en las montañas. Las flores nos dan en su fragancia el purísimo aliento de Dios. Son el manto de gala con que se cubre la creación, son el último toque a los grandes cuadros de la vida. La desposada ciñe su frente de azahar que simboliza su pureza. Cuando los guerreros vuelven victoriosos de los campos de batalla, reciben ramos y coronas de flores por premio de su heroísmo. Las flores son la lengua universal. El español y el alemán, el francés y el griego reciben un ramo de flores como emblema de un vínculo de paz. ¡Bendita la primavera que derrama sobre la tierra sus inagotables tesoros!

Francisco primero decía que una corte sin mujeres era una primavera sin flores. Aquel gran rey resumía en su poético pensamiento los muchos volúmenes que se han escrito sobre las mujeres y las flores. Nada más triste que una flor arrancada de su tallo, muerta en la arena, y una frente de 15 años abrumada de dolor. Parece que el orbe se estremece en su base; parece que la naturaleza se conmueve para un choque violento y extraño, y todas sus leyes y sus costumbres contienen un terrible combate, dando por resultado la muerte del principio de la vida.

La mujer en su primera edad que generalmente está rodeada de los suyos, y que se contempla joven y hermosa; que vive bajo la benéfica sombra de sus padres, no comprende aún las terribles luchas de la vida. Por ley natural tiene que dibujar en sus labios la más dulce sonrisa. Brilla en sus ojos la paz de su alma. Cuando estos labios exhalan un gemido; cuando estos ojos derraman un copioso llanto; cuando vemos que el dolor se adelanta disputando sus derechos a la feliz ignorancia de la primera edad y a veces la pobre sucumbe en la lucha. ¡Cuán triste es contemplar su tumba!

La tumba de una niña encierra la felicidad de un hombre: encierra una familia que tal vez diera al mundo grandes hombres. Con la flor arrancada de su tallo por una mano despiadada, si por desgracia era la más lozana que la planta tenía y la que pudiera dejar mejor semilla. ¡Cuántos perfumes pierde el ambiente, y cuantas galas pierde el vergel!…

En el placer y en el dolor reina entre las niñas y las flores la unión más perfecta: unas y otras son el vestido de gala de la creación. Desgraciado de aquel que las mira con indiferencia. Para él el mundo no puede ser más que un desierto. Si en medio de las desgracias de la vida nos conmueve el aroma de las flores; si sentimos algo cuando cruzamos con nuestra planta por los vergeles, demos gracias al Eterno que aún deja en nosotros un sentimiento de ternura, un átomo de felicidad.

Amalia Domingo y Soler

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