Tapefobia

Lucas, 7:11-17

Cerca de diez kilómetros al sudeste de Nazaret, en la Galilea, existe aún hoy, casi en ruinas, la ciudad de Naim. El lugar entró hacia la historia cristiana gracias a un prodigio realizado por Jesús. Luego después del contacto con el centurión, el Maestro allí estuvo, en uno de sus acostumbrados viajes de divulgación de la Buena Nueva. Dos grupos se cruzaron: En una calle. Traía la Vida, se expresaba con buen ánimo, alegría, optimismo… Llegaba Jesús, acompañado de sus discípulos. El otro salía. Llevaba la muerte, marcada por la desolación y lágrimas. Partía el cortejo fúnebre del hijo único de una viuda. Jesús observó a la angustiada madre. Se compadeció de ella.

-No llores.

Agarrando el ataúd, haciendo parar el cortejo. Dirigiéndose al fallecido, le dice:

-Joven, yo te digo: ¡Levántate!

Eventuales circunstancias habrán considerado que aquel hombre se le calentó el cerebro ante el sol inclemente. ¡Deliraba! ¡Pero, para estupefacción general el fallecido se movió! Como si despertase de un sueño profundo, se sentó en la camilla y se puso a hablar. Imaginemos el asombro que causó. ¡Supremo prodigio, resucitar a un muerto! Emocionados, decían los presentes:

-Un gran profeta se levantó entre nosotros y Dios visitó su pueblo.

Nuevamente Jesús maravillaba a la multitud con sus poderes milagrosos, haciendo que alguien que volviera del viaje sin vuelta, la muerte.

***

En la actualidad, gracias a los avances de la Medicina, tenemos con frecuencia, en los hospitales, la experiencia de casi muerte. El infarto sufre parada cardiaca. ¡Muere! Los médicos atienden rápido. Usan modernos recursos para resucitar. Si el corazón no estuviera demasiado comprometido, podrá retornar a la vida. Algunos pacientes traen las significativas experiencias que experimentan durante esos dramáticos minutos.

• Se ven fuera del cuerpo, ligados a él por un cordón, no es raro, volando, observando la acción de los médicos.

• Viajan vertiginosamente dentro de un túnel.

• Reviven, en pocos minutos, las emociones de toda la existencia.

• Conversan con seres espirituales.

Esas experiencias son parte de mecanismos automáticos que envuelven la desencarnación, especie de preparación, tomada de la consciencia del Espíritu, en el retorno a la vida espiritual. Es activada ante la inminente muerte o cuando ella se realiza. Si el corazón vuelve a latir, inmediatamente el paciente pierde las precepciones espirituales, y despierta en el cuerpo. Las personas que pasan por la ECM encaran la muerte con serenidad. Fueron “hasta allá” Constataron que no es tan terrible como lo sitúa la imaginación popular.

***

¿Habrá ocurrido el ECM en el pasaje evangélico?

Nos parece que no. No había la costumbre de velar el cuerpo, que era sepultado luego después de muerto. Algunas horas habrían pasado desde el fallecimiento. Sin oxigenación, en virtud de la falta de circulación, las células celébrales mueren a partir de cuatro minutos, consumándose la muerte. Es irreversible. Admitamos que Jesús tuviese poderes para superar esa dificultad, pero es más probable que la “resurrección” del hijo de la viuda de Naim no hubiese sido un retorno a la vida física. Apenas un despertar. No estaba muerto. Se situaba en catalepsia, estado especial de sueño profundo, en que la respiración, los latidos cardiacos y las pulsaciones se vuelven tan sutiles que el individuo parece estar muerto, hasta con la palidez y la rigidez que caracterizan los difuntos. Jesús simplemente lo despertó, como haría en otras oportunidades con la hija de Jairo, jefe de la sinagoga de Cafarnaúm y Lázaro, hermanos de Marta y María, dos discípulos, en Betania.

El lector preguntará:

-¿Qué sucedería, sin la interferencia de Jesús? Simplemente el joven despertaría, antes o después de sepultado. En la segunda hipótesis, no le será agradable la experiencia…

***

Muchos sufren de tapefobia. Miedo de ser enterrado vivo. Frecuentemente, cuando abordo el asunto, en conferencias sobre la muerte, hay quien pregunta:

-¿Y si yo pasó por trance cataléptico y despierta en el tumba?

Acostumbro a responder que habrá dos consecuencias: Una mala, otra buena.

La mala: -Usted morirá, sin duda. En pocos minutos, sin aire, “estirará la pata”

La buena: -No habrá gastos con el certificado de fallecido, caja, velorio, enterramiento….

Esa experiencia desagradable puede ser evitada recurriendo al ataúd con un dispositivo especial para personas que sufren tapefobia. Si el supuesto difunto se mueve, despertándose, dispara una alarma que frustra el indeseable estado, avisando al enterrador de que alguien fue sepultado por equivocación. Solución más simple: colocar un teléfono móvil en el ataúd. Imaginemos un breve dialogo surrealista, bien capaz de matar de un susto al vivo que recibe la comunicación del “muerto”

-¡Diga!

-¡¡Oye!!

-¿¿??!!¡¡

-¡Estoy vivo! ¡Ven a abrir el nicho!

-¡Uaaaaiii!

***

Son numerosos los tapefobicos. Su origen puede estar en experiencias dramáticas, ocurridas en existencias anteriores. Enterramiento o sepultura en trance cataléptico. En épocas atrás, personas poderosas cultivaban el mal hábito de enterrar vivos a sus desafectos. No era extraño que los emparedaban, convirtiéndolos en cubículos, sin puertas ni ventanas, en túmulos de horror. Mujeres condenadas a la muerte preferían morir así, evitando la humillación de una ejecución pública, bajo el alarido de la multitud. Tales situaciones traumatizaban a la víctima, repercutiendo en vidas futuras. Lo más frecuente es que el Espíritu quede preso al cuerpo durante algún tiempo, lo que le impone la impresión extremamente penosa de enterrarlo vivo. Es la carga de personas presas a los intereses inmediatistas, los vicios y pasiones.

***

Hay, también, problemas relacionados con fantasías escatológicas. En otro día conversé con un Espíritu, en reunión mediúmnica. Estaba contrariado, agresivo.

-¡Usted no tenía el derecho de despertarme! ¡Debería de dormir hasta el juicio final!

El creyente imbuido en esa fantasía tiene dificultades para lidiar con la realidad espiritual. Permanece alienado.

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La dolorosa experiencia de ser sepultado vivo sucede, no es extraño, en epidemias y batallas. Había tantos cadáveres, que no siempre los enterradores improvisados se daban al trabajo de comprobar si el muerto estaba realmente muerto. Hoy hay mayor cuidado, evitando enterramiento indebido, envuelto en catalepsia. El médico, cuya presencia es exigida por ley para firmar el atestado de óbito, identificará fácilmente esa situación. Usando el estetoscopio, oirá los latidos cardiacos; examinando los ojos, verá que no hay midriasis, extremada dilatación de la pupila, caracterizando la muerte cerebral. Aparatos pueden ser usados, electroencefalógrafo, electrocardiógrafo, demostrando que el cerebro y el corazón están funcionando. No hay, por tanto, porque cultivar la tapefobia.

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Materialista persiguen la inmortalidad física. Apelan para la criogenia, el congelamiento del cadáver, con el objeto futuro de la resurrección, promovida a partir de los avances de la Ciencia. En los Estados Unidos hay firmas especializadas en mantener el cadáver “criogenizado” por el tiempo necesario, hasta que la Medicina descubra la cura para el mal que lo perjudicó y como reanimarlo. No es para cualquier difunto. Exige mucho dinero para garantizar, por tiempo indeterminado, mediante testamento, el congelamiento. Una empresa propone algo menos caro, aun así prohibitivo para difuntos de menos poder adquisitivo: la cabeza es cortada y congelada. Se concibe que en el futuro la Ciencia tenga condiciones para reanimarla y conseguirle otro cuerpo. ¡Jamás alguien perderá dinero apostando en la ingenuidad humana! La criogenia es un engaño. Consumada la muerte, se inicia el desprendimiento del Espíritu. Inútil, por tanto, preservar el cuerpo. Se habla de la criogenia en vida. En viajes espaciales, por ejemplo, el viajante, en plena vitalidad permanecería congelado por años, hasta completarse la jornada, preservando sus funciones vitales. Quedaría en estado de vida latente. Tal vez esa fantasía se transforme en realidad, en futuro remoto, pero no será buena experiencia para el Espíritu, ligado a un cuerpo congelado, vida suspendida. ¡Algo como vivir en un congelador!

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Mejor cuidar de otro viaje, que todos haremos. El retorno a la patria. No somos de este mundo. Venimos de la dimensión espiritual. Retornaremos en pocas décadas. Y es necesario que nos preparemos, superando el apego a las situaciones transitorias. Amenos a los familiares, cuidemos de nuestros quehaceres, estimemos la comodidad y el bienestar, preservemos la salud, pero consideremos la transitoriedad de todo eso, cultivando valores de conocimiento y virtud, que las polillas y el orín no destruyen ni los ladrones roban, como enseña Jesús (Mateo 6:19) Entonces, desaparecerán temores u dudas.

Tranquilos y con confianza en Dios, preparados para una existencia mejor, podremos repetir como el apóstol Pablo (I Cor. 15:55):

-¿¡Donde esta, muerte, tu aguijón!?

Richard Simonetti
Extraído del libro “Livro Tua Fé te Salvou!”
Traducido por Jacob

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