Los café dramáticos

Hace algún tiempo que, para desdoro de las letras y baldón del Teatro Español, se han establecido en la corte los cafés dramáticos; estos están situados la mayor parte en barrios apartados, donde acude una sociedad extraña, que forma un cuadro de tan diversos y abigarrados colores, que no tiene un tinte determinado: el único matiz que más resalta, es la ignorancia y la estupidez. Son verdaderamente curiosas estas reuniones, donde reina una libertad de mal gusto, y donde se observan costumbres viciadas y de tristísima perspectiva para el porvenir.

¿Qué ejemplo de moralidad, qué nociones de ese pudor instintivo, recibirán las niñas que, no teniendo madres más que en el nombre, madres que no comprenden su verdadera misión en la tierra, las abandonan en medio de una multitud, cuyas palabras, las más veces, lastiman y ofenden por su forma y por su esencia? ¿Qué aprenderán, repetimos, estas desgraciadas criaturas en esas horas que debían consagrar al tranquilo sueño de la inocencia? ¡Pobres flores, marchitas por la atmósfera impura de los cafés! En tanto, las mujeres que llevan el nombre de madres se sitúan lo más cerca que pueden del escenario, y sostienen entretenida plática con los actores, regañando de vez en cuando a sus hijas porque alborotan demasiado…

Se levanta el telón, y se pone en escena la segunda comedia. No dejamos de comprender que esta clase de diversiones proporciona una económica distracción a aquellos que, por desgracia son en gran número, carecen de la fortuna necesaria para poder pagar el alto precio de los buenos teatros, que muchos desgraciados, por convertirse en ejecutores de nuestras buenas producciones, ganan el sustento para sí y para los suyos, razón por la que sigan en buena hora esa clase de espectáculos, pero respeten siquiera las grandes obras de nuestros primeros autores, no arrastrando por el lodo las sublimes inspiraciones de nuestros poetas.

Galerías dramáticas, empresas o sociedades a quien corresponda, deben dar una orden terminante y severa, que por amor al arte, por el buen nombre del Teatro Español, no puedan ponerse en escena, en esos miserables y pobres escenarios de los cafés, dramas como Flor de un día, y otras bellísimas producciones, que destrozan sin piedad, que ridiculizan por completo, excitando esas escenas de tanto sentimiento y de interés tan palpitante, la risa, la befa, el escarnio. Es doloroso para un alma entusiasta presenciar esas escenas, donde no se sabe quiénes son los más ignorantes, si los actores o el auditorio; creemos serán los primeros, los cuales lloran haciendo contorsiones y gestos extravagantes; y los segundos se ríen estrepitosamente, exclamando: ¡No te mueras tan pronto!… ¡Qué no te dé tan fuerte! ¡No vale tu trabajo los 16 reales que te dan!… Y otras bellezas por este género.

Vergonzoso es que en la corte de España haya esos centros, que dan una idea tan pobre y tan triste de nuestra civilización. A esto dirán algunos: «¿Y el pueblo, qué entiende?» Y nosotros contestamos: «Pues al que no sabe es al que es necesario enseñar; y además, que el pueblo, esa mitad de la humanidad, tiene la verdadera comprensión que se necesita, tiene la poesía instintiva de su corazón, y como prueba de ello, diremos que cuando asisten a las representaciones de esos sencillos cuadros, de esas ligeras comedias de costumbres, se ríen, pero es de placer, de tranquila expansión; y cuando presentan ante sus ojos esa escenas violentas, de fuertes pasiones y de enérgicos sentimientos, donde se pone en relieve otra vida y otro mundo, entonces se ríen, pero se ríen con menosprecio, diciendo muchas veces:

¡Estas cosas no son para aquí!… ¡Los papeles se los han aprendido de memoria!… ¡Míralos… ellos no sienten lo que dicen!…  Sus sencillas palabras encierran más lógica que el artículo que venimos escribiendo.

El pueblo ha sido el primer poeta del mundo, y su natural inteligencia se rebela contra esos espectáculos que degradan nuestras letras. Mucho pudiéramos decir; pero los estrechos límites de un periódico no nos permiten extendernos más; estamos seguros que la mayor parte de nuestros lectores dirán: «La cuestión es divertirse, y en consiguiendo este objeto, poco importan los medios». Y guiados de esta torpe idea, los poetas escriben bufonadas, unas buenas y otras muy malas; profundos críticos se entretienen en escribir poesías amorosas, donde amor y aguador forman consonantes, y otros adelantos de este género; en fin, sea todo por Dios; dicen que estamos en el siglo de las luces, y según nuestro parecer, es la época de las anomalías; nunca se han visto invenciones tan grandes unidas a cosas tan pequeñas.

Una idea se nos ocurre: nuestros autores dramáticos sin duda habrán asistido alguna vez a las divertidas funciones de los cafés, y viendo que no respetan cual se debe las sublimes y gigantes inspiraciones de genios eminentes, se habrán dicho para sí:

¡Pues señor, escribiremos paparruchas, que por un contraste singular se unen perfectamente en nuestros días con los viajes aerostáticos!… ¡Con las perforaciones de las montañas!… ¡Con los cables submarinos!… ¡Con los ictíneos!… Y con las exposiciones universales. Y ya que por un lado se adelante, justo es que por otro se retroceda; y de este modo la perfección de la humanidad se parecerá a la tela de Penélope, que nunca se acababa: así los hombres… ¡Así están las grandes inteligencias!… Jugando al tira y afloja.

Los unos se elevan hasta perderse en el cenit.

Los otros se hunden hasta confundirse en el oscurantismo. Poetas, escritores, acordaos por un momento de nuestras glorias literarias, del buen nombre del Teatro Español, y poned un dique a los abusos que se cometen en los cafés dramáticos.

Amalia Domingo Soler

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