Hace tres años…

¿Quién podría imaginar que todo sucedería de esa manera, con su madre tan lejos?

Luana se estaba recuperando de la exitosa cirugía, que finalmente detendría su sangrado. El viaje, programado hacía muchos meses, podría concretarse. Su madre dudó si debería irse. Sin embargo, la familia insistió. Los muchos meses de hospitalización, las noches de insomnio, los cuidados constantes de la pequeña enferma la habían agotado demasiado. Ella necesitaba relajarse un poco y descansar, reponer sus energías. La abuela y las tías continuarían cuidando bien a Luanita. Y después de todo, solo serían tres días. ¿Qué podría pasar en tan poco tiempo?

Y Luciana fue con su hermano Paulo a la casa de una prima en Salvador, Bahía. Por la noche, la noticia de que todo estaba bien con Luana le valió unas buenas horas de sueño. Al día siguiente, mucho sol, calor y un paseo al Farol da Barra… y ahí fue donde llegó la llamada. Luana no estaba bien. ¡Ella te necesita! ¡Ven pronto! – Fue lo que le dijo la madre.

Luciana sintió que algo grave le había sucedido a su tesoro. Mientras corría hacia el aeropuerto, Paulo fue a buscar las maletas a la casa de su prima. La sensibilidad de los asistentes en el mostrador de la aerolínea fue emocionante, ante la desesperación de Luciana. Más tarde ella llamaría a ese día el más agonizante de su vida. Mientras esperaba el vuelo, que tardaba, se preguntaba si llegaría a tiempo. Entonces, ella rezó y sintió la presencia de sus amigos espirituales, inspirándole calma. Finalmente, llegó al hospital y nunca, en todos los meses anteriores, se había preparado tan rápido para ingresar a la UCI. Arrancó literalmente los pendientes, el reloj, se cambió la ropa…

Aún en el ascensor, contestó la llamada: ¿Dónde estás? Por la voz angustiada, se dio cuenta de que el tiempo corría más rápido que ella.

¿Ella ya se fue? – Preguntó Luciana entre lágrimas.

Todavía no se ha ido, pero se está yendo…

Y su bella princesa estaba allí. Conectada a máquinas, esperando la llegada de la madrecita. Luciana cantó todas las canciones que le gustaban a su hija. Contó todas las historias de las que se acordaba. Luego, con lágrimas de dolor, le susurró al oído:

Querida hija, puedes irte. Mamá estará bien. Todos estaremos bien.

Fue un momento hermoso. Padres, abuelos, tías, alrededor de aquella cama, tomados de la mano. Como si cada uno quisiera infundir fuerzas a los demás. O tal vez porque querían formar un cordón protector para Luanita. Luego, ella se fue… Suavemente, se desprendió. La madre la tomó en sus brazos, la acunó por última vez y le dijo:

– ¡Ve con Dios, mi amor! ¡Hasta pronto! Mami irá a tu encuentro…después.

* * *

Pasaron tres años. En el aniversario de su fallecimiento, su madre le escribió diciéndole sobre el anhelo, el dulce dolor del anhelo, que nunca cesa. Pero, como le prometió, ella está bien. Espera el momento del reencuentro, que tendrá lugar algún día.

Espera el momento en que podrá abrazar nuevamente a Luana, que debe estar en el jardín de Dios, haciendo travesuras. Ahora, sin dolor, sin enfermedad, es una flor que florece en la Espiritualidad.

¡Qué dulce es el consuelo de la Inmortalidad!

Redacción del Momento Espírita, con datos recogidos de Luciana Goldschmidt Costa.

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