A la Virgen de la Misericordia

Me cuentan las reusenses madres mías,
que cuando a ti en la noche solitaria
te demandan consuelo en su agonía,
que nunca tu desoyes su plegaria.

Dicen que de la peste asoladora
están libres por ti de sus rigores
y que les das la lluvia bienhechora
para que obtengan en sus campos flores.

Y óptimos frutos cuya gran riqueza
proporciona al país vivir tranquilo
que a tu misericordia y a tu largueza
le deben los más pobres un asilo.

Que cuando el eco del cañón retumba
y en su estampido dice guerra a muerte;
tú no dejas jamás que uno sucumba,
de los hijos de Reus, la ciudad fuente

Tu amparo maternal nos das en vano,
porque ellos con sus nobles oraciones
al enemigo miran como hermano
cuando ve que te ofrece adoraciones.

Y por más que aborrezcan al contrario
si este toma una vez agua bendita
en la fuente que tiene el santuario
donde tu aparición se encuentra escrita.

Si tuvieran mil vidas las perdieran
por salvar de aquel hombre la existencia,
bajo tu protección le consideran
y acatan tu grandiosa providencia.

No hay madre, no hay esposa, no hay hermana,
que al sentir un pesar a ti no acuda;
pues saben que tu diestra soberana
consuelo les dará, no tienen duda.

Y buenas y piadosas y creyentes
te ofrecen de sus joyas la valía,
tu admirable diadema de pendientes
encierra todo un mundo de poesía.

Los sueños de amor y sus primicias,
la hermosa juventud con sus placeres,
encantos, esperanzas y delicias,
te dieron al decir: ¡Bendita eres!

Un soldado valiente y generoso
que en africana tierra combatía,
al volver a su patria victorioso
en su pecho una cruz se distinguía;

El recuerdo de un hecho esclarecido,
la herencia más querida del soldado,
a tus plantas la puso conmovido
diciendo con acento entrecortado:

«Madre de los reusenses: a ti llego
al terminar gozoso mi jornada;
cuanto gané en la guerra te entrego;
no apartes de mi tu mirada».

Un bravo general que vio este hecho,
dijo: ¡Le ha dado lo que más quería!
y arrancando una placa de su pecho
la depuso a tus pies con alegría.

Cuando vio de pendientes
comprendiendo el valor de aquella alhaja,
replicó: «Si te dan esos presentes…
¿Qué importa que te ofrezca yo mi faja?»

Es la primera ceñí señora:
guárdala tu para memoria mía,
que lo que yo he sentido en esta hora…
no lo sentí jamás, Virgen María…

Todos te ofrecen su recuerdo santo
y yo que para verte solo vengo,
te daré dulces notas de mi canto,
única cosa que en el mundo tengo.

Te daré mi plegaria dolorida
que elevaré en la noche sosegada,
ardiente con voz entristecida
el llegar al final de mi jornada.

Triste y sola la tierra voy cruzando
y no hallo en mi camino más que abrojos,
solo en la tierra ya me va faltando
hasta la luz de mis dolientes ojos.

Si se cumple la horrible profecía
de quedar reducida a la impotencia,
no me dejes vivir, no, madre mía:
¡Será entonces tan triste la existencia!

Aves, flores, praderas y montañas;
el mar, el cielo, cuanto encierra el mundo…
Tomarán ante mí formas extrañas
evocadas del caos en lo profundo.

Dicen que tú consuelas al que llora
y que difundes en su vida calma;
por eso a ti mi corazón te implora:
¡Consoladora Virgen de mi alma!

Amalia Domingo y Soler

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