Impresiones de viaje

A mi mejor amiga la Sra. Dña. Prudencia Zapatero de Angulo.

Amiga mía: Hace largo tiempo que deseaba dedicarte un recuerdo y nunca mejor ocasión que ahora que me encuentro en un país extraño, aislada con mis pensamientos. Ha dicho un distinguido escritor “que nada más triste para el viajero que llegar a una ciudad donde no se comprende el idioma de sus habitantes”, y tiene muchísima razón, si con el transcurso del tiempo se llega a hablar la lengua universal, serán mucho más gratos los viajes.

La comunicación de ideas es tan necesaria a la vida, como el alimento que nos da la fuerza material. ¡Los pensamientos encerrados en la mente son como la flor arrancada en capullo que por hermosa que sea, muere envuelta en el sudario de sus marchitas hojas y de nada ha servido su existencia en el mundo…!

El viajero que llega a una tierra extraña y no puede decir a sus moradores la impresión que ha sentido al visitar sus templos, y al contemplar su cielo… ¿Qué bien le resulta de estas muchas entrevistas? Ninguno. El acaso reúne a algunos miembros de esa gran familia que se llama humanidad, se miran un instante con una leve curiosidad y se separan con la mayor indiferencia, sin haber sentido nada los unos por los otros: he ahí un tiempo precioso que se ha perdido sin dejar huella.

Los paseos públicos, son el gran escenario donde se ejecutan las pantomimas sociales, y mi espíritu observador me ha conducido siempre a esos teatros al aire libre, donde simultáneamente desempeñamos los papeles de actores y espectadores… En ninguna parte mejor que en los paseos, es donde se conoce la tendencia de los pueblos. Los pocos paseos que he visto me han fotografiado fielmente el carácter de aquellos que le construyeron. Dicen que el estilo es el hombre, y yo digo que las obras que salen de su mano, son el reflejo de sus gustos y de sus deseos.

El paseo más hermoso de Sevilla está situado a las orillas del Guadalquivir, los jardines del palacio de San Telmo con sus bosques de naranjos y limoneros entregan a los vientos su embriagador perfume; las acacias inclinan sus copas cargadas de flores sobre el margen del río. En la orilla opuesta, se levanta con sus ennegrecidas torres el convento de los Remedios, y su extensa huerta ostenta sus innumerables cipreses y las rosas de Alejandría. En el río se balancean barcos de todos los países; dilatadas vegas tapizadas de verde, presentan en lontananza humildes chozas y alegres pueblecitos; en aquel paisaje todo es apacible y risueño; es un paseo que impresiona dulcemente y que hace mirar la vida por su lado más bello; allí no se encontrarán maravillas del arte, sino una vegetación rica y lozana.

Sevilla es un gran pueblo puramente agrícola, le basta con su riqueza propia. Su mejor paseo es risueño como ella, lleno de luz, de flores y armonía. En Cádiz, en esa preciosa ciudad que fue el emporio del comercio un día, se nota en sus paseos que falta espacio, con pequeñas plazas rodeadas de parterres a la inglesa; allí se ve el trabajo del hombre, pero no la fecundidad de la naturaleza. Cádiz es una población mercantil, y en sus sitios de recreo, parece que se encuentra algo de los estrechos límites de sus libros de caja.

Santa Cruz de Tenerife, es una Isla, cuyos hijos indolentes y apáticos, conservan algo del carácter misterioso de sus antecesores los guanches, y generalmente no pasean sino de noche, pues dicen que es por efecto del clima, pero no es así, puesto que las peninsulares salen por la tarde y no sienten la menor fatiga, es sólo una costumbre hija de su carácter retraído.

Madrid con sus fastuosos palacios, sus magnates, sus altos funcionarios y sus innumerables empleados y periodistas, con su luz y sombra, con su risa y llanto, tiene su aristocrático paseo de la Fuente castellana con dilatadas alamedas, cuyas vegetaciones tísicas han trocado a fuerza de oro los débiles arbustos en árboles gigantes; de una tierra seca y arenosa, han hecho brotar musgo y flores: allí el dinero ha hecho prodigios; allí está el lujo en todo su esplendor: allí se presenta la opulencia fastuosa, incitativa. En un día de invierno el paseo de la Fuente castellana,es la fotografía más exacta de la coronada villa.

Magnificas carretelas con briosos alazanes y muelles almohadones donde se reclinan graciosamente elegantes damas vestidas de terciopelo y pieles; junto a estos carruajes blasonados con los primeros escudos de España, hacen triste y ridículo contraste los coches de plaza con sus jamelgos espirantes y sus cocheros casi entontecidos. Apuestos caballeros montados en caballos ligeros como el viento, se ven cruzar constantemente; también se ven mujeres lujosamente ataviadas que miran con desdén a los hombres, cuyas botas deslucidas y raído gabán demuestran que no cobran del presupuesto. Allí está la vida vertiginosa con su movimiento y su ruido; allí todo es hermoso, aparte de algunos claros oscuros que vienen a aumentar si se quiere el atractivo de los contrastes en el cuadro social que se traza a grandes rasgos en el aristocrático paseo de la Fuente castellana. En Madrid sostienen una lucha a muerte el lujo y la miseria, y hasta en sus paseos se ve la esterilidad de la tierra y la fecundidad que le ha prestado el oro.

La fabril Barcelona, con su desagradable ruido de carros y martillos, tiene también su paseo fotográfico. La Rambla con sus vendedores de puestos ambulantes, sus anuncios a voz en grito, sus ómnibus, y una infinidad de sonidos a cuál más discordes, con una multitud de transeúntes que atropella sin miramiento alguno. En Barcelona no se han cuidado de hacer un paseo para el viajero, porque el trayecto que hay de la ciudad a Gracia, si bien es un camino agradable por su buen piso y las preciosas casas que se ven diseminadas por la llanura, no hay jardines para los transeúntes, no hay nada delicioso para el viajero.

Las cascadas, los bosques y las flores, las guardan para sus torres o sean casas de campo. En Sarriá, San Gervasio y otros mil pueblecitos se encuentran quintas deliciosas; hay algo de oriental en sus costumbres. En la Rambla no se ve más que en pequeñas proporciones comprar y vender, movimiento mercantil; y sin embargo este paseo es el preferido generalmente por los barceloneses; aquella extensa calle la presentan con orgullo, aquella calle retrata el país.

¿De Tarragona que te diré?… Apenas la he visto. En su antigua Catedral he orado un momento y la visitaré mucho porque creo que tiene grandes cosas que admirar. Siguiendo mi antigua costumbre, fui al paseo que prefieren en el invierno que es el muelle; extenso y dilatado con una vía férrea para conducir el material los presidarios, parece un inmenso buque de piedra; las olas casi siempre embravecidas se estrellan contra él, es el paseo que más me ha impresionado de cuantos he visto; allí se ve todo cuanto puede hacer la inteligencia y el trabajo del hombre que es construir cimientos en el fondo del mar.

En este paseo no se ven más carretelas a la dumont que los buques surtos en bahía. Aquí no hay sillas que guardan secretos de historias amorosas; no hay más que rocas que reciben la espuma de las olas. Habrá pocos paseos en el mundo en que se piense más en Dios y en la eternidad. En la vida todo pasa velozmente: la juventud, la hermosura, los afectos y con ellos la felicidad. En medio del muelle, viendo aquella inmensidad cuanto la vista alcanza, escuchando el murmullo de las olas… ¿Qué criatura un poco pensadora no murmura así: He aquí la imagen de la eternidad?

Este es un paseo amiga mía, que tu frecuentarías con el mayor placer, estoy segura de ello; en él se olvidan las tres épocas de la vida, el ayer, el presente y el mañana. Aquí comprendemos nuestra pequeñez, aquí no se duda como dudaba aquel sabio alemán a quien oímos tú y yo decir, «que no estaba conforme con que al hombre no le concedieran más que cinco sentidos y con ellos poder comunicarse con espíritus que habitan otro mundo, porque entonces, o Dios era muy pequeño o el hombre muy grande y él no podía creer lo primero, y dudaba mucho de lo segundo».

El sabio alemán dice gran verdad: aquí se comprende que la criatura es un átomo y que los habitantes de este mundo, no somos más que granos de arena que marcan las horas en el reloj de la vida. Adiós hermana del alma: las primeras impresiones que he recibido en este extraño suelo, a ti las dedico. ¿Y quién como tú las comprenderá…?

Los que no me conocen, no encontrarán en estas líneas más que absurdas apreciaciones. Me cuido muy poco de la opinión general; si tú me dices en tus cartas que deseas venir a pasear conmigo en el muelle de Tarragona, habré realizado mis sueños.

Amalia Domingo y Soler

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