Pitágoras y las vidas sucesivas

La suma del cuadrado de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa. ¿Catetos? ¿Hipotenusa? Ciertamente el lector no familiarizado con la geometría reclamará:

-¡Eso es griego para mí!

Realmente, es cosa de griego, del genial Pitágoras (580-500 a.C.), estableciendo las relaciones entre los lados del triángulo rectángulo. A partir de esas elucubraciones inaccesibles a los iniciados, él y sus discípulos demostraron que las leyes que rigen el Universo pueden ser expresadas en términos matemáticos. Toda la física se estructura en ese principio y la propia Teoría de la Relatividad, de Albert Einstein (1879-1955), que revoluciono la Ciencia, se expresa en un enunciado matemático: E = mc2.

Como todos los grandes filósofos griegos, Pitágoras viajó por los dominios del Espíritu. Concibió la inmortalidad y las vidas sucesivas. Las almas retornan a la carne indefinidamente, en incontables existencias, hasta alcanzar un grado de aprendizaje que les permita armonizarse con el Universo, para vivir en altos planos del infinito. Comentan detractores que Pitágoras enseñaba la metempsicosis, la transmigración de las almas en cuerpo de animal. Miembros de la escuela pitagórica no comían carne. Se afirmaba, jocosamente, que no lo hacían para no correr el riesgo de servirse del cadáver de un familiar desencarnado.

-¡Cuidado! ¡Puede ser mi bisabuelo!

En verdad, la metempsicosis es anterior a Pitágoras. Estaba diseminada en la cultura popular, pero no era parte del círculo de los iniciados pitagóricos, tanto, que Hierocles, uno de sus discípulos, esclarece: Aquel que espera ser puesto en el cuerpo de un animal, después de la muerte, tornándose destituido de razón por causa de sus vicios, o en una planta por causa de su embotamiento y estupidez, esta infinitamente iludido, y absolutamente ignorante de la forma esencial de nuestra alma, que jamás se puede modificar, siendo y continuando a ser, siempre, hombre.

Se dice que alguien se torna dios o bestia, conforme sus virtudes o vicios, aunque en su naturaleza no pueda ser ni una cosa ni la otra; apenas por la semejanza que tenga con uno o con otra. Realmente es fácil identificar algunos comportamientos bestiales en la sociedad humana:

•Feroz como un león.

•Venenoso como una serpiente de cascabel.

•Indolente como una pereza

•Hablador como un papagayo.

•Inquieto como un macaco.

•Obstinado como una mula.

•Comilón como un puerco.

Tales flaquezas no nos precipitaran de retorno a los reinos inferiores, en futura reencarnación, aunque debamos reconocer que mucha gente lo merece. Ellas nos dicen que aún hay mucho de animalidad primitiva en nuestra personalidad. Según la Doctrina Espirita todos los seres vivos tienen un principio espiritual, sea un árbol, un animal, un pez, un insecto… Está sometido a leyes de evolución, que a lo largo de los milenios le darán la complejidad necesaria para la conquista de la razón y del libre albedrío. Surgirá, entonces el Espíritu, el ser dotado de la capacidad de pensar, según define la pregunta 76, de El libro de los Espíritus. A partir de ese aprendizaje, deja de ser conducido y pasa a conducirse con sus propios recursos, valorizando sus adquisiciones.

Firmase como una individualidad, un hijo de Dios, dotado de sus potencialidades creadoras, a su imagen y semejanza, como esta en la expresión bíblica. Conquistada la razón, transformados en Espíritus, en una transición definitiva que ocurre en otros planos de la Creación, jamás retornaremos a la irracionalidad. La Ley Divina no admite retrocesos. Este es un precepto tan perfecto como los postulados matemáticos enunciados por Pitágoras. Está presente en la máxima atribuido a Allan Kardec:

Nacer, vivir, morir, renacer y progresar siempre. Esta es la Ley.

Richard Simonetti
Del libro “Livro Luzes no Caminho»
Fragmento traducido por Jacob

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