Confidencias familiares

Lamartine ha escrito sus memorias bajo el epígrafe de Las confidencias, y desde entonces este género de escrito, se hageneralizado de tal modo, que todos queremos participar a los demáslo que sentimos, lo que soñamos, nuestra vida en fin; y a pesar de que la guerra hace ensañarse a los unos contra los otros, ha llegado a tal extremo la familiaridad entre los hombres, que no hay un pensamiento, ni la más leve idea, que no nos apresuremos a confiarla a ese amigo universal, que unos llaman masa leyente y otros público ilustrado. Siguiendo la costumbre general, voy yo también a decir lo que siento cuando muere el día: no pienses lector o lectora, que voy a describir las bellezas del crepúsculo vespertino; primero por la sencilla razón de que otros muchos se han tomado ese trabajo, y segundo, porque estoy convencida que ese cuadro ni se copia, ni se explica.

Al anochecer es una hora que por una combinación física y moral, nos entregamos casi siempre a la contemplación, y en esta tarea intelectual el pasado toma una parte muy activa.Dicen que lo que se tiene de sobra causa hastío, y aunque esto no hace mucho honor al género humano, es necesario confesar que las más de las veces es cierto. Yo por mí puedo decir, que habiendo tenido la fortuna de nacer en un vergel, mi vida se ha deslizado en su mayor parte contemplando jardines. Las flores han sido mis juegos de niña, mi adorno de joven, y mi más pura afección en la mitad de mi vida.Hoy siguiendo en esto mi buena estrella, mi morada se encuentra rodeada de jardines y bañando sus muros el mar; pues bien, a pesar de mi decantada afición a las flores, prefiero contemplar al piélago azulado cuando el sol deja nuestra zona. He aquí una prueba clara y evidente de la inconstancia humana ayer las flores eran mi vida, hoy el mar es mi adoración. En el mar renace mi fe, el rumor de sus olas me dice, me inicia en otro mundo sin época determinada, sin tiempo conocido, sin límite prescrito.

Hace algunos días que un nuevo objeto distrae mi atención y me ocasiona un dolor sin nombre, y me inspira un profundo desdén a las leyes de la tierra. Un puñado de hombres de color cetrino y torva mirada, cruzan todos los días por delante de mí balcón: son los confinados en el presidio de Tarragona; las sinuosidades y recodos que forma el terreno, les hace aparecer a alguna distancia con la misma figura de una serpiente, y el roce de las cadenas parece el silbido estridente de las boas. Por una atracción involuntaria miramos con afán lo que nos hace sufrir. La vista de los presidarios me impresiona penosamente, tras de ellos veo las sombras de sus víctimas, y en confuso panorama escenas de barbarie y de impiedad; pero estas imágenes se alejan y contemplo ante mí aquellos seres que la desgracia, la miseria o la fatalidad los hizo malvados, asesinos tal vez, y la justicia humana los ha convertido en idiotas, cuidándose nada más que de dar trabajo al cuerpo para embotar su inteligencia con la fatiga, descuidando enteramente la parte moral, considerando de esta manera a una criatura imagen de Dios, como a una cosa, como a una cifra.

Cuando un acusado entra a presidio, odia a un número determinado de sus semejantes, pero cuando sale de él es un enemigo universal de toda la humanidad. Las penitenciarías de hoy convierten a los hombres que tienen la desgracia de entrar en sus recintos en más malvados de lo que son: véase si los crímenes más horribles, los atentados más espantosos, no se cometen casi siempre por los desertores o cumplidos de presidio. La pena de muerte es un delito de lesa humanidad, y en las casas de corrección regidas del modo ordinario que se suelen regir en casi todos los países, se comete un crimen de lesa eternidad. En el reino lusitano se ha suprimido la pena de muerte física, pero no ha llegado a mi noticia si han pensado en la muerte del alma. ¿Qué importa que no destruyan la materia del hombre, si le niegan la existencia del alma? Un trabajo superior a sus fuerzas, una mezquina alimentación, y un trato duro y grosero, no son los medios suficientes para hacer comprender a un hombre, la existencia de Dios.

Cuando un penado entra a sufrir su condena, se debía estudiar detenidamente su carácter, no prejuzgarle por el crimen que cometió, hijo muchas veces de circunstancias

dadas; según las tendencias que manifestara, dedicarle a una ocupación que desarrollara sus facultades intelectuales y le pudiera hacer tal vez útil a la sociedad, dejando los trabajos penosos para aquellos seres de dudosa naturaleza que ocupan un lugar extraño entre el hombre y el bruto. ¿De un criminal que es lo que se quiere obtener? El arrepentimiento, porque de los arrepentidos la iglesia ha hecho santos. ¿Qué fue San Dimas? Un ladrón. ¿Qué fue la Magdalena? Una Mesalina, y sin embargo Dios los ha querido, los ha llamado hasta él. De las comparaciones brota la luz del crimen a una vida abyecta y miserable, nace el error, el ateísmo y cuando de vez en cuando esos desgraciados escuchan la palabra del señor, nada comprenden ni nada ven. ¿Por qué es el hombre la imagen de Dios? Por la privilegiada inteligencia que el rey de reyes pudo darle. ¿Pues entonces porque todas nuestras aspiraciones no van dirigidas a pulimentar ese diamante que muchas criaturas conservan en bruto?

¡Leyes humanas! Aplicables más bien a las fieras que a los hombres.

El triste sonido de las cadenas hiere mi oído: los confinados pasan ante mi balcón.

¡Cuán lejos están ellos de pensar que yo les dedico estas líneas!…

Ya vuelven a su encierro, para ellos el hogar doméstico es un mito, la familia un accidente secundario, Dios un nombre.

Ya se alejan… se pierden, en las sombras, se confunden… El mar está en calma, todo convida al reposo: ecos perdidos, sonidos inarticulados llegan hasta mí. ¿Quién los produce?… ¿Es el mar?…

¿Es la tierra?… ¿Es el vacío?…
¿De quién son esos lamentos?…
¿Quién profiere esos gemidos
que llegan a mis oídos,
con inconcebible afán?

¿Sois quizá generaciones
que se tocan y se alejan….
¿Los que han de venir, se quejan…
O lloran los que se van?…

¡Dios omnipotente y bueno:
si es verdad que tú me escuchas
y sabes las grandes luchas
que en mi existencia sufrí….

Revélame lo que siento
cuando las sombras extiendes,
(Si es que tú hasta mi desciendes,
o si llego yo hasta ti!)

Amalia Domingo y Soler

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