Las leyes

Nuestra humanidad puede ser comparada a un niño. Cuando pequeño, los padres le enseñan varias reglas de conducta: no puede golpear al hermanito, no debe quitar nada a los otros, no debe romper las cosas, ni poner el dedo en el enchufe; no debe decir nombres feos etc. Si no obedece, los padres lo castigan, a fin de corregirlo. Al crecer un poco más el niño ya comienza a seguir aquellas reglas para huir de los castigos, o para agradar a los padres, por amor a ellos. Al alcanzar la edad adulta, ya pasa a guiarse por las leyes comunes, no más por temer castigos o para agradar a los padres, sino por comprender que ese es su deber; que las leyes existen para cuidar sus propios derechos y preservar los ajenos.

En la infancia de la humanidad la administración espiritual de la Tierra envió a Moisés, que recibió en el monte Sinaí los Diez Mandamientos y creó una serie de leyes muy severas, propias para educar aquel pueblo orgulloso e indisciplinado.

Con miedo a los castigos divinos los seguidores de Moisés, o sea, los israelitas, procuraban obedecer y, de esa forma, se iban acostumbrando a la idea de que no debían matar ni robar; que debían respetar las cosas sagradas, adorando solo a un Dios; que necesitaban respetar y honrar a sus padres, cuidar de la higiene personal y de la comunidad, no debían mentir, ni perjudicar al prójimo, y así por delante. Eran las leyes de la DISCIPLINA, la Primera Revelación traída a aquella parcela de la humanidad.

Cuando ya habían asimilado las ideas de justicia y disciplina vino Jesús, el Sublime Espíritu, trayendo la ley del AMOR, la Segunda Revelación. Los hombres comenzaron entonces a aprender que debían amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo; ser más tolerantes, más humildes y mansos, aprendiendo a perdonar todas las ofensas.

Esas ideas se esparcieron entonces por la Tierra a la luz del Evangelio, creciendo en los corazones de las personas y, hoy, la humanidad, ya más madura, está capacitada para comprender y adoptar la ley del DEVER, cuyo conocimiento fue traído a la Tierra por Allan Kardec, en la mitad del siglo XIX, con la codificación de la Doctrina Espirita, o sea, la Tercera Revelación.

Esa Doctrina vino a enseñar que, para nuestro propio bien, debemos obedecer las leyes divinas, porque todo lo que hacemos es simiente que plantamos, y cuyos frutos tendremos que recoger. Si actuamos de acuerdo con esas leyes, amando a Dios y al prójimo, respetando sus derechos, así como la propia vida, vamos a recoger felicidad, salud y bienestar, tanto en esta, como en las futuras encarnaciones. Pero si actuamos en desacuerdo con ellas, iremos a responder por nuestros actos.

El Espiritismo nos dice y prueba que Jesús no fue apenas el mártir de la cruz, sino encima de todo el Gran Científico que vino a enseñar la ciencia del bien vivir.

OBS. Cuando hablamos de la evolución a través del Evangelio no queremos excluir religiones que adoptan otros modelos, porque Dios siempre envió a la Tierra espíritus superiores con la misión de enseñar una ética de vida que no es solo de Jesús, porque es una ley cósmica.

Conoce más sobre estos asuntos leyendo El Libro de los Espíritus. Este libro contiene 1.018 preguntas hechas a los espíritus superiores y sus respuestas, más allá de los comentarios de Allan Kardec.

Extraído del libro «Nosotros y el Mundo Espiritual»
Autora: Saara Nousiainen

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