Espronceda

Ha dicho un escritor francés, que la mujer no tiene más edad, que la frescura de su tez, la vivacidad de sus ojos, el color de sus cabellos y la flexibilidad de su talle: que la belleza es la que constituye la juventud. No estamos conformes en todo con esa opinión: cierto que la hermosura puede dominar los años; pero estos últimos tienen decepciones, ingratitudes y desencantos, y no bastan todas las gracias de Venus para borrar las huellas de las lágrimas. La virginidad del alma es el germen fecundo de eterna juventud…

¿Y qué mortal será tan dichoso que al llegar a la mitad de su carrera, no haya perdido sus más caras ilusiones; no haya trocado la franca risas de la alegría por esa triste expresión que imprime el dolor? A dos cifras se concreta la edad de la mujer: la primera está formada de flores, la segunda la trazan los abrojos. ¿Qué niña no es dichosa a los quince años? ¿Qué mujer sin distinción de clases no ha llorado a los treinta?…

Los quince abriles le presentan a la joven, sueños, delirios, ovaciones y amor. Los 30 inviernos deponen a las plantas de la mujer, decepciones, indiferencia: la triste realidad de la vida. Por una de esas anomalías que no se explican, cuando los rizos de ébano y los bucles de oro se mezclan con hebras de plata: cuando su frente la cruzan imperceptibles arrugas, las mejillas de rosa pierden su delicado matiz; entonces el corazón es más rico de sensaciones, en la mente germinan volcánicas ideas y el alma busca un imposible… Inspirar amor. Se comprende lo que vale el amor cuando no se puede inspirar.

Dirán que la mujer casada no necesita crear afectos y nosotros diremos: que si bien no le hace falta formarlos, la es indispensable sostenerlos. El hombre generalmente no transige con los encantos pasados, quiere belleza existente; he aquí la razón porque muchos ven en su esposa una buena amiga; pero no una necesidad de su alma, no un delirio de su pensamiento. Sea cual fuere la posición de la mujer, al llegar a los treinta años, llora su juventud perdida, su hermosura agotada; y nada más difícil para la mujer que no hacer el ridículo en esa edad que no es joven ni es vieja: es quizás la edad más triste de la vida, porque se confunden palpitantes las flores de la primavera con las hojas secas del otoño.

Hace ya mucho tiempo que han comparado a la mujer con la rosa, y es muy verídico este pensamiento; pero la flor es más feliz porque muere al perder su hermosura; mientras que la mujer va cruzando el camino de la vida luchando con el desvío y la ingratitud. La mujer está condenada a llorar siempre, pero en la segunda edad su llanto es más amargo porque llora sus goces pasados, que no han de volver. La fe, la esperanza y la ilusión, son plantas exóticas que viven un día para no renacer jamás. ¡Qué triste es la vida cuando se duda de todo! La existencia es un problema… ¡Dichoso de aquel que nunca llega a descifrarlo! Un célebre escritor preguntaba… ¿La nieve de los cabellos se trasmite al corazón?…

Unos dicen que sí, y otros dicen que no.

La generalidad de los hombres murmuran que los niños y los viejos son dichosos: los primeros porque nada saben, y los segundos porque pierden la vida de la memoria, y los recuerdos son el tósigo más activo que envenena la existencia. ¡Fatales treinta años!… Es la edad en que más se siente, en que más se piensa, y, por consiguiente, en la que más se sufre. ¡La juventud tan risueña!… La edad madura tan melancólica… ¡La primera tan rica de ilusiones! ¡La segunda tan pobre de alegrías!

¿Cuándo pedirán privilegio de invención para que la belleza del rostro y la virginidad del alma duren tanto como nuestra vida? ¡Ay!… Los hombres inventan máquinas para acelerar trabajos, cañones y fusiles para destruirse más pronto, y buques que ocultos bajo el agua difundan la muerte; pero no han adelantado en darle al corazón un átomo más de felicidad!

Los siglos siguen inmutables. Los años tienen todos sus cuatro estaciones; luego el tiempo no es culpable. El hombre tiene hoy los mismos elementos que tuvo ayer, y sin embargo dicen que nuestros primeros padres eran más dichosos que nosotros.

¡Poco valéis adelantos humanos… sí con tantas innovaciones no podéis dominar la fatal influencia de las edades! Dicen que la paz de conciencia es la felicidad: se puede vivir tranquilo y resignado; pero de la resignación a la ventura, hay gran distancia. Son tan distintas entre sí, como las flores lozanas de la primavera, comparadas con las del otoño. ¡Bendita sea la juventud, con sus sueños de oro, sus mundos de rosas, sus inexplicables alegrías y su ilimitado porvenir! ¿Qué joven se acuerda de la muerte?

La esperanza le muestra una senda de flores… ¡Hermosos quinces años!… Ellos ofrecen a la mujer una felicidad, que con nada del mundo se puede obtener: la juventud es una perla de tan inmenso valor, que no hay tesoros que puedan comprarla. ¡Los treinta años!… ¡Sinónimo de sueños evaporados que encierran un dolor lento y seguro, que dura tanto como nuestra vida! “Todas las mujeres sin distinción de clases ni condiciones, vierten más de una lágrima en la tumba de su juventud.”

Amalia Domingo y Soler

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