Conciencia herida

La noche del 23 de septiembre de 1954, recibimos por segunda vez la presencia de María de la Gloria, una entidad sufridora que se consagra ahora a nuestra casa. Regresando a nuestro círculo de oraciones con la palabra hablada, nos trajo esa noche su historia conmovedora, que pasamos a transcribir.

Amigos míos. Que Dios nos ampare. Después de mi primera visita, he aquí que vuelvo a vuestra casa, que funcionó para mí como nido de auxilio y tribunal de justicia. Mujer sufriente, traía enlazado a mí como hierba asfixiante sobre árbol herido, el espíritu sublevado de mi propio hijo cuya reencarnación impedí con un aborto en el cual, a la vez, perdí mi existencia. Liviana y sorda al deber, adquirí compromisos con la maternidad, detestándola. Y, por odiar el retoño que palpitaba en mi seno, busqué destruirlo usando venenoso brebaje que también me robó la vida corpórea. Entretanto, si suponía que la muerte fuese un punto final a mi tragedia íntima, estaba profundamente engañada porque del charco de sangre al que se redujeron los despojos, se levantó, ante mí, una sombra acusadora.

Al principio, de esa nube amorfa nacía el llanto incesante de un niño recién nacido. Intentando enmudecer aquellos vagidos angustiosos, inútilmente recé usando oraciones aprendidas en la infancia… La nube, sin embargo, yacía encadenada a mi propio pecho, a través de lazos cuya consistencia todavía hoy no puedo definir. Abandoné, amedrentada, mi habitación de mujer soltera y, olvidando el culto del placer al que me había dedicado, busqué huir, como si yo pudiese escapar de mí misma. Perdí el rumbo… Olvidé el calendario. De mi memoria desapareció la noción de tiempo. Tenía la certeza de que la nube y yo corríamos sin cesar… Sin embargo hubo un momento en que la sombra se convirtió en la forma de un hombre, que me perseguía, maldiciendo:

-¡Inhumana! ¡Asesina! ¡Asesina!…

Anhelé, así, después de la muerte, la llegada de otra muerte que me hundiese en el olvido. Sintiendo sed, me arrodillaba en el charco… Torturada de hambre, me lanzaba a los detritos de los animales muertos en el campo… ¡Ah! ¿Cómo será posible que alguien pueda adivinar en la Tierra, mientras la bendición del cuerpo físico es una gracia para el Espíritu que opera entre los hombres, el tormento de la conciencia que edificó en sí misma el infierno que la envuelve? Mi existencia pasó a ser un suplicio constante, terrible, innombrable… Llegó, entonces, la noche en que como náufrago cansado vine a dar a la playa de vuestro templo. Manos amigas me habían apartado de la sombra agresiva a la que me prendía, agonizante… El alivio surgió, finalmente… Con alma alterada, rogué esclarecimiento para mi desvarío, aun conociendo mi culpa de pecadora penitente. Recibí, inmediatamente, la respuesta. Uno de vuestros amigos (1) — precisamente el que me acompaña aquí esta noche, con fines educativos — me sometió a larga intervención magnética y, haciendo que mis reminiscencias retrocediesen en el tiempo, me vi en Río, niña desafortunada, amparada por noble mujer. Para ser más explícita, debo adelantar que esa criatura era Doña Mariana Carlota, la Condesa de Belmonte, aya del Emperador Don Pedro 2º, todavía niño.

(1) Se refiere la entidad a uno de los Benefactores Espirituales que asisten nuestras tareas. —Nota del organizador.

Fui conducida al lecho de pálida niña enferma, que moría poco a poco… Esa niña era la Princesa Doña Paula, que se apegó a mí, con natural cariño. Pero al morir ella, yo quedaba a los trece años nuevamente desamparada. No obstante, benefactores del palacio me extendieron brazos generosos y fui mantenida en San Cristóbal, en la posición de criada humilde. A los veinte años de edad, me casé con un artesano de la Casa Real. Miguel era el nombre de mi marido. Dos hijas vinieron a nuestro encuentro. La tentación de los placeres carnales, sin embargo, fascinaba mi espíritu inferior. Fue así que acepté la propuesta indigna de un hombre que me arrancó del hogar para delictuosa aventura. En la imagen de mis recuerdos, surgió entonces la noche del día 4 de septiembre de 1843, noche festiva que consagró la boda de aquel que era el Emperador de Brasil. Mujer joven, esposa y madre, olvidé mis obligaciones y fui en busca de quien pasó a ser el adversario de mi felicidad, a fin de estar en su compañía, en la calle Derecha, junto al Arco del Triunfo, en el cual se celebraba la gran ceremonia. Río, en esa fecha, acogía a la nueva emperatriz de los brasileños. Es necesario que me detenga en esos hechos — esclarece el benefactor que me auxilia —, para marcar en nuestra lección que el tiempo no desaparece con el pasado, continuando vivo en nuestro presente, como estará también vivo para nosotros en el gran futuro…

La noche a la que me refiero fui sorprendida por mi esposo en una actitud de desconsideración hacia los compromisos que había asumido. Miguel no resistió. Respondió a mi locura con el suicidio. Se transformó, entonces, mi vida. Sobrevinieron dificultades. Abandoné a mis hijas. Compartí el destino del aventurero que, después de mi irreflexión, me lanzó al resbaladero de las mujeres de nadie… Sin embargo, la sombra de mi compañero suicida nunca más se borró de mis pasos. Me siguió, aún desencarnado, me agravó las pruebas y se reunió conmigo cuando me desligué del cuerpo de carne, en un asilo de enajenados mentales, después de atribulada peregrinación por el meretricio. Oscuros tiempos se asomaron al recuerdo.

El camino expiatorio es una senda de sufrimientos y reparaciones, y nosotros éramos dos condenados, respirando la oscuridad de la noche profunda… Una noche inmensa, poblada de gemidos, de blasfemias, de dolor… hasta que renací en la carne, nuevamente en un cuerpo de mujer. Amándome y odiándome a la vez, Miguel intentó ser mi hijo, aunque arruiné sus propósitos recusando la maternidad menos feliz, retornando los dos, de ese modo, a las tinieblas de donde veníamos. Ahora, de nuevo todo a recomenzar… Un siglo, amigos míos… Un siglo de un error a otro error… ¡Ved el martirio de la mujer que en cien años no hizo más que desviarse por falta de vigilancia! Desde 1943 hasta el último año, nuevos padecimientos exacerbaron mi lucha, hasta que la plegaria y el amor me socorrieron. Vengo, pues, a participar en vuestra oración, a fin de que me renueve, para partir dignamente al encuentro del esposo que buscó reconciliarse conmigo, en la condición de hijo, para que, de alguna suerte, ensayemos juntos la jornada reparadora. Con la presente narración, no tengo otro objetivo si no deciros que la vida está continuando… Que el trabajo no cesa… Que el tiempo no muere… Y que pobre de aquellos que caen, porque levantarse, muchas veces, constituye fuego y hiel en el corazón. Soy un Espíritu en reajuste. Alguien que golpea a la puerta, rogando amparo. Pobre mujer que habla a las otras, avisándolas en cuanto al flagelo que nos aguarda, cada vez que nuestro corazón huye a los principios superiores de la senda de elevación… Me expreso así, porque los hombres, hasta cierto punto, son producto de nuestra influencia y dominio.

Los hombres que comparten nuestro lecho, que se nutren del pan que amasamos, que absorben nuestros pensamientos y que oyen nuestras palabras, son nuestros hijos y nuestros hermanos, dependiendo de nosotros para la victoria de la Justicia y del Bien. ¡Que el Señor nos dé conciencia de nuestro mandato! Que las compañeras presentes me ayuden con sus plegarias, aprovechando de igual forma la experiencia aflictiva de la mísera hermana que, perdiéndose, hace tanto tiempo, todavía no consiguió recuperarse…

¡Que Dios nos ilumine!…

María de la Gloria

Dictado por Diversos Espíritus
Médium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro » Instrucciones Psicofónicas»

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