La mayor donación

¿Cuántas veces hemos detenido un gesto, porque creemos que nuestra contribución es diminuta, insignificante? ¿Cuántas veces, frente a las campañas desencadenadas por personas o instituciones, tenemos ganas de contribuir y rehuimos?

Siempre, aun considerando que es muy poco lo que tenemos para ofrecer. Y contamos que aquellos que tienen muchos bienes, que tienen mejores condiciones que las nuestras, donen en nombre de la fraternidad, de la solidaridad. Sin embargo, esa migaja podrá hacer falta para alguien que espera la bendición del alimento, de la medicina, del abrigo.

Nos olvidamos de que el inmenso océano se formó a partir de gotas pequeñas. Y cada una tiene su riqueza propia y especial. Cuando se trata de hacer regalos a los amigos que tienen un estatus social mejor que el nuestro, frenamos el gesto de donar porque pensamos que el mimo que preparamos es muy modesto, muy pequeño para quien tiene tanto. Sin embargo, a veces esas personas que imaginamos que lo tienen todo, aprecian y mucho, algo pequeño, modesto. Algo que elaboramos con nuestras manos, con nuestra creatividad y que está lleno de nuestras buenas y amorosas vibraciones.

Un pequeño recuerdo que hará una gran diferencia en el día de quien está acostumbrado a recibir regalos caros de personas ilustres. Regalos envueltos en papel refinado, con abundantes y caprichosos lazos de cinta. Pensamos y pensamos y dejamos de hacer cosas tan extraordinarias. Dejamos de ofrecer nuestra migaja, nuestra gota al océano.

Los niños no tienen esos reparos. Recogen una flor en medio del campo y se apresuran a dársela a su amigo, a su madre, a su maestra. Felices, como si fuese la flor más rara y hermosa del Universo. Eso porque cuando la vieron, la encontraron hermosa, colorida y decidieron ofrecérsela a sus seres queridos. Espontaneidad. Eso es lo que nos falta: dejar que el corazón hable y actúe. Por eso, el gesto del niño italiano tuvo repercusiones en las redes sociales.

Deseando agradecer por la cura de su madre, entregó un sobre al médico que la había tratado. Al abrirlo, el Dr. Peter Calderella se quedó emocionado. En medio de palabras de agradecimiento, había cuarenta y cinco centavos que el niño había ahorrado. Todo con una recomendación: que el médico utilizase dicho valor para hacer investigaciones, con el fin de descubrir una cura para el cáncer. El niño tiene solo cinco años y, ciertamente, no tiene la dimensión exacta de la importancia de una investigación científica ni tampoco imagina cuánto cuesta. Sin embargo, simplemente se permitió expresar su generosidad. Donó lo que tenía. Su tesoro. Todos sus ahorros. Algo que nos recuerda muy bien el óbolo de la viuda de la parábola narrada por el Maestro Jesús.

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Seamos generosos, siempre. Con pocas monedas o con grandes cantidades. Con nuestro kilo de alimento o toneladas que podamos ofrecer. Con una pequeña pieza de ropa o pacas de mantas, acolchados y edredones. Seamos generosos y agradecidos. Ofrezcamos lo que nos sea posible: pequeño, grande, muy pequeño. Y junto con nuestra donación, pongamos nuestra vibración de cariño revestida de ternura. Eso hará que nuestra oferta sea muy, muy valiosa.

Redacción del Momento Espírita

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