No hay culpa sin pena

Los adagios, refranes y proverbios, son un poema escrito por la experiencia y forman un volumen que los pueblos no se han cuidado de encuadernar, por consiguiente, sus sueltas hojas vuelan desde las cabañas a los palacios, ya en las regiones tropicales, ya en el polo norte, corregidos y aumentados pero conservando siempre unos su tinte satírico y otros razón profunda. Hay un refrán que dice: «justicia y no por mi casa», palabras vulgares y sencillas, pero que son el compendio de todos los sentimientos de la humanidad. ¿Quién podrá negar que nos alegremos cuando la ley castiga al delincuente? Y hasta la pena de muerte, que es antirreligiosa, antisocial y antihumana, encuentra aceptación en la por parte de la sociedad, diciéndose, al ver pasar a una víctima: Bien merecido lo tiene. Quien tal hizo, que tal pague; nada, nada, la pena del talión: ojo por ojo y diente por diente…

Por supuesto que estos acérrimos partidarios de la justicia, cuando les llega la hora que les piden cuenta de sus actos, ponen el grito en el cielo y echan mano de todos los subterfugios imaginables para evadirse del castigo: porque vemos la paja en el ojo ajeno, pero no nos estorba la viga en el nuestro. Mucho se habla de la conciencia; dicen que su voz resuena continuamente en nuestros oídos; si esto es cierto, tenemos que reconocer en la humanidad un defecto o una dolencia incurable. ¡Lástima grande que una raza que ha servido de modelo para hacer el Apolo del Belvedere y la Venus de Médicis, esté privada de escuchar el canto del ruiseñor y el dulce arrullo de las tórtolas! El hombre tiene oídos, pero… ¡no oye! …

El siglo XIX, el de los hombres infalibles y el de los maravillosos específicos; el siglo de charlatanismo y el de los más grandes descubrimientos, el que ha logrado enlazar lo sublime con lo ridículo; época de antítesis, década de anomalías en que luchan desesperadamente en el circo del progreso dos gladiadores titánicos que se llaman el fanatismo y el adelanto, la luz y la sombra, la fe ciega y la ciencia analizadora; en este siglo atleta se ha encontrado el remedio para la tenaz sordera que padece la humanidad, se ha encontrado la homeopatía del alma, que ha sido rechazada y ridiculizada como la homeopatía que cura el cuerpo, porque la necedad del hombre llega a tal extremo que niega todo aquello que su torpe inteligencia no puede comprender.

Ha dicho el doctor López de la Vega, y ha dicho muy bien, que la homeopatía es la regeneración física de la humanidad, y yo digo que el Espiritismo es también la regeneración moral e intelectual del hombre. Sí, lo es; porque el Espiritismo nos hace ver y oír, a pesar nuestro, a viva fuerza; y como no hay peor sordo que aquel que no quiere oír, se sostiene una ruda batalla entre la evidencia de los hechos y las negativas maliciosas del oscurantismo. El Espiritismo nos hace aceptar la justicia en nuestra casa, en nuestro organismo, en nuestro modo de ser, en nuestras condiciones especiales, en todo, en fin. Es la ley de la igualdad puesta en acción. El monarca puede ser mendigo y éste emperador; todos pueden llegar a la Tierra de promisión: el sabio y el idiota, el creyente y el ateo. Descartes sólo encuentra en la Naturaleza espacio y tiempo, este último es el tesoro de la humanidad: el tiempo es la mina inagotable cuyos filones no se acaban nunca, es el volcán en cuyo cráter siempre se encuentra calor. Decía un poeta árabe que el sueño era la riqueza del mortal, y yo digo que el tiempo es el arca santa donde siempre encuentra refugio el hombre. Los materialistas son los desheredados de la Tierra; para ellos la vida tiene un límite, después… sólo les queda la nada. ¡Qué tristes serán sus últimas horas! … Si desgraciadamente han tenido una de esas enfermedades lentas y terribles, en que su materia se ha ido disgregando a fuerza de horribles dolores, que decir, como dijo Zorrilla ante la tumba de Lara:

Triste presente por cierto
se deja a la amarga vida,
abandonar un desierto;
y darle la despedida
la fea prenda de un muerto.

Ciertamente, hace daño mirar a un cadáver. Recuerdo que de ser yo espiritista improvisé los siguientes versos, contemplando a un joven militar en su caja mortuoria:

El ver un muerto entristece;
la materia sola, espanta,
sin la savia sacrosanta con que Dios la fortalece;
cuando el alma desaparece,
de nuestro pobre organismo,
contemplemos el abismo
en esta vida transitoria,
que es un sueño sin memoria
que conduce al ateísmo.
Al ateísmo, sí;
a la desesperación más profunda.
¿Qué es la sin el mañana?,
el boceto de un cuadro,
el prólogo de una historia,
una voz sin eco,
una flor sin aroma.
En cambio, cuando la esperanza nos alienta,
¡qué ilimitados horizontes se presentan ante nuestros ojos!
¡La muerte del que espera,
es la muerte del justo,
como dicen los católicos,
dulce y tranquila.

El verdadero espiritista que ha sufrido con resignación las penalidades de la vida, muere con la satisfacción de haber pagado una deuda; y el que paga descansa, dice el adagio, y es una gran verdad.

* * *

En los últimos días del año 74 vi una prueba de esto en la suerte de una mujer, cuyo último año de vida en la Tierra fue una agonía prolongada. Parece que aún la veo, era una mujer de mediana estatura, de unos diez lustros de edad, de humilde y simpática apariencia, de mirada expresiva y de afable trato; espiritista de corazón, asistía con religioso silencio a las sesiones medianímicas que se celebraban en su casa. Una noche noté su falta, pregunté por ella y me dijo su familia que estaba enferma, con un tumor que la hacía sufrir mucho. Propuse que se suspendiera la sesión para que el murmullo de nuestras voces no la molestaran. ¡Ah, no señora!, me dijeron, lo primero que ha pedido es que continuemos sin interrupción en nuestras tareas, porque mientras duran éstas, son los únicos momentos en que se encuentra mejor. Seguimos reuniéndonos y la enferma empeorando, sufriendo con un valor asombroso las dolorosas curas; una fístula ulcerada devoraba su materia y ni una queja, ni un suspiro brotaba de sus labios.

Los meses transcurrieron, y la pobre mártir, que pertenecía a una familia de la clase media, pero que atravesaba por una de esas crisis supremas en las que falta hasta el aire para respirar, pidió que la condujeran a un hospital; tuvieron que acceder a sus deseos y en benéfico asilo siguió muriendo lentamente. El día que dejó la Tierra se despidió tranquilamente de una hermana suya, diciéndole: «¡Vete, voy a dormir un sueño muy hermoso! …» Muy hermoso fue, sin duda alguna, porque su materia se acabó de disgregar. Su familia, que había contemplado con mudo asombro y profundo dolor el prolongado martirio de una mujer cuya vida había sido un modelo de mansedumbre y de virtud, se preguntaba, ¿qué habría hecho ayer para sufrir tanto hoy, quedándose convertida en un esqueleto de ojos hundidos, de pómulos salientes, piel ennegrecida, manos cadavéricas y voz ahogada?

Queriendo salir de dudas, evocaron a sus Espíritus protectores y a su hermana, para ver si ésta había salido pronto de su turbación, y con emoción profunda recibieron la siguiente comunicación por medio de una hermosa joven, quien en estado sonambúlico dijo así: «Mucho me alegro que os hayáis reunido, hermanos míos, para comunicarme con vosotros y deciros, aunque ligeramente, causas que motivaron mi dura prueba durante mi última existencia en ese planeta. Escuchadme tú, principalmente, hermana mía, que tanto te acongojaba mi enfermedad y tanto has sentido mi muerte al mismo tiempo. En mi anterior encarnación fui hombre; era médico y tenía a mi cargo un hospital en M … Entre las enfermas que se encontraban en tan triste local a una que se quejaba amargamente porque yo no la cuidaba como a las demás; y, efectivamente, aquella infeliz criatura, sin saber por qué, me inspiraba una aversión profunda que yo no me podía explicar, pero que existía realmente. Tanto llegué a descuidarla, que valiéndose ella de una de las enfermeras dio parte al director del hospital de mi mal proceder; entonces éste, cerciorándose por sí mismo de la gravedad del caso me destituyó de mi empleo, desahuciando a la enferma que, por mi descuido, pronto dejaría de existir.

Yo rogué, supliqué y prometí enmendarme y emplear toda mi ciencia para remediar el daño que había causado. Al fin me admitió el director nuevamente, pero yo, lejos de cumplir lo que había ofrecido, y creyendo que aquella mujer era la causa de mi ruina, veía crecer mi aversión de un modo espantoso, hasta convertirse en un odio sangriento que, cuando murió, me dejó contentísimo porque había dejado de existir. Me despidieron nuevamente y el recuerdo de aquella infeliz principió a atormentarme y a causarme remordimiento, porque mi conciencia gritaba constantemente: Asesino…, nuevo Caín… ¿qué has hecho de tu hermano? Cuando volví a encarnar pedí sufrir cuanto yo había hecho padecer a aquel pobre Ser, he tenido su misma dolencia y he muerto como ella en un hospital. Pero tal prueba la he llevado con resignación, con lo cual, al despertar de mi último sueño experimenté tal alegría al verme libre de mi pobre y raquítica envoltura, que no la puedo expresar con palabras. Adiós, hermanos míos, ya seguiré comunicándome con vosotros.

* * *

Después de escuchar el anterior relato, si es posible que el dolor se calme en los primeros momentos, se calmó efectivamente en aquellos seres que recordaban con desconsuelo el largo tormento de un Ser tan querido para ellos. La melancolía les extendió su manto y a su sombra ven pasar los días deseando que nuevamente se comunique la que tanto los amó en la Tierra. ¿Puede haber nada más consolador que el Espiritismo? ¿Responde ninguna religión positiva al gemido del alma con tanta precisión y tanta justicia? Ninguna hasta ahora, ninguna; las unas con su Dios implacable, las otras con el pecado hereditario, éstas con su redención y su gracia, aquéllas con sus minutos de arrepentimiento; todas con bases falsas, con argumentos oscuros, con misterios indescifrables, con un no sé qué de negro y confuso que la razón rechaza y que sólo despierta dudas que concluyen con helar el corazón.

Decía Voltaire que si no hubiera un Dios sería necesario crearle para poder vivir. Yo a mi vez digo que si no fuera un hecho la revelación de ultratumba, tendríamos nosotros que magnetizar nuestro pensamiento y pedir a la fantasía que nos hiciera esperar y creer. ¿Existe nada más grande y que más eleve al hombre que la íntima convicción de que todos somos iguales? El día que la humanidad se convenza de esta innegable verdad no habrá razas ni privilegios y todos trabajarán; pero no para acumular tesoros metálicos. Lejos está todavía esa aurora de paz; sólo algunos hombres, a quienes llaman locos, viven tranquilos en su modesto hogar, sufren resignados la condena que merecieron y compadecen a los muchos que, como Caín, son fratricidas. ¡Desgraciados de aquellos que solo ven la Tierra! ¡Venturosos de nosotros que decimos: «No hay culpa sin pena! …»

¡Bendito sea el Espiritismo, irradiación suprema, luz inextinguible, cedro secular a cuyo añoso tronco se enlazan la justicia, la verdad y la razón!

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro «Hechos que prueban»

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