Cansancio y desánimo

El desánimo, como ocurre con el cansancio, puede ser resultado de varios factores: enfermedad orgánica, generando pérdida de energía y, por consecuencia, de entusiasmo por la vida; estrés consecuencia de la agitación o de tensiones continuas; frustraciones profundas que retiraron la máscara de cómo eran considerados los objetivos acogidos, dejado al paciente delante del vacío existencial, y efecto del descubrimiento del canal de unión entre el Yo y el ego, de los diferentes niveles del consciente y del super-consciente, facultando la inundación por casi desconocida claridad, que modifica el rumbo existencial.

No pocas veces la personalidad se siente imposibilitada de asimilar y retener las alteraciones impuestas por el curso de los acontecimientos, produciendo un choque entre el intelecto y la emoción.

Cuando el organismo se debilita, sea cual sea la causa – enfermedad, estrés, frustración – las resistencias psicológicas disminuyen, dando curso a la manifestación del desánimo, que se expresa en forma de cansancio y desinterés por todo cuanto rodea al individuo, incluso aquello que antes era fuente de entusiasmo y fortalecimiento.

Para que sea retirada la lamentable consecuencia, es importante la terapia del factor causal, recomponiendo los equipamientos celulares en desorden, al tiempo en que el esfuerzo mental por la recuperación deberá acompañar el tratamiento iniciado.

El reposo, como contribución para el autoanálisis y la detección del flujo detonador de los disturbios, se constituye de vital importancia, por el renovar de los objetivos, por la superación de las angustias y tensiones, reconquistando la alegría de vivir. Después, mediante la renovación mental y los objetivos existenciales la frustración en predominio cede lugar a la esperanza que se renueva, siendo rotas las cadenas retentoras en el malestar.

Toda vez que una descarga eléctrica sobrepasa la capacidad de conducción de sus filamentos, los mismos sufren una desintegración. De forma semejante, los estados estresantes continuados terminan por perturbar el flujo de la energía vitalizadora, impidiendo la producción de encimas específicas para el equilibrio psicofísico, facultando el surgimiento del desánimo.

El desánimo es enemigo sutil del ser humano. Se le instala poco a poco, terminando por vencer las resistencias morales, que se sienten desestimuladas por falta de soporte emocional para la lucha. En este sentido, nunca será demás recordar, la contribución de la oración, por favorecer la canalización de energías superiores que vierten de la Divinidad en dirección al individuo en actitud receptiva.

Le resurgen, inicialmente, momentos de euforia y bienestar que, aunque rápidos, se van fijando y tornándose habituales hasta llenar el vacío interior, reconvocándolo para el equilibrio necesario a la manutención de la salud mental y emocional. La repetición de esos estados gentiles restituye la alegría de vivir, ofreciéndole metas saludables y renovadoras, que lo enriquecen de paz interior. También, el descubrimiento del canal interior que proporciona la ascensión de nivel emocional, facultando la identificación del Yo y sus infinitas potencialidades, proporciona dos estados muy especiales en el comportamiento psicológico.

El primero, hecho de exaltación agradable, por el conducir a estados alterados de consciencia, que proporcionan la identificación de fenómenos anímicos y mediúmnicos, abriendo espacios mentales y emocionales de extraordinarias proporciones; el segundo, estimulando el desinterés por lo que antes le constituían significado de principal importancia, sugiriendo la fuga consciente del mundo, cuyos riesgos son innumerables.

Ninguna realización puede ser alcanzada a través de procesos agresivos a la realidad ambiental, donde todos se mueven. La superación de sus obligaciones e imposiciones debe ser emprendida, sin que, no obstante, se haga fundamental, alienarse en forma de búsqueda de otra realidad, que será quimérica, ya que no fueron solucionados los enigmas internos, ni esclarecidos las necesidades reales. Durante ese proceso, una inquietud inicial domina al aspirante a la autorrealización, imponiéndole un gran desgaste de energía nerviosa, lo que puede ser interpretado como de naturaleza patológica, antes siendo, en realdad, de manifestación mística, en el sentido correcto. En ese estadio del encuentro con el Yo, la personalidad descubre las respuestas para muchos conflictos, esclarecimientos para las dudas, inspiración para la conducta, ampliación de los objetivos humanos, sociales, artísticos y espirituales. Tal vivencia, sin embargo, es muy penosa, porque altera completamente la consideración en torno a los valores hasta entonces aceptados, proponiendo nuevas contribuciones en actividades antes nunca pensadas.

Siempre es difícil el cambio de una para otra estructura psicológica, especialmente si el emprendimiento es hecho sin el concurso de un terapeuta, un maestro experimentado, un gurú… Sumergirse en el abismo de sí mismo es un viaje que favorece con una visión desconcertante de la realidad, como un gran parto que proporciona vida nueva…pero produce dolores.

Pasada la fase inicial, más significativa y deslumbrante, puede el candidato caer en un estado de duda-negación de aquello que le ocurrió, cayendo en el desánimo y en el cansancio. Las energías, aplicadas en el periodo eufórico, disminuyen el flujo, y el ego despierta del entorpecimiento en que se encontraba, para nuevamente asumir el comando de los fenómenos emocionales.

Surgen entonces los periodos de críticas acerbas y de contestaciones sobre la validez de lo ocurrido, bien como conclusiones apresadas con carácter negativo intentando reducirla a patologías alucinatorias, como habiendo sido crisis de delirios o de fantasías exacerbadas. A pesar de eso, la visión de plenitud, la evocación de bellezas y aspiraciones que fueron vividas, no desaparecen, produciendo madurez, calmo y profundo, en el ser, con un renovado deseo de que vuelvan a acontecer. De vez en cuando, nuevamente se abre el canal de unión y la experiencia transcendental se da, pasando a constituir un estímulo para la conquista de un estado permanente y nunca de transitoria duración, que siendo así, efímera, deja amargura en el íntimo. En ese nivel, se torna indispensable que el individuo se esclarezca en cuanto a las ocurrencias, desmitificándola y haciendo caer el armazón de lo sobrenatural que, casi siempre, acompaña las experiencias más profundas de la individualidad, de lo completo.

Concientizado de que el estado de iluminación o exaltación de los sentidos no puede permanecer como un hecho concluido, permanente, se torna indispensable retornar a la realidad objetiva del día a día, al mismo tiempo manteniéndose impregnado por el contenido de los valores adquiridos durante el acontecimiento.

Cuando alguien atraviesa un campo plantado de lavanda o de cualquier otro vegetal perfumado, incluso después vencido el espacio continuo con el aroma fijado en el cuerpo y en la pituitaria especialmente. Así ocurre en relación a las experiencias en torno al despertar espiritual, al respecto de la vida en su sentido y significado más exacto como profundo.

Vencer el desánimo y el cansancio, cuando quiera que se presenten, consecuente de cualquier factor, es el esfuerzo que debe ser hecho inmediatamente, de forma que la búsqueda de la plenitud no sufra solución de continuidad, o aplazamiento para una ocasión no definida, que puede resultar en ninguna futura tentativa.

El ser psicológico es alguien en constante transformación para mejor, ya que el Yo real es de naturaleza eterna y debe ser descubierto como preservado, por constituirse la meta esencial de la existencia terrena.

Espíritu Joanna de Angelis
Médium Divaldo Pereira Franco
El despertar del Espíritu

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